Gabriel Santiago Suede

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Corre

Si, claro que huele a Misery (Rob Reiner, 1990). De hecho aquella maravilla claustrofóbica también olía a otras cosas que conocíamos previamente. Pero la cinefilia cuarentona de tablón, esa que se crió con películas repetidas por cable, pero también en VHS, reconoce a la película de Reiner como uno de esos must que canonizan las formas del encierro enfermizo en el cine (incluso más que otros cánones, como El Resplandor). Será por eso, porque necesita conectar rápidamente, con velocidad y efectividad, que Corre (también conocida como Mamá te quiere) lanza sus tentáculos cinéfilos sobre nosotros apelando a esa relación de legitimidad.

Unnamed 2

#PostBafici 2021 – Monty and the street party

Monty and the street party, con su pátina aparente de película para niños, adopta, en efecto, una estrategia no muy distinta a la de Seidl. La gran diferencia es que nos establece de lleno y de movida en un código delirante que la película austríaca jamás podía permitirse. Porque si lo pensamos, en alguna medida, lo que narran Anders Morgenthaler y Mikael Wulff no es otra cosa que una suerte de psiquiátrico a cielo abierto, en donde eso que las sociedades desarrolladas esconden aquí se expone con una naturalidad pasmosa

Los Plebes Pelicula E1615596501896

Bafici 2021 – Diario de festival: Los plebes/Cosas que no hacemos

Pandemia de por medio, los festivales se vieron obligados a la reformulación urgente. En alguna medida, nos guste o no, esto derivó en una práctica democratizadora para quienes no contamos con los beneficios de vivir en grandes centros urbanos, ni nos podemos desplazar (incluso sin pandemia de por medio) o simplemente no contamos con los injustos privilegios que gozan algunos medios respecto de otros.

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Palmer

No sé cuánto asidero debamos darle a los rumores que indican que alguna vez este proyecto perteneció a la factoría Malpaso. No sé cuánto debamos creerle a quienes dicen que alguna vez este proyecto fue pensado para ser protagonizado por Hugh Jackman y por Abigail Breslin hace más de una década y media. Lo curioso es que si los rumores fueran ciertos (algo ciertamente incomprobable en el presente de fake news y de circulación de noticias de distinta índole) o no, poco importaría, porque, en todo caso, lo más importante siempre habría sido el verosímil. Y si algo hace de esos rumores que los consideremos posibles es porque intuímos un clima, un tono, un aroma detrás de esas elecciones actorales y esa producción aunque en esta versión de 2021 los actores sean otros, la producción sea otra y la dirección haya quedado en manos de un artesano competente. Quizás no nos importe demasiado la marca autoral de un director, de un actor o de un productor, o siquiera de un guionista, porque lo que narra Palmer no deja de ser una pequeña victoria del verosímil, de la suspensión de la incredulidad por sobre cualquier forma de demanda de credibilidad para el presente.

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The Undoing

The Undoing se mueve en torno a mil y una premisas comunes y repetidas: thriller judicial, asesinato con múltiples hipótesis de responsabilidad (al final de cuentas se trata de un Whodunit sin enclaustramiento), descripción crítica de las altas esferas socioeconómicas, tensiones familiares y secretos revelados; en definitiva un moplo de proporciones bíblicas siempre y cuando no prime algún giro, alguna volanteada. Y ese es el centro duro del problema: los atisbos de volantear, de generar una irrupción de sorpresa son, apenas, espasmos, intentos sueltos, dispersiones sin éxito para quitarnos la modorra de las presunciones más lineales. Al final de cuentas, distracciones.

