Marcos Rodríguez

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Dios Sorrentino 1

Fue la mano de dios

señor Sorrentino insiste en señalar de forma directa esas películas como plantilla para las suyas, y en Fue la mano de Dios hasta mete a Fellini como personaje, además de introducir referencias mamarias a granel. Si La grande belleza quería ser una nueva La dolce vita, La mano de Dios parecería querer emular al Amarcord de Fellini, aunque, si somos sinceros, sus aspiraciones lo dejan más cerca de la Roma de Cuarón que la de Federico, lo cual no es decir poco.

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Adelantos de libros: La dama de las colonias. El cine de Claire Denis (III)

escasa. Denis no filma para que el espectador conozca o aprenda sobre baile, sobre Mathilde, sobre arte o sobre cualquier otro tema. En cambio, se dedica exclusivamente a registrar aquello que ocurre frente a la cámara: hay algunos momentos de reflexión, Mathilde habla para la cámara en dos o tres momentos y explica alguna cosita (por ejemplo, al principio, donde la descripción de su método de trabajo funciona casi como un manifiesto que define la forma de la película toda), pero más que nada lo que vemos son personas moviéndose, probando, repitiendo, desplazándose, ensayando, volviendo a ensayar, buscando la forma con su cuerpo y también buscando la forma desde la perspectiva de la propia Mathilde, que mira, analiza, interpreta, evalúa.

Zeros And Ones Abel Ferrara

Zeros and ones

En su nueva película, Abel Ferrara arma lo que podríamos llamar una ficción escasa: hay personajes, hay algo similar a una historia (una situación, en realidad), hay cosas que pasan unas después de otras, pero lo que pasa se entiende poco e importa poco. Ferrara nunca fue el más grande de los narradores, pero, en cambio, lo que lo hace un cineasta enorme es el peso que le otorga a sus imágenes.

Isabella Berlinale Forum

Isabella

Isabella, la anteúltima shakespereada de Piñeiro, no solo me resultó linda, sino que me trajo un cierto alivio. Si bien nunca fui un devoto de Piñeiro, tampoco puedo negar que por momentos sus imágenes resultan hipnotizantes. Es cierto que no he visto a otros que filmen como él, y esa singularidad debe ser interesante, pero también es cierto que sus películas se me escurren entre las manos apenas termino de verlas. Mientras estoy frente a la pantalla, puede producirse algún hechizo (no siempre, pero a veces), pero terminado el hechizo descubro que no me interesaron nada. Esto era particularmente evidente con sus películas basadas en Shakespeare (que son casi todas las que hizo, si no me equivoco): un momento etéreo de cine que se desvanece en el aire.

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Mar del Plata 2021 – Diario de festival: Metok, Noh, La luna representa mi corazón

Las circunstancias infinitas hicieron que en este Festival de Mar del Plata precisamente la Competencia Argentina cuente con al menos tres películas (capaz había más y se me pasó alguna) en la que equipos argentinos, por motivos muy diversos, viajaron a (lo que desde acá llamamos) Lejano Oriente para filmar tres películas entre muy buenas y excelentes, con propuestas muy diferentes, historias relacionadas con la identidad y formas de contar que en mayor o menor grado mezclan el documental y la ficción. Se trata de La luna representa mi corazón, Noh y Metok: argentinos mirando/visitando Taiwán, Japón e India/Tíbet. Distintas circunstancias personales (y afinidades, por supuesto) me llevaron a ver, de todo este festival para mí virtual, casi exclusivamente estas tres películas. No me arrepiento de nada.

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Adelantos de libros: Héroe de la clase trabajadora. El cine de Clint Eastwood (II)

Para decirlo mal y pronto: si me interesan estas películas policiales de Eastwood es porque están entre sus peores. Dicho esto dentro de una gran filmografía, se entiende, siempre hablando de un tipo que sabe lo que hace. Pero por más que uno esté enamorado del enorme Clint, no puede dejar de notar que estos policiales tienden hacia lo insípido o lo gastado. Cuando Clint hace westerns, estalla el mito y la fotogenia. Cuando hace sus películas más perfectas (de esas que los ’90 tuvo tantas pero que sigue haciendo hasta hoy), el relato se impone a todo de tal forma que incluso las reglas del relato se doblan bajo su peso y lo que terminamos encontrando son historias de fluyen como ríos, llenas de vida, y muchas veces de cosas inesperadas.

