Autor: Santiago Gonzalez

#Polémica: Jojo Rabbit (en contra)

La angustia de las influencias pone presión sobre nuevos realizadores. De repente tienen la obligación de hacer una obra maestra como las que hicieron sus maestros. Pero quizás olviden (o desconozcan) que sus antepasados no tenían esa idea a la hora de filmar. La demanda de novedad y de autoría parece ser un problema que tipos como John Ford o Howard Hawks no parecen haber sufrido. Por el contrario -y más específicamente en los directores que debutaron después de la década del 70- al ser conscientes de su lugar en el cine (muchos de ellos trabajando en géneros populares como el terror, la comedia, la acción, etc) en algún momento sienten la necesidad de transcender, como si una demanda de reconocimiento los persiguiera. El gesto de la autoría demandada es que disfraza de complejidad y mirada personal muchas ideas que en el fondo no son más que mediocres y temerosas miradas sobre el mundo. Esto le termina pasando a Waititi con Jojo Rabbit.

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#PostMarDelPlata2019 – (6): Jojo Rabbit

El personaje de Micky Vainilla es uno de esos casos en los que el humor funciona para un sketch, pero no sirve prolongarlo en el tiempo. Bien sabemos que la sátira a la derecha más extrema siempre funciona mucho mejor que la satira a la izquierda (no importa en qué país del mundo leas esto). Porque el gesto de Capusotto, amén del progresismo de pegarle a un fascista de derecha, funciona mejor como rasgo pop antes que como gesto político. El problema es cuando Capusotto quiere invertir ese componente, porque necesita decir algo importante (contrario es el caso de Bombita Rodriguez, que si es marcadamente pop y por lo tanto más libre y mordaz en su humor que satiriza al peronismo setentista). Y quizás algo de esa operatoria discursiva que fuerza una lectura politizada de lo pop es lo que sucede con Jojo Rabbit: Hitler se convirtió en parte de la cultura popular y eso le preocupa a Waititi.

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#DossierTerrorPP – (4): Terror ibérico postclásico

Tanto en Italia como en España los directores reinventaron los escenarios, las tramas y los personajes más famosos y universales, los que todavía eran reconocibles, fundamentalmente con el fin de que el público local se acercara. No es de extrañar que durante los sesenta el terror gótico (que en Europa tiene fuertes raíces literarias, dicho sea de paso) haya sido el subgénero predominante a pesar de que existiera el peplum y el giallo. Pero era el terror aquel que aseguraba un ingreso constante y masivo de divisas, por lo que los productores optaron por no innovar en ese terreno. Esa necesidad económica fue la que logró que el gótico siguiera existiendo incluso hasta el día de hoy, aunque su vigencia tenga más de anclaje al pasado que de reformulación presente. El gótico, entonces, fue la base de la pirámide que vendría luego.

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