Asesino

Mar del Plata 2020 – Diario de festival : Al morir la matineé, Teddy, Sophie Jones, Heliconia

Nos perdimos Bafici, pero ahí está Mar del Plata para intentar recuperar algo del tiempo perdido. Por eso, aunque sea a la distancia, aunque sea sin cine con butacas, hay que comenzar. Y si hablamos de cine creo que todos pensamos en la misma película para abrir nuestro festival. Me refiero a Al morir la matinee , el slasher argentino-uruguayo que mas suspiros despertó con sus adelantos que mezclaban a Bava & Argento con los tempranos 90s y el cine berreta clase Z. Claro está: con esa paleta de colores primarios contrapuestos (el azul y el rojo, si si), cómo no nos íbamos a lanzar de llenos desesperados sobre ese material flamígero de cinefilia ardiente. Pero hasta ahí llegó el entusiasmo. Porque a los pocos minutos de visionado comenzaron a imponerse las preguntas.

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Vilas: serás lo que debas ser o no serás nada

No es cierto que el tenis sea un juego pura y exclusivamente cerebral. Para quienes lo practicamos en algún momento de nuestra vida sabemos que se trata de un deporte (pero también un juego) que incluye un nivel de adrenalina y energía que no deja abandonada a la pasión. En todo caso la subordina a una estrategia de administración regulada. En ese sentido se trata (como bien sucede con otros deportes) de una pasión fría, oscilante, que opera por medio de ramalazos de furia creadora y muscular pero también por medio de retracciones estratégicas, plenas de pensamiento. En ese territorio oximorónico se mueve la esperada Vilas: serás lo que debas ser o no serás nada. Pero la película cuenta bastante menos de la persona de lo que podríamos esperar. Porque en el el fondo el centro duro de sus imágenes lo que importa es menos la historia de un jugador excepcional y la injusticia histórica que rodeó su mito (se trata del único jugador que fue número uno del mundo y que por una omisión estadística nunca fue reconocido como tal por la ATP, asociación del tenis profesional) antes que la historia de una amistad entre el mismo Guillermo Vilas y su exégeta (y responsable de la investigación que se propuso reparar la injusticia estadística), el periodista Eduardo Puppo.

Planta Permanente

Planta permanente

Marxista lo que se dice Marxista no es Planta Permanente, pero si tiene una serie de ideas que creo que exceden a su mismo director y a lo que medio mundo quiso leer a primera vista. Y si eso le había pasado a Chabrol un cuarto de siglo atrás…por qué no podría haberle sucedido a Radusky? La confusión ha convertido a la película en un alegato sobre las formas del neoliberalismo en la administración del estado. Como si previamente Radusky no hubiera codirigido la excelente Los dueños (asi como Agustín Toscano, su codirector, dirigió en año pasado la excelente El motoarrebatador, película con la que dialoga Planta Permanente a la hora de representar una clase social (la clase media baja trabajadora) con sus claroscuros, sin endulzar nada ni moralizar), como si el director no tuviera algunas ideas más interesantes que hacer un cine de denuncia obvio, vacío, propagandístico (para eso lo tenemos a Tristan Bauer, por ejemplo). Bueno, si me preguntan, creo que esta primer película en soledad del director ha sido presa de un malentendido.

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Ratched

Aclaraciones, entonces: Ratched no es, técnicamente, una serie creada por Ryan Murphy. Pero si está supervisada, está rodeada por esas decisiones propias del diseño de producción de aquel. Es como si se produjera un préstamo de responsabilidades, como si se produjera un relevo de mando. Pero antes que relevo todo el asunto suena mucho al enroque Putin-Medvedev antes que a una verdadera cesión de mando a las decisiones de un tercero. Murphy sigue siendo, por lo tanto -como en tantas ocasiones hemos visto tanto en cine como en la televisión- la verdadera alma mater detrás de todo el asunto

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Dossier #ContraLaCorrecciónPolítica (III)

Si la corrección política existe desde hace mas tiempo del que creemos (sobre eso escribirán otros compañeros de la revista, asi que no me quiero superponer), si esa corrección es en realidad un filtro ideológico mas que estríctamente político, lo novedoso (pero que tiene puntos de contacto con experiencias pasadas) para este presente es la llamada cultura de la cancelación. Ahora bien, quizás no todos sepan de qué se trata esto. Intentemos hacer un breve recorrido.