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Algunas ideas sobre el cine de Kelly Reichardt

Hay algo que no me convence. Lo lamento, sé que probablemente estoy siendo injusto, sé que son muchas las velas que se prenden en su nombre en el altar indie. También sé que cuando veo sus películas la paso bien, o en el peor de los casos no la paso mal, como sé también que es evidente que Kelly Reichardt tiene talento, que filma como probablemente nadie más filma, que su cámara parece vibrar de emoción cuando filma la naturaleza. Todavía recuerdo la emoción con la que vi Old Joy, la película con la que descubrí a Reichardt y, sospecho, su película mejor.

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Prisioners of the Ghostland

Sion Sono es el poeta del cine. Es fácil decirlo porque suena bien, impresiona sin decir demasiado y cada quien puede interpretarlo como se le dé la gana. Es fácil decirlo también porque (como sabe todo buen cinéfilo), antes de dirigir cine, Sono escribía poesía, y quién sabe si no la escribe todavía. Nunca leí un poema de Sono pero he visto unas cuantas de sus películas (casi imposible seguirle el ritmo) y, de verdad, hay algo de poesía dando vueltas en sus imágenes. Sono es (como sabe todo buen cinéfilo) además de prolífico, bastante irregular: algunas (varias) de sus películas son un golpe directo al estómago, otras son juegos ridículos, otras no terminan de cuajar.

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Una educación parisina

significados pero profundamente cerrado, que atraviesa la narración como una red de alianzas y debates entre los personajes. ¿Podría entender Una educación parisina alguien que no sea lo que se llama un cinéfilo? Probablemente sí, pero también probablemente ese no cinéfilo se haya aburrido antes de llegar al final de lo que no es en sí la aventura de la cinefilia sino, simplemente, la historia de un chico que estudió cine, que ama el cine, que utiliza el cine para comunicarse con otras personas que, como él, aman el cine.

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Undine

Debería haber sido una operación fría o dura: tomar un antiguo mito germánico y hacer con él una película contemporánea. Si alguien podía hacerlo, es Christian Petzold, tal vez uno de los mejores directores del mundo mundial hoy en actividad. Por otro lado, Petzold ya había practicado operaciones similares antes: tengo entendido que había recurrido a la mitología germánica para Etwas Besseres als den Tod, esa obra maestra, y también algo similar con su película anterior, Transit (una historia de la Segunda Guerra Mundial ambientada en la Marsella de hoy en día), de la cual además repite pareja de protagonistas y química absoluta. En el caso de Undine la cosa es un poco más extrema.

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The green knight

Lo intenté pero no hubo forma: The Green Knight no tiene ni pies ni cabeza. Quienes hayan visto la película, podrán entender el (mal) chiste; quienes no, tal vez prefieran ahorrárselo. Hay una ambición, es cierto, en la película de David Lowery que en teoría suena interesante: narrar una vieja leyenda medieval, plagada de elementos místicos y sobrenaturales, explotando los elementos plásticos del cine. Es así que encontramos encuadres lindos, mucho diseño de vestuario y utilería, juegos de luces, montajes raros, espacios que se expanden y se contraen, mucho primer plano de Dev Patel con cara de venado extraviado. Podía ser lindo. Para quienes se extasían con el diseño de producción seguramente lo será. Quien busque cine, sin embargo, va a encontrar algo diferente.

