Autor: Federico Karstulovich

El escándalo

Dentro de la inestimable sucesión de películas-moplo derivadas de la corrección política -esa que mata el pensamiento crítico- me topé con El escàndalo, pensando que era otra vez sopa, que en buena medida vendría a replicarnos por enésima vez la expandida misandria culposa del mainstream tranquilizador y feminoide (porque feminismo es otra cosa) que nos hemos habituado a escuchar y ver desde 2016 a la fecha con cada vez mayor intensidad. Error. No solo se trata de una película cargada de una inteligencia suficiente como para no reproducir lugares comunes en torno al metooismo, sino que también logra desmarcarse de la agenda político-partidaria anti Trump, de hecho la película plantea que en todos lados se cuecen habas. Que podemos encontrar víctimas y victimarios por izquierda y derecha, por arriba y por abajo. Y que los abusos de poder y las reivindicaciones frente a esos abusos no son potestad de ningún colectivo ni posicionamiento político en particular, sino que son acciones civiles que le pertenecen a la sociedad en su conjunto. Esto no es un hecho menor en tiempos en los que el pensamiento crítico y la honestidad intelectual van siendo suplidas progresivamente por la homogeneidad ideologética.

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Bacurau

Bacurau, desde esta perspectiva, amén de su ejercicio antropofágico de poner los ejes temporales en trance pero también las influencias culturales -que gusta mucho, porque mal entendido la atropofagia simula un discurso multicultural cool-, no podría estar más lejos de Carpenter. Por sus alegorías de manual? Bueno, algo de esto ya estaba en Glauber Rocha, es cierto, pero era el mismo Rocha quien subvertía la linealidad de lectura para llevar el asunto a otros terrenos bastante más problemáticos que una relación de doble entrada entre opresor y oprimidos. Por su uso lúdico de los géneros? Hasta cierto punto lo de lúdico. Porque si algo hace la película con esos géneros que atraviesa (algo del cine de aventuras, algo de terror, algo de western) es convertirlos en un material transparente, haciéndoles perder la opacidad. Y con su transparencia, perdemos matices.

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The Outsider (parte I)

The Outsider (promocionada como El visitante) tiene y no tiene lo que hay que tener. Perdón? Si, lo que hay que tener para ser uno de esos eventos audiovisuales. Por un lado tiene una premisa lo suficientemente atractiva como para generar un punto de anclaje necesario. Al mismo tiempo no tiene eso que muchos otros “eventos” supieron construir: una empatía necesaria con los personajes, una sensación de pertenencia a un tiempo específico narrado o una interlocución cultural (competencia lingüística) suficiente como para que eso que llamamos el público cautivo esté a la expectativa. Algo de todo esto es bueno y es malo. Lo bueno es que esa traición despeja en buena medida a los serie-goers que necesitados del evento generan un atractivo que gira mucho más en torno a la periferia de la serie que a la serie en si. Lo malo es que esa ausencia de evento también habilita a que la serie experimente con salidas imprecisas de ese mundo de demandas conocidas que todo género provee.

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Jumanji: El siguiente nivel

Uno de los mayores logros de J:ESN no es su velocidad endiablada (avanza enérgicamente pero cambia de ritmos cuando se le canta, entre otras cosas debido a que cuenta con actores en estado de gracia, capaces de entregarse a la fiesta de disfraces), sino su capacidad para alternar ritmos, para moverse de la comedia física a cierto humor deadpan, para pasar del juego de la velocidad de respuesta frente a la lentitud como sistema de alternancias. Pero centralmente para hacer de ese ping pong de velocidades un tema central para la película, que es el paso del tiempo y la percepción del rol social a lo largo de ese tiempo en juego. Se me ocurre que la gan decisión de la película en este sentido es uno de los costados que más le han criticado: sumar a los personajes de Danny Glover y Danny De Vito. Y creo que ahí se equivocan quienes indican que esa inclusión le quita ritmo a la película. Por el contrario, en ingreso de los dos viejos logra que la película salga de la encerrona de ser considerada “una película acerca de la inseguridad millenial frente a las expectativas sociales”. Y es que si bien hay algo de eso, cosa innegable, la película excede ese comentario.

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Uncut Gems

No recuerdo en mi vida como espectador (quizás con la casi única excepción del visionado de La guerra de los mundos versión Spielberg) haber sufrido tanto por un personaje y haberlo trasladado tan fuertemente al cuerpo (al cuello en particular) como con la última película al día de hoy de los hermanos Safdie. Uncut Gems es una pesadilla de estrés, de malestar y encima tiene a Adam Sandler en estado de gracia, como si se comportara como un Barry Eggan (el protagonista de Embriagado de amor, película citada aquí en una escena en la que Sandler viste igual que en aquella: con un traje azul) de una dimensión paralela. Si, hay suficientes dosis de policial negro (más bien lo que suele llamarse cine criminal), pero la película excede esas clasificaciones, porque las sobrepasa y convierte la búsqueda de dinero de parte de su protagonista, Howard Ratner (Adam Sandler) para convertir ese periplo desesperado para pagar deudas en una suerte de carrera vital para salir hacia algún lado distinto que no sea la vida de mierda que lleva.

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