Bill And Ted Face The Music Poster Vod Orion

Bill & Ted Face the Music

Sin mediar el error, me enteré del rodaje de la tercer entrega de Bill & Ted sabiendo que todas las fallas y todos los aciertos posibles de aquellas dos películas que, de ser personas, a a esta altura ya estarían haciendo aportes jubilatorios. Y el resultado fue peor de lo imaginado por mi. Porque si algo salta a la vista tras el visionado de esta tercer e innecesaria entrega es el extravío mayúsculo al que nos expone. Para empezar vale la pena una pregunta no menor: tiene un público posible esta película? Sin dudas no es una película nostálgica para cuarentones que recuerdan su preadolescencia al iniciar los noventas. Tampoco es una película para chicos de 10 a 13 como las dos primeras, dado que la sensibilidad parece no tener nada que hacer con la generación de los nacidos entre 2007 y 2010. Tampoco tiene intelocución posible en un público adolescente ni como consumo irónico ni como consumo tierno, dado que en buena medida lo que propone solo puede conectar con las entregas anteriores, ciertamente, pero a diferencia de aquellas esta tercer parte no tiene anclaje posible ni en el pasado ni en el presente.

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Desplazados

El mayor problema de Desplazados no es su guión desflecado, ni sus personajes con arcos dramáticos previsibles, sino su recorrido tangencial por los “temas importantes” sin asumir el menor de los riesgos posibles, algo que desde hace buen rato atraviesa a buena parte de las series que podemos ver en Netflix con basamento en casos reales.

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Bajo mi piel morena

En Bajo mi piel morena Campusano practica una variable que en algún momento parece ir en cierta dirección de posibilidades: salirse de la marginalidad, permitirse narrar la dificil inserción de personas trans en el mundo del trabajo sin ser estigmatizadas. Pero pareciera encontrarse con la falsa disyuntiva que acompaña a la representación de los personajes trans en el cine: si se los construye felices e incluidos en un mundo que sabemos que los señala y estigmatiza, esa representación será acusada de falsedad, de traicionar la realidad, de ocultar la violencia existente; al mismo tiempo, en caso de representar a personajes trans solo bajo la óptica de la exposición a la marginalidad y violencia, tenderemos a sostener que está dando una sola oportunidad a esas vidas, por lo tanto, también estigmatizando.

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The vast of night

Nada de lo que sucede a lo largo de los 91 minutos de The vast of nigh nos es particularmente ajeno a quienes amamos con intensidad al cine clase B, al fantástico, a las series unitarias que supieron ser convocante para el público masivo hace casi 50-60 años y que hace poco revivieron parcialmente con Black Mirror. Nada de eso no es ajeno porque toda la película de Andrew Patterson está atravesada de semejantes influencias. Pero si fuésemos a juzgar las condiciones de una película por sus influencias previas (para bien o para mal) estaríamos ingresando por el camino mas incorrecto de todos. En todo caso las influencias componen un material de trabajo, con el cual poder moldear ideas, con el cual poder orientar la dirección de operaciones. Pero a veces el material excede, a veces las influencias se imponen, a veces la necesidad de diferenciarse es mas fuerte. O simplemente la relación es espamódica.

