Autor: Ludmila Ferreri

Dossier estudio Ghibli (I): Kiki’s Delivery Service

Kiki’s delivery service es una de esas obras que no necesitan ser maestras para ser películas que te hagan bien, que te cuiden, que te digan que las cosas en algún momento pasan, que lo malo en algún momento se termina y que nos podemos levantar aunque todo complote en nuestra contra. Esa tarde de domingo Kiki fue mi amiga íntima. Pero también fui un poco yo. Esa historia de una brujita lanzada de su casa (no en el mal sentido, sino en la necesidad de obligarla a enfrentarse con las obligaciones del mundo) me retumbaba en la cabeza. Me recordaba mis primeros trabajos a los 13, 14, 15. Me recordaba la necesidad de hacerme un espacio a los codazos mientras tenía que terminar la escuela y seguir estudiando. Pero me recordaba que crecer es también aprender a estar solas.

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Mujercitas

Los créditos son secos. Como la tipografía de cartelería de la nueva versión cinematográfica de la novela de Louisa May Alcott. Como si no hubiera que demarcar nada particularmente femenino en ese mundo de mujeres. Nada de elegir una fuente con firuletes ni nada que se asemeje a las versiones previas. Sino que sea lo más neutral posible. Una película con mujeres, no una película para mujeres o de mujeres. Una neutralidad que anticipa algunas de las elecciones que reconoceremos luego. Porque si algo tiene la inteligente versión que encaró Greta Gerwig (amén de esa suerte de marca autoral de narrar historias de mujeres que deben construir su camino en el marco de las dificultades del mundo que las rodea, sea cual fuere la época que les toque) es su capacidad para haberse apropiado del texto original, sabiendo iluminar contornos, sabiendo difuminar otros, logrando que en una aparente escritura neutral no deje de estar presente la marca individual. Y que esa marca se convierta en un gesto hacia adentro pero también hacia afuera de la película. Porque en esta adaptación el movimiento que organiza la narrativa es doble. Por un lado una autoconciencia (que ya estaba en el texto de origen), pero al mismo tiempo una necesidad de que esa autoconciencia interpele al presente, como si la película precisara de una serie de notas al pie para que no pueda ser fácilmente acusada de construir un mundo de mujeres a la expectativa de la llegada de los hombres a sus vidas.

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The Lighthouse

Que el desdoblamiento del sujeto. Que la metáfora de Proteo y Prometeo. Que la alegoría de la muerte y el ingreso a los cielos. Que el choque generacional (incluyendo el choque paternofilial). Que Polanski. Que “Es el Ambrose Bierce de El puente sobre el río del buho”. Que Bergman. Que Tarkovski. Que Dreyer. Que el expresionismo. Dios, chicos: no vaya a ser que se les escape un mitologema. Pareciera que estuvieran encerrados en una habitación entre Faretta y Alsina Thevenet. Como si el sistema de referencias (más o menos obvias, más o menos visibles) hablara más de los críticos sobreactuando un hype imposible con esta película que sobre la película en si, que dicho sea de paso, hace ingresar de manera definitiva a Robert Eggers en el club de los vendedores de humo y filmadores profesionales de la belleza.
Esta va a ser una anticrítica. No pienso hacer una sola mención al argumento de la película, a sus personajes, a la realización formal con impecable fortografía, extraordinarias actuaciones y una puesta de cámara precisa y elegante. Para eso están las gacetillas. Si buscan una celebración exagerada no sigan leyendo.

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El caso de Richard Jewell

Pero asi como la película de Eastwood se sitúa en ese pasado también extiende sus tentáculos al presente. Y lo hace girando en torno a la noción ideal de la institución policial. Es quizás el aspecto más contemporáneo de una película que ha optado por situar los hechos 24 años atrás. El protagonista de El caso de Richard Jewell es precisamente quien le da el nombre en cuestión a este largometraje. El respeto que Eastwood tiene por su protagonista redunda en no intervenir en el camino, en la evolución dramática de Jewell. Empleado de seguridad de segunda línea, con aspiraciones policiales y algún evidente retraso madurativo (sobre el cual la película no hace particular énfasis, en un pudoroso acto de cuidado con un personaje que bordea el ridículo varias veces, no por crueldad sino por su condición limitada), Jewell realiza un recorrido invertido, como bien suelen experimentar muchos de los personajes del cine de CE. El recorrido es el del alejamiento de las instituciones.

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The Crown – Tercera temporada

Hay que retrotraerse a las ambiciones de Downton Abbey, Mad Men o incluso a la demencia de los infinitos capítulos de Lost (con la friolera de 25 episodios por temporada en algunos casos) para pensar en las ambiciones corales de The Crown. A su vez debo admitir que, si bien estamos en la tercer temporada, no supe darle mucha pelota en su momento de emisión cuando salieron las temporadas anteriores. Fue a partir de un cierto momento de este año que comencé a amigarme con ese serial de largo aliento que, desde la temporada uno a la tercera nos va contando la vida presuntamente íntima de los integrantes de la corona británica (aunque el eje particular está puesto en la reina Elizabeth) a lo largo de casi 50 años del siglo XX.

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