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Una temporada en el infierno de las true crime – Parte I

Por Pedro Gomes Reis

Adicciones

Para quien esto escribe hay algo confesional en este diario: soy un adicto. Y como todo adicto, mi adicción es mi perdición también, ya que además de pasar muchas horas de vida viendo cine (acepto que cada vez menos en salas gracias a un extraordinario proyector que he comprado recientemente), también he dedicado una parva de tiempo a mirar series. Pero no, no miro cualquier tipo, ni cualquier género o clase. Tengo un gusto predilecto, que como a esta altura imaginarán, me proporciona el dealer de true crime. Entre otras, la de las TC supone mi adicción más costosa. Es la que mas tiempo y energía vital me saca siempre que ingreso en esos túneles. Y como cada tanto tengo recaídas, debo encerrarme a meterme cuanto material sea posible. El problema es que asi como soy un adicto a ese material, también tengo un costado gentleman que me pone en un rol distinto, que es el de catador. Pero es complicado eso de ser catador del material al que se es adicto. Se imaginan a un enólogo que sea alcohólico al borde de la cirrosis? Complicado, no. Bueno, en este infierno adictivo (y como toda adicción, oscilante en los efectos y calidades del material que la sostiene) me he metido durante varios días del mes de junio y de julio. Por eso les propuse a los amigos de Perro Blanco algo menos parecido a una clásica cobertura de estrenos televisivos en plataformas que una suerte de diario personal en donde el adicto-catador no se dedique a hacer evaluaciones del material, sino a dar cuenta de la experiencia de algunas TC resonantes de los últimos días. Veremos qué es lo que sale de esta prueba. Y si están leyendo esto, significa que los amigos de PB tienen demasiada confianza en mi persona (todavía).

En esta serie de apuntes sobre las TC recientes, me concentré en el noveno círculo del género, que es la plataforma de Netflix, cada vez mas lejana de alguna clase de originalidad asociada al cine o a la televisión de ficción y, si, en cambio, mucho mas cerca del documental, en donde nuestro género en cuestión le brinda a la plataforma de la N grandota alguna que otra alegría, en particular en medio de la avalancha de bajas luego de las torpes estrategias de cobro a cuentas extra. Insisto: noveno círculo que no necesariamente genera contenidos propios, sino que en muchos casos compra a otras plataformas acaso mas selectivas, como Hulu, que desde hace un bien tiempo le provee a Netflix, a a sabiendas que su llegada no se da a todos puntos del orbe. Negocios. Lo que importa es que las TC sobre las que voy a hablar no agotan al género en sus posibilidades. En todo caso los que finalizamos agotados con el género somos los pobres espectadores en nuestro penoso rol de Penélope, figurando que algo, alguna vez, retorne desde el género hacia a nosotros con magnificencia.

Conversaciones con asesinos: las cintas de John Wayne Gacy llega en un momento notable, con un timming que no tiene nada de casual. Sobre todas las cosas considerando que la serie podía encontrarse en la plataforma de Hulu (y en plataformas piratas o de descarga) hace mas de un año de distancia. Hablo de timming porque su historia resuena a ciertas catacterísticas de It, pero mas que nada conecta de manera notable con la reciente a irregular El teléfono negro, a la que provee de materiales reales, de espacios de referencia, de características del personaje de origen que luego se convierte casi casi en un mito. Siendo que EE.UU. es el país exportador de asesinos seriales por excelencia, lo de John Wayne Gacy no es un dato menor, que que se trata del mayor asesino serial con cuerpos comprobados en la historia criminal americana (mucho mas que el mítico Henry Lee Lucas, sobre cuya figura existe un gran largometraje –Henry, retrato de un asesino-, una gran serie que está entre mis true crime preferidos –The Confession Killer– y una gran canción -a cargo de Nick Cave y PJ Harvey-). Con todos esos datos esta docu serie del experimentado Joe Berlinger oscila entre el morbo inevitable del amarillismo, los caminos sinuosos de las falsas pistas del policial de enigma y, por qué no, la intención de fresco social que dé cuenta de un mapa sociológico que nos explique la emergencia histórica del siniestro personaje que asesinaba, entre otras cosas, disfrazado de payaso. Plagada de información antes que de ideas, lo que resuena en nuestro cerebro luego de ver esta serie es mucho menos la sensación de haber testimoniado algo nuevo, o algo mas perturbador. En todo caso lo que vemos es un racconto que nos inmersa en un tiempo y una sensibilidad, incluso cuando escuchamos a los testimonios actuales. Algo similar pasaba con Conversaciones con asesinos: Las cintas de Ted Bundy,con la que comparte la pretensión sociológica, una composición típicamente reconocible en Stephen King.

Casi como si no hubiera dormido me metí de lleno en otra perturbadora adicción, incluso dentro de las true crime (sub-adicción compartida), que son las true crimes de sectas. Ahí el morbo se me multiplica, porque como a varios de uds, estimados lectores, se nos juegan intereses que exceden al mismísimo misterio del mundo de las sectas en cuestión. Al final de cuentas en distintos estratos de nuestra existencia nos vemos expuestos a casos directos o indirectos que tienen comportamientos sectarios, que con mayor o menor nivel de toxicidad, penetran en la sociedad civil. Y asi como hay sectas que han logrado pervivir en el tiempo de manera asombrosa, hay otras que en corto plazo se vieron expuestas a dejar en evidencia sus cartas. No parece ser el caso, sin embargo de la terrible secta de la Iglesia fundamentalista de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, un subgrupo fundamentalista y polígamo dentro de la iglesia de los Mormones de Los Santos de los últimos días. Como si mezcláramos a la manipulación de los siniestros líderes sexópatas de la secta de The Vow con la mirada absorta y el cerebro lavado de los partícipes de The Wild Wild Country, lo que cuenta Se docil: reza y obedece, supone un problema que, hasta cierto punto desconozco si tiene su origen en una decisión voluntaria o en una completamente involuntaria. El problema radica en el modo, casi asordinado, que la serie elige para narrar hechos terribles (que como mínimo comienzan con la trata de personas y el lavado de cerebro, continùan con el casamiento entre adultos y menores de edad para terminar con fiestas poligámicas signadas por prácticas de pedofilia naturalizada). El punto, precisamente, es que la serie nunca elige revolver en la herida. De hecho ni siquiera opta por ninguna clase de cruel reenactment. Pero elige, si, narrar espanto tras espanto en una constante narrativa: el fuera de campo informativo (audiovisual) y la necesidad de suplir la narrativa por la imaginación del espectador. El resultado es tenebroso, pero al mismo tiempo, como dicta el mismo título de la serie, violentamente delicado. En ese recorrido de horrores es en donde la serie, amén de cierta incapacidad de construir el suspenso a lo largo de cada uno de los episodios pero también entre ellos, se vuelve imposible de abandonar.

Me comprometí con los amigos de la revista a enviar una nueva tanda. Pero no puedo asegurar que no haya algo mas. Y que exceda el noveno círculo de las true crime. Para el final, algunas conclusiones sobre a qué lugar se dirige toda esta serie de producciones obsesionadas con cagarnos la vida y el sueño a los espectadores que, apenas, queríamos volver a nuestros hogares luego de una larga jornada de trabajo y ver algo que nos despeje la cabeza.

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