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The Last Dance

The Last Dance no es un documental sobre el basquet, ni sobre la superioridad notable de un grupo deportivo formado por atletas excepcionales. Es, quizás, un documental funerario sobre la aceptación de la muerte, un documental sobre el paso del tiempo, un testimonio sobre el duelo que supone dejar de ser contemporáneo y que el mundo siga girando sin que formemos parte de ese centro. Uno bien podría decir que lo que experimentamos a lo largo de 10 episodios adictivos es la comprensión de un grupo humano y sus vicisitudes en el proceso de consolidación de uno de los equipos mas extraordinarios formados en cualquier deporte. Pero no. Uno de los grandes descubrimientos de esta serie es la capacidad de haber encontrado personajes detrás de la épica, acaso el componente emocional por excelencia que atraviesa todo el material. Pero no es una épica genérica, sino que es una épica -contradicción mediante- íntima y sutil. Porque el cuento moral que se nos narra es el del recorrido de la luna frente al sol. Para eso necesitamos a personas que oficien como personajes, necesitamos poder reconocer esa vejez, ese paso del tiempo, esa desesperación vital por sentirse presente pero que de una forma u otra se pierde con el viento.

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#GimmeShelter: cine, series, libros y otras cosas para sobrevivir (IX)

A lo largo de esta cuarentena infinita (y a mi modo de ver una medida bastante medieval, con pocos testeos, con mucha miseria y angustia acumulada y con poco cuidado real, pero bueno, es otro asunto, no voy a ahondar en él) me dediqué a hacer una y mil cosas. Arreglar partes de mi casa, pintar, pegar suelas, adiestrar bestias, cocinar como loco. Pero en el medio de eso también leí bastante (dentro de las posibilidades), vi unas cinco o seis series (no todas buenas, aclaremos), vi casi una treintena de películas. Pero también jugué mucho (a mis hijos y a mi nos encanta el basquet…a mi esposa un poco menos), aprovechando las bondades del fondo de la casa con un patio para disfrutar. No todos cuentan con esos remansos que te sacan de la locura del encierro (de hecho agradezco haber elegido esta casa cuando la compramos en vez del maravilloso departamento de pozo que estaba entre las posibilidades). Me encanta ver películas con mis hijos. Por eso no sé si les voy a contar tanto sobre las películas que vi solo y si las que compartí con ellos. En algún momento lo hablábamos con mi esposa: casi no aparecieron recomendaciones por ningún lado sobre películas o series para ver con los hijos (más si están entre los 5 y los 10 años, edad problemática para el encierro).

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Dossier Estudio Ghibli (XVIII): La guerra de los mapaches

El eclecticismo de Takahata, no obstante, encuentra en La guerra de los mapaches un medio para articular el viejo y querido discurso del estudio Ghibli en torno a las reivindicaciones de corte ecologista. Pero si ese fuera el único elemento que articulara las partes diversas de esta película frankensteiniana, a decir verdad estaríamos faltando a los hechos. Porque detrás de esa narrativa que pone el ojo en el avance de la tecnología y de la construcción (pero fundamentalmente de la vida moderna) sobre el mundo de la naturaleza, en el fondo hay algo más, acaso un tono melancólico de algo que se va, de algo que ya no volverá a ser. Curiosamente Takahata ha logrado expresar algunas de las tensiones de ciertos directores japoneses de post-guerra (aunque algunos de ellos contaran con una obra previa en el período silente) como Mikio Naruse y Yasujiro Ozu. Esa obsesión entre el pasado que se va y el presente que arrolla ha sido una constante en un género cinematográfico de la cultura audiovisual japonesa, el shōshimin-eiga (un género asociado al melodrama doméstico que narra hechos propios del contexto familiar en familias de clase media o clase media baja en contextos de cambio histórico).

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Pandemia

Sostenida en torno a una serie de héroes anónimos (infectólogos, médicos, investigadores de diversas áreas de la medicina, biólogos), si hay algo en la serie que pueda a parecerse a un villano es la representante figurativa del mundo de los anti vacunas, una madre hippie que postula un mundo de conspiranoias con cara concreta en donde las vacunas solo serían una estrategia de control y limitación de las libertades. En esa dirección de cosas, quizás es donde podemos detectar que Pandemia se equivoca: la asimetría es evidente. Sabemos desde qué lugar se posiciona la serie. No hay equidistancia posible con esas personas que atentan contra el método científico. Pero son presentadas como el contrapunto perfecto de los representantes de la ciencia, que en realidad son menos una abstracción que una manifestación concreta de que siempre detrás de una institución también hay (fundamentalmente) personas. Por eso el logro de la serie es darle cara y entidad, carne y empatía a esos héroes.

