Autor: Marcos Rodríguez

Tigertail

Tigertail parece compuesta casi exclusivamente por una hilera de los flashbacks más explícitos, claros, simples y sobreexplicados que haya visto en mi desordenada vida cinéfila. Alan Yang casi parece más preocupado por que el espectador entienda (SIN LA MENOR DUDA) que está viendo los fragmentos de pasado que explican este presente que por generar en ese espectador algún sentimiento, inquietud o compromiso. La historia, por otro lado, es bastante simple y tiene unos cuantos huecos argumentales que convendría no explorar porque, después de todo, la vida está llena de huecos. La simplicidad de la historia tampoco sería en principio un problema: lo que cuenta Yang es la vida de este padre emocionalmente trabado, que creció en Taiwán y tuvo que dejar todo atrás para probar suerte en Estados Unidos.

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J’accuse

Caso curioso el de Polanski: si bien su larga filmografía contiene algunas de las mejores películas que uno podría desear ver (sin pensarlo demasiado: El bebé de Rosemary, Chinatown, El escritor fantasma), no se me ocurre pensar en el polaco como un gran director. No hay que esforzarse demasiado para concederle el título de autor y no me preocupa en lo más mínimo que su obra contenga, junto a las obras maestras, otras más bien flojas (esa cosa Un dios salvaje, sin ir muy lejos). En los grumos está la vida. Mi problema con Polanski es otro: maestro de la eficacia (el viejo sabe filmar), nunca termino de encontrar momentos, detalles, rincones en los que el cine explote. Uno podría encontrar ejemplos variopintos pero vamos al punto en cuestión: El oficial y el espía, su reconstrucción del caso Dreufys, esa que ganó el gran premio del jurado en Venecia, la del escándalo, una película que uno podría leer sin demasiado esfuerzo (en tiempos del #metoo) como una suerte de alegato de Polanski en contra de las condenas sin debido proceso y los linchamientos públicos. Más allá de las circunstancias de su estreno y los premios que recibió, uno podía esperar que El oficial y el espía fuera una especie de lamento lastimero en el que el condenado injustamente se lamenta de las multitudes dispuestas a empalarlo, o (tal vez con un poco más de expectativas) que se despachara con una especie de esperpento de incorrección política.

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#GimmeShelter: cine, series, libros y otras cosas para sobrevivir (VII)

Ya no sé ni cuándo empezó todo esto. No puedo contar las semanas. Tampoco duermo demasiado así que los días se me meten unos en otros. Allá, al principio de la cuarentena, cuando todavía tenía algo de voluntad y creía que para sobrevivir al encierro alcanzaba una cierta dosis de espíritu, había tomado la determinación de no escribir un diario de la pandemia. Sin embargo, acá estoy. Algunas semanas alcanzan para aplastarlo todo. Una de las cosas más curiosas del encierro es que descubro que tengo menos tiempo que antes: casi no miro películas, cuando no estoy haciendo trabajo remoto trato de entretener a mi hija que más o menos entiende que la situación está más allá de nuestro control pero igual se aburre. Si de casualidad se produce un claro y me encuentro con algún rato libre en el día (¿semana? ¿fin de semana?), no me quedan muchas fuerzas para nada que sea demasiado productivo. Sí, sé que todos ustedes, los que pululan por las redes sociales, están descubriendo el potencial infinito de la educación online, la panadería amateur, los ejercicios físicos entre muebles y la reflexión al paso. Confieso que a mí no me da el cuero. Empiezo a ver algo y tardo semanas en terminarlo. Hasta escribir se me volvió una especie de tortura.

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Dossier Estudio Ghibli (XVI): El increíble castillo vagabundo

Dentro de toda esta lista, tal vez una de las películas que a priori parecen menos atractivas sea El increíble castillo vagabundo: vino después de Chihiro, la película que le trajo el reconocimiento internacional, el prestigio definitivo, y comparte con esta unos cuantos puntos, desde un diseño parecido de sus viejas hasta una cierta repetición en los personajes y sus funciones (Cabeza de Nabo de El castillo… se parece sospechosamente al Sin Cara de Chihiro), y podríamos seguir. La ambientación steampunk la habíamos visto antes y es posible que Sophie, la protagonista de El castillo…, se encuentre entre las protagonistas menos logradas de Miyazaki: es modestita, su mayor trauma es que no se siente “linda” y su gran búsqueda es poder expresar su amor por el mago rubiecito con aires de ídolo teen pop. Es, por supuesto, una mujer de armas tomar, como todas las de Miyazaki, pero frente a la cotidianeidad entrañable de Satsuki o de Kiki, frente al valor existencial de Chihiro, incluso frente a la sed de aventuras de Sheeta, Sophie se nos aparece un poco demasiado doméstica, preocupada apenas por coser sombreros, limpiar telarañas y armar su casita cómoda donde cuidar de su familia.

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Familia

La manera en la que Edgardo Castro maneja la mentira del cine en Familia es magistral. Parece simple, parece fácil, pero en realidad es astuta. No se trata de una forma de resucitar los viejos tiempos del más cansado Nuevo Cine Argentino, tampoco se trata de recurrir al borramiento, tan moderno, tan de hoy, entre documental y ficción. Por supuesto, Castro protagoniza la película que dirige, en la que retrata a una familia que es interpretada por los miembros de su propia familia en la vida real. Por supuesto, buena parte de la fuerza de la dinámica que adquieren sus momentos más chispeantes (esto, por supuesto, es una forma de decir) viene del peso que la repetición de esos gestos dejó visiblemente marcada en los cuerpos de quienes estuvieron dispuestos a ponerse frente a la cámara. Esto es innegable. Pero la maestría de Castro no estriba en el simple hecho de haber convencido a sus viejos (cansados, desinhibidos) de hacer para nosotros lo que hacen en un día cualquiera (y que probablemente no difiera mucho de lo que hacen todos los padres de por lo menos cierta edad), sino en la forma de registrarlos.

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