Autor: Ludmila Ferreri

Un día lluvioso en Nueva York

En Un día lluvioso en Nueva York los personajes realizan un tránsito que evidencia el autoreconocimiento, si. Pero también la pertenencia. Todo el recorrido (determinado por la melancolía del naranja de Storaro que no es otra cosa que el naranja del crepúsculo, de algo que empieza a decaer e irse) que los personajes hacen gira en torno a las variaciones del reconocimiento. Por eso la película comienza como una comedia veloz y superficial para derivar a una comedia amarga con el centro puesto en la imposibilidad de ser feliz si no se produce un encuentro entre personas que no se sientan parte de un mundo en el que puedan compartir cosas. Lo interesante es que Allen demuestra que eso no es ni tan fácil ni tan simple.

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Maléfica: Dueña del mal

La cuestión es que esta segunda parte de Maléfica es más bien un spinoff de La bella durmiente, es mala con ganas, pero al mismo tiempo es tan honesta en su propuesta festiva, en su necesidad de convencernos de su mirada queer reprimida que, de algún modo se ganó mi corazón. Por qué queer? Porque no hay otra cosa que la celebración de una mirada ex-céntrica en esta película que pone el centro en la unión entre el mundo cis-hétero normativo del castillo humano y el mundo queer del pantano, con sus bestias sexuadas (excepto Angelina, que parece ser una reina travesti asexuada, aséptica, hiperbólica, una suerte de Moria Casán del mundo desarrollado). No, claro, ese es el eje reprimido, como te gustaba observar a Quentin Tarantino debajo de la estructura narrativa de Top Gun.

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#DossierGray: La angustia de las influencias

Con James Gray pasa algo interesante en este orden. Gray pertenece a una tradición de directores que supo formar una cinefilia sólida y compleja. Pero no puede encasillárselo en el simple marco de una generación contextual. De hecho es anómalo el caso de su cine, porque estamos ante un director que, a diferencia de sus compañeros de generación, siempre se reconoció deudor de una tradición. Esa tradición en particular, la del neoclasicismo frustrado del new Hollywood de los 70s, es una de las más duras de superar: estamos hablando del mejor cine industrial hollywoodense junto con el de la década del 40, acaso los dos grandes picos de una historia canónica del lenguaje audiovisual.

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The Unicorn

Si bien la película podía correr el peligro de comportarse como los documentales aberrantes sobre la pobreza y la miseria, en ningún momento se nos expone a eso. Casi sin intervenir en lo que filman, el dúo de directores sigue casi a todos lados a estos personajes que habitan ese caserón como si se tratara de una mansión embrujada. En ese mismo espacio mixto, en el que los tres integrantes se odian pero no pueden sino vivir juntos, no vemos otra cosa que una demolición en cámara lenta y en sordina, que a nadie parece importarle, como si en efecto los personajes estuvieran recluidos en un psiquiátrico privado.

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The Aristocrats

The Aristocrats está filmada, para decirlo académicamente, con los muñones (algo que también podría aplicarse a otra maravilla del humor escatológico como esa obra maestra que es Jackass 3D). Sus planos se ven horribles, las entrevistas tienen distintos registros de sonido sin unificar, la calidad del video dista de ser la mejor, el montaje es poco menos que realizado por un principiante. Y así las cosas es una de las grandes experiencias de comedia que un espectador libre (como los que el siglo XX preparó durante años antes de la avanzada puritana) puede encontrar como pequeño acto de resistencia contra todos aquellos que indican que la comedia tiene que morir en pos de la “tolerancia”

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