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Tiger King

En estos días de pandemia y espasmos. En estas jornadas de insomnio, pesadillas, revisión de clásicos, lecturas voraces o interrumpidas. En estos días de glotonería o cagarse de hambre. En estos días de placidez en el encierro o locura aislada. En estos días sin demasiados puntos intermedios, se nos cruza por la multiplicidad de pantallas la cara de un personaje que o bien podría haber salido de una mala versión de un animador de Las Vegas. O bien podría tratarse de un narcotraficante gringo instalado en Coyoacán. O bien un personaje salido (todos lo dijimos, pero lo voy a repetir) de cualquiera de las películas de Christopher Guest, el genio detrás de Waiting for Guffman (1996). La invocación guestiana no se reduce al facilismo de clasificar a cualquier documental con personajes extravagantes como equiparables a la obra de aquel director. En todo caso es el perfecto contrapunto de los extremos que propone el mundo que la serie muestra: a mundos y personas extremas lo conveniente es entregar una mirada piadosa. Y si algo hace este accidente que se nos cruza en la plataforma de la N grandota es eso: cuidar y querer a sus personajes sin juzgarlos. Y abrir, de este modo, un panorama asombroso y complejo.

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Killer Joe

Qué maravilla que es la libertad cuando se pierde. Hay que ir a buscar a los salvajes, a esos tipos a los que nunca les importó nada eso de llevarse todo puesto con tal de no perder las libertades más indispensables. No, Scorsese de a poco se fue adaptando, Coppola no pudo, Ferrara perdió espacio, De Palma fue marginado como pocos, Bogdanovich terminó resignado a ser un has been. Carpenter casi imposibilitado de filmar. Eastwood, (dentro de los viejitos que comenzaron en los 60s-70s) es el último de los mohicanos? Bueno, hasta hace no mucho era uno de los pocos, junto a ese otro maravilloso viejo libertario que es William Friedkin, quien hasta 2011 logró mantener una cierta vitalidad, que de a poco fue deteniéndose, con su último largometraje en 2017 (The Devil and father Amorth). Con una década del 70 brillante, con una década del 80 excelente, y con una filmografía errática durante la década del 90 (que bien podría hacerse extensiva hasta 2003, con la menospreciada La cacería como cierre de ciclo), los 2000s (o al menos de 2006 a 2012) encontraron a Friedkin con un nuevo aire, pero también con la necesidad de apropiarse de un material que, al menos desde la época de sus primeros films, le resultaba ajeno: el teatro.

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Buscando justicia

Suelo llegar tarde a casi todos lados. Es una constante en mi vida. La cuestión es que, para no perder la costumbre, había leído algunas reseñas favorables a esta película pero por esas cosas del trabajo, hijos, esposa, vida en general, se me había hecho imposible ver. Bueno, llegó el fin de semana. Por esos azares que brindan los compromisos familiares me tocó quedarme solo entonces me puse al día. Por algún motivo empecé por Buscando justicia. Todo lo que había leído sobre ella me resonaba a esas películas bienintencionadas sobre juicios malhabidos y condenas injustas. No me pregunten por qué, pero conmigo suele funcionar muy bien eso: En el nombre del padre (Jim Sheridan, 1993) me había afectado bastante al final de mi adolescencia, allá por inicios de los 90. El problema es que estas películas suponen un problema más bien del orden de lo afectivo, de lo emocional, antes que cualquier otra cosa.

