Autor: Gabriel Santiago Suede

Rambo: Last Blood

La pregunta entonces es…para qué una quinta entrega 11 años después, con un actor de 73 años cargando encima el peso de ponerle el cuerpo a tamaña responsabilidad, limitado física y actoralmente, pero ante todo, sin un horizonte claro en relación al tono? Si algo no se comprende en Rambo: Last Blood es su tono, que oscila entre la solemnidad galopante, la presunta crítica social a la trata de personas pero también el goce sádico y casi paródico de la entrega anterior, como si en si interior hubiera querido juntar infructuosamente a todas las entregas de la saga para hacerlas dialogar de modo salvaje.

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Matar a un muerto

La película ostenta una premisa que se resuelve con una extraña comodidad: dos sepultureros del ejército paraguayo durante la dictadura de Stroessner deben lidiar con un presunto cadáver que se revela como un hombre todavía vivo y al que deben matar y enterrar para cumplir con su tarea (poco feliz, pero tarea no juzgada en la película). Esto, que sería una perfecta excusa narrativa para avanzar en el terreno de un cortometraje en el que la limitación informativa termina por ser funcional a una ambigüedad narrativa lo suficientemente abstracta como para que el inicio de la historia derive hacia otros costados más imprevisibles.

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Un amigo abominable

El problema, por lo tanto, no es la carencia galopante de ideas que ostenta la película en sí, sino que su nula originalidad jamás logra trasladarse a una mínima capa de emociones, como si en alguna medida esa capacidad le estuviera vedada. Y esto en buena medida está en directa relación con el modo de construir una narrativa sostenida sobre una sucesión acelerada de elipsis, como si en el fondo la película huyera de las escenas de personajes, como si le escapara a las situaciones humanas en las que se juega un componente empático.

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La deuda

La deuda no necesita indicarnos si estamos en 2019, en 2015, en 2007 o en 2002. Si nos guiáramos por la cantidad de dinero que el personaje de extracción económica de clase media debe restituir a su trabajo (15mil pesos), quizás nos resulte más claro ubicar la película en 2002, 2007 o 2015, donde esa cantidad de dinero parecería implicar un mayor problema que en la actualidad. De ahí que resulte particularmente curiosa la necesidad de la película de establecer un correlato forzado con el presente (insisto: correlato que no se ve necesariamente pero que si puede palparse o intuirse). En esa necesidad de dar cuenta de un estado de cosas presente es en donde todo el trabajo minucioso de la película por construir el malestar se trastoca en una necesidad de verbalizar el malestar.

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Raiders!

El cierre de Raiders! con su escena concluída (escena que por sus costos y problemas de producción pone en crisis a buena parte de los logros de la vida adulta de uno de los personajes) es también el reconocimiento de un pasado que se va, que no atormenta a nadie con la potencia de lo que se pudo haber sido y nunca se intentó (ya lo dijo Fitzgerald: no hay segundos actos en las vidas americanas). Por eso el gesto del reconocimiento del presente es también un giro ético de parte de la película. Es la necesidad de contrastar los agridulces de dos épocas que constituyen a una persona. Y si de paso podemos dar cuenta de ese proceso de hacerse grande mediando la furia y el sonido del cine, que mira, que cuida, pero que también puede ser una cárcel, entonces mucho mejor.

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