Autor: David Obarrio

Cine club Perro Blanco – Comunidad de espectadores: Silencio se enreda

Silencio se enreda (que fue el nombre con el que se conoció a la original Noisses off ) retoma una plantilla de modales y vocabulario en apariencia perimidos para, de modo paradójico, dotar de vida el presente del cine de esos primeros años noventas en los que se filmó. La película redescubre con particular lucidez un lenguaje para ver cómo funciona en el cine contemporáneo, qué dice, de qué manera el clasicismo –aquello que no es lo clásico pero que alude a él – puede doblar la velocidad del cine actual, puede observar con precisión el cine clásico y apelar a algunos de sus mecanismos más obstinados para contaminar con ferocidad las imágenes del presente.

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#DossierChauAutores (2): El chico de la burbuja de plástico

El chico de la burbuja de plástico es un coming-of-age con un toque de exotismo. Si hay un asunto que importa en la película es el del tiempo. Solo el tiempo puede operar el milagro de que, eventualmente, su organismo adquiera las defensas necesarias para enfrentar el mundo exterior sin peligro de muerte. De modo que el futuro es incierto, y eso asusta a cualquiera, pero en el futuro están también depositadas las esperanzas de que una forma de vida soñada se realice: el drama siempre está articulado mediante el factor tiempo.

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#Rescates: Un lugar en el mundo

En la tercer salida de nuestra sección #Rescates (a la que sus responsables se resisten en llamar del mismo modo, de hecho la tienen huérfana de nombre) nos fuimos a buscar el ejemplo de uno de los grandes paradigmas del la narración clásica en Argentina. Si, hablamos de Adolfo Aristarain y de Un lugar en el mundo…y nos fuimos hasta 1992. A lo largo de los minutos los responsables hablan maravillas de la película…hasta que en un momento chocan contra algunas cosas de los personajes, lo que la vuelve todavía más interesante, casi una profecía. Entren y escuchen. 

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Tiempo de balances (8), por David Obarrio

El cine siempre parece estar en estado terminal, pero al final sigue. Cada vez es posible encontrar una sombra, una chispa, el gesto que un actor inventa moviendo el brazo y que la pantalla captura, quizá con una indolencia para la que nada nos ha preparado y que resulta capaz de iluminar la sala con una altivez de otro mundo. Porque es verdad que sentimos que el cine se muere según se nos venga en gana. Nos duele la muela y el estreno de la semana – fórmula tan pedestre como exquisita: ¡Todas las semanas películas nuevas tras las cuales zambullirse! – puede convertirse en un bodrio, una tortura china que trabaja la conciencia de nuestra pobre materia y nos llena de melancolía mientras las imágenes desfilan delante, ajenas y distraídas; irremediablemente lejanas y poco cautivantes. Tenemos stress laboral y el cine se muere; nuestras maniobras para que una mujer nos quiera son infructuosas y el cine se muere. De modo que las películas que importan son las películas que nos importan.

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