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Dossier Estudio Ghibli (VI): Mi vecino Totoro

No tengan la menor duda que si Miyazaki cuenta con obras maestras en su haber, esta es la principal de ellas. Pero no vengo a hablar aquí de las obras maestras del nipón. Ni del trazo. Ni del realismo. Ni del fantástico. Ni siquiera de el sustrato ecológico de buena parte de su obra. Vengo a hablar de la tristeza. Porque si algo contiene Mi vecino Totoro a lo largo de sus 86 minutos es una tristeza infinita disfrazada de felicidad (algo que también nos proporciona la película, en particular en ciertas escenas y en su final hermoso y dulce). La felicidad en esta película es la contracara perfecta de una melancolía perenne, cuyo emergente principal es la sonrisa. Todos o casi todos sonríen en MVT, como si el dolor no existiera. O como si hubiera que conjurarlo de algún modo, atentando contra su presencia. Pero esa presencia no necesita ser refrendada simbólicamente (a tal punto que toda una serie de leyendas urbanas convirtieron a la historia de la película en la figuración infantil de un hecho real y terrible sucedido en 1963, pero para quienes quieran indagar teorías conspirnoicas, les dejo este link), sino que la misma superficie de felicidad artificiosa es el primer síntoma de esa tristeza presente.

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Amenaza en lo profundo

Malacostumbrados a un humanismo mal entendido con muchas palabras, con personajes con traumas y pretensiones vacuas, nos hemos dejado llevar por un cine de aventuras empobrecido y sin ideas hacia el fondo del océano de la mediocridad. No, la culpa no es de Michael Bay y sus tonteras de turno. La culpa es nuestra que perdimos la aventura, dejamos ir a los héroes clásicos, esos que se sostenían sobre los actos, sobre las acciones elementales y no sobre la presunción de psicología. No, los héroes clásicos, en su discreta forma de abordar un humanismo asordinado, siempre fueron más bien tímidos y proclives al trabajo (al manual, sobre todas las cosas). Por eso cada vez más se nos impone la estatura gigante de ese último gran clásico que es Eastwood, con sus películas de trabajadores silenciosos y heroísmos sin estridencias. Pero también hay más trabajadores del silencio y la espera, herederos de las mejores tradiciones del clasicismo. El olvidado James Cameron es uno de ellos (olvidemos su rol como productor, por todos los cielos). Otro es John Carpenter, acaso otro orfebre de del trabajo manual. No es casual que el espíritu del cine de estos últimos dos directores esté dando vueltas en torno a esta sorpresa de jueves que es la ninguneada Amenaza en lo profundo

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Dossier estudio Ghibli: una introducción

Mega dossier en tres grandes partes, febrero nos trae el primer tercio de nuestro ingreso al cine del estudio Ghibli. Un poco con la excusa de la distribución de todas las películas del estudio por parte de Netflix y otro tanto porque teníamos ganas de revisar y descubrir un material maravilloso, a partir de este número (y durante los meses de marzo y abril) estaremos haciendo la cobertura del dossier en cuestión. Aqui su autor, traza algunos ejes que definen a la poética del estudio Ghibli.

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La hora de tu muerte

En La hora de tu muerte se produce un encuentro anómalo entre ese cine de transición entre dos siglos con el terror contemporáneo que cree que todavía existen posibilidades de perturbar mediante la subversión de los modos de mirar nuestra experiencia hiperconectada. El problema de la película de Justin Dec es que, a diferencia de las dos influencias que la signan, no parece elegir un camino claro. O en todo caso elige tantos caminos a la vez que no termina de ser una película de terror de muertes random ni una película de terror contemporáneo sobre la perturbación que puede producir una app ni tampoco elige ser una película sobre maldiciones satánicas. Quizás es ese su mayor problema: no definir una identidad y pretender contentar a los distintos perfiles de terror con los que coquetea hace que toda la película sea un gran cruce de caminos entre cosas muy diversas. Ahora bien: es malo esto? En principio no, porque le da a la película una liviandad y una ausencia de solemnidad que se agradece en este presente de terrores pretenciosos.