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J´accuse – El affair Dreyfus

Caso curioso el de Polanski: si bien su larga filmografía contiene algunas de las mejores películas que uno podría desear ver (sin pensarlo demasiado: El bebé de Rosemary, Chinatown, El escritor fantasma), no se me ocurre pensar en el polaco como un gran director. No hay que esforzarse demasiado para concederle el título de autor y no me preocupa en lo más mínimo que su obra contenga, junto a las obras maestras, otras más bien flojas (esa cosa Un dios salvaje, sin ir muy lejos). En los grumos está la vida. Mi problema con Polanski es otro: maestro de la eficacia (el viejo sabe filmar), nunca termino de encontrar momentos, detalles, rincones en los que el cine explote.

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The Projectionist

Hay algo muy de otra época en The Projectionist, que no tiene que ver con una nostalgia o una impugnación viejochotista del presente, sino con una forma de ver, de entender y de actuar, tanto detrás como delante de cámara. Abel Ferrara está viejo, lo vemos bastante frente a cámara, se pasea por su ciudad (Nueva York) y pregunta por salas de cine de barrio que ya no existen, muchas salas porno que se perdieron, pero también de las otras.

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Noche en el paraíso

Hay algo que simplemente no puede ser. Empieza Noche en el paraíso (Park Hoon-jung, 2020) y empieza una de mafiosos trajeados. Bien. Puro gesto, pura sobriedad. Pero a los pocos minutos encuentro un momento que, como espectador siempre dispuesto a disfrutar con las sacudidas que puede ofrecer una película coreana de género, digo: No, no puede ser. No pueden ser tan hijos de puta.

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Dos o tres cosas acerca de la retrospectiva de Christian Petzold

A lo mejor estoy siendo un poco más romántico de lo razonable, pero encuentro una contradicción fundamental en el corazón de las películas de Christian Petzold. Una contradicción fuerte, que se despliega a lo largo de sus películas como una evolución, pero que marca también cada una de sus obras. Vuelvo a ver Yella (2007), después de unos diez años, y la encuentro otra vez, más evidente que nunca: algo quema y algo muerde con el frío del análisis. Algo está calculado y algo desborda. Por sobre todo, lo que hay en Petzold es cine.

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#PostBafici2021 – Self-portrait 2020

El título es engañoso: Autorretrato 2020 no es un autorretrato en ningún sentido, ni literal ni metafórico. Como todo en este documental punk de casi tres horas, el título resulta a la vez justificado y excesivo: hay una explicación, hay un argumento, pero también hay un desborde, como si Lee Dong-woo quisiera entregarle su película (entregarse) a su amigo Lee Sang-yeol, un loco, un borracho, un criminal, un filósofo de la calle, un director de cine.

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#PostBafici 2021 – Mi última aventura

Mi última aventura es una película que se escucha. Se escucha primero, sobre la pantalla negra, en el ruido de los camiones y la calle. Su primera atmósfera está en ese ambiente, y su primera trama está en la canción que el Pelu empieza a hacer sonar en su celular: un tema viejo, anacrónico, romántico, fuera de lugar y a la vez perfectamente integrado, que adelanta el tema de la venganza, el tema de la tensión y, sobre todo, el tono de melodrama. En este caso, melodrama entre amigos.

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Bafici 2021 – Diario de festival: Taranto/Los visionadores/López/Qué será del verano

Este año, el cine argentino del Bafici (o por lo menos el de la Competencia Argentina) parece preguntarme una y otra vez por la cuestión de lo real, de la representación, la mentira, la manera de representar, de capturar, de revelar. Hay una relación conflictiva, un ir y venir, entre estas películas y el mundo que las rodea. Conflicto con el mundo, conflicto con el medio: ¿cómo filmar, cómo mirar, cómo construir? ¿Traicionar? ¿Mentir? ¿Dejar testimonio? ¿Explorar la mentira? ¿Creer en la verdad? ¿Preguntarse por la forma? En mayor o menor grado, las cuatro películas que vi (López, Qué será del verano, Los visionadores y Taranto) se acercan al mundo, lo miran, miran a quien lo mira, buscan reflejarlo y se preguntan (o hacen que nos preguntemos) por ese acto de mirar.

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To the Ends of the Earth

Su nombre quedó asociