Autor: Luciano Salgado

Tales from the Loop

Esa mirada spielberguiana aparece en esta verdadera figurita tapada que es Tales from the Loop, quizás la serie de ciencia ficción más humanista de los últimos años. Con ocho capítulos de menos de una hora de duración cada uno de ellos, la serie tiene un aroma a los viejos unitarios (ese formato que ahora hemos adoptado con nombre angloparlante: antología) que contaban en pocos minutos un cuento moral. Si, ya sé: desde las primeras experiencias en los 50s para acá tenemos uno y mil casos (desde Alfred Hitchcock Presenta a American Horror Story ha pasado mucha agua bajo el puente). Pero si todavía hay gente en la sala que no sabe de qué se trata esta clase de formato, venga el mataburros: un unitario es un programa con una determinada cantidad de capītulos (algunas décadas atrás no podían ser menos de 20 capítulos por temporada, hoy, con suerte, llegamos a 8-10 como máximo. A su vez un unitario es un programa con capítulos autoconclusivos, que no desarrollan necesariamente historias en continuidad sino que tienen un peso específico propio. Esto les da una identidad definida: se trata de un formato equiparable al del cuento breve, que tiene que tener impacto, ir a lo justo. Por eso este formato se lleva muy bien con las fábulas, con los cuentos morales

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Vivarium

Vivarium, ya se habrán dado cuenta, entra perfectamente en esta categoría. Su premisa es elemental. Pero también su mayor arma. A menos de cinco minutos estamos en el baile. Como en las viejas películas clase B en donde el tiempo era oro y no podía desperdiciarse (pensando al largometraje como si fuera un corto, ojo a este dato). De ahí que el arranque sea el proveedor de potencia. Pero el problema es ese: una subida sin aceleración posterior. O al menos no una aceleración propia, sino derivada del movimiento de la inercia inicial. Ahí ya tenemos un problema grave: premisa no es película. Premisa es un punto de partida. Pero Vivarium tiene alguna carta más bajo la manga (carta que no es un as, ni por casualidad: apenas un cuatro de bastos roñoso). Porque cuando la premisa no le sirve por mucho más tiempo (dos jóvenes viajan a un barrio de suburbios donde todas las casas son iguales y entran a una de ellas que les es mostrada lista para habitarse…pero no pueden escapar del barrio e ingresan en un loop espacial sin salida posible) la película comienza a establecer la segunda etapa de previsibilidad. Por eso la literalidad del juego lógico del inicio da paso a la figuración-cliché de la crítica al sistema de vida productivo-reproductivo. De ahí que la aparición de un bebé (y luego niño siniestro) sea menos parte de un juego del fantástico antes que la gran comprobación del lugar común de la crítica a la familia estandarizada que reproduce diariamente su vida de igual forma

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#GimmeShelter: cine, series,libros y otras cosas para sobrevivir (II)

Quienes estudiamos ingeniería electrónica siempre estamos cuarenteneando. En el fondo siempre nos recluimos en cuartuchos con soldadoras, con resistencias, con una radio chiquitita, con una luz de esas que te dejan ciego y apuntando al circuito que estamos armando. Hay gente que juega online, hay gente que mira series, hay gente que lee mucho. Pero a algunos nos gusta matar el tiempo armando cosas que nunca usaremos. O que quizás usemos con el tiempo. En ese sentido la ingeniería de trabajo de los mecánicos y de los ingenieros electrónicos tiene algo similar: enfrentar el tiempo con un problema que se va resolviendo por etapas es tan terapéutico como jugar a los crucigramas o a los rompecabezas: en algún momento vamos a terminar. Mientras tanto le ganamos al vacío que nos quiere matar, pero que nos pasa por encima. El tema es que, luego de cuatro horas de estar en el cuartito de 2×2 me quedo ciego si es lo único a lo que le dedico tiempo.

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La chica que saltaba a través de tiempo

La chica que saltaba a través del tiempo es una película de un lirismo que es marca autoral en la mayor parte de las películas de Hosoda, pero es casi imposible de encontrarse en el presente (exceptuando quizás a ese exquisito hacedor de melodramas que es Joe Wright, y en cierta medida, siempre y cuando la pega, a ese otro genio contemporáneo que es James Gray). De hecho siempre que se menciona el tono lírico y excacerbado, de pasiones desgarradoras, el ojo casi siempre nos tira bastante más para atrás, ahí donde reina Frank Borzage. Pero el lirismo de Hosoda es de otro orden, porque su exceso logra inmiscuirse en las formas de géneros que exceden largamente a las limitaciones acaso más realistas del melodrama.

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Ragnarok

La comparación viene al caso aquí ya que Ragnarok juega a varios juegos conocidos, pero fundamentalmente al de las siete diferencias. En su vuelta de tuerca, que supone convertir a los materiales mitológicos en versiones seculares y mundanas, me resonaba algo que supo ser una moda pasajera hace un par de décadas pero que luego se perdió en el olvido. Algo me resonaba de finales de los 90s y los primeros 2000s, cuando una diversidad de películas y series (acaso corridas por el ánimo reflexivo tardío de la cultura pop, cīnica y descreída de los relatos clásicos de finales de siglo XX) se propusieron un camino alternativo a la ya remanida recurrencia de volver a contar las mismas historias a nuevas generaciones. Será por eso que algo de esta clase de propuestas traía implicado a un público con una competencia cultural adecuada como para ser parte de la fiesta. Porque si nos invitan a una fiesta y no sabemos bailar, como que mucha gracia no tiene el asunto.

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