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Nisman: El fiscal, la presidenta y el espía

Hay algo de esta espantosa falsa neutralidad que emerge de la serie Nisman: El fiscal, la presidenta y el espía, que no se propone negociación alguna entre pares asimétricos (para hacer negociar a asimetrías están los perversos, por eso ahí está Bergoglio), es cierto. Pero que si asume un lugar de neutralidad que incluso contradice en buena medida lo que los mismos testimonios arrojan. Como si en alguna medida el mismo material se revelara, se negara a ser convertido en carne de neutralidad. Quizás en torno a esa tensión es en donde mejor funciona este documental hecho por un extranjero pero con una pretensión de neutralidad lo suficientemente peligrosa como para no asumir una mirada definida sobre los hechos investigados (algo extraño para una serie de Netflix, por cierto).

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#PostMarDelPlata2019 – (5): Planta Permanente

El malententendido tradicional (asociado a la corrección política) convierte a Planta Permanente en una película testimonial. En un testimonio de una época, como sien efecto se tratara de una crónica. Y si algo no hace la película es, justamente, pretender funcionar como una alegoría (al final de cuentas toda pretensión de testimonio busca dar cuenta de un estado de situación de época directa o indirectamente). Es, precisamente, la misma confusión (o en todo caso deberíamos hablar de lectura limitada) que con Chabrol. Y lo curioso es que esa clase de confusiones (que no son otra cosa que omisiones deliberadas) convierte a personas, a personajes tridimensionales, en meras funciones sociales, como si en la práctica todos los trabajadores fueran iguales, como si actuaran del mismo modo, como si sus experiencias fueran equiparables.

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Huérfanos de Brooklyn

Huérfanos de Brooklyn (el título en castellano es una tontería que en su literalidad debería llamarse El pibe sin madre de Brooklyn, sin el plural que confunde) se va armando de manera meticulosa y algo vueltera. Construye con un melodrama de por medio un policial sin mayores estridencias, si, pero un policial verosímil y amargo a la vez que nos permite ver a un actor entendiendo que su rol tiene que ser distinto al que acostumbramos hace un par de décadas. Norton actúa feo, si, pero en este caso es plenamente consciente y justificable esa serie de decisiones que toma. Y en un cine en el que hacer un acto de renuncia es algo visto como una concesión, lo que hace el director es un poco eso: entregarse a lo que narra en vez de que el efecto se produzca a la inversa.

Vitalina

Mar del Plata 2019 – Diario de festival (10)

Y mi intuición me llevó, dentro de lo poco que vi en 4 días, a tres películas difíciles como ellas solas. Películas herméticas, cerradas sobre si, demandantes de un público atento. Y es que cada una de ellas, con diferencias, claro, se reconoce en la tradición de un cine de autor programático, duro, sistemático en sus decisiones y formas, pero también usualmente antinarrativo, refractario a las convenciones del lenguaje clásico. Lo curioso es que esta clase de programáticas retornan en 2019 como portadoras de alguna clase de novedad, como alguna composición de vanguardia. Y a los efectos prácticos terminan siendo exactamente su inversión: una apuesta a la retaguardia, a las safe zones del autorismo, que al día de hoy prosigue con sus promesas de ruptura (como si el cine de autor no pudiera manifestarse dentro de la industria y el cine de autor no fuera también un ghetto, una industria en si, con otros espectadores pero industria al final de cuentas).

End Of The F Ing World

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The end of the F***ing world tenía todas las cartas como para convertirse en un gesto. Y en parte algo de esa pose cool estaba en la primer temporada, pero también había una tentativa hacia otra cosa. Esa tentativa hablaba más de las limitaciones de los personajes en su proceso de crecimiento que de cualquier pose pretenciosa. Por eso era importante ver qué clase de derivaciones podíamos encontrar en una temporada siguiente. Curiosamente, en la segunda, el resultado fue hacia el lado que en la primera era apenas un tímido esbozo.

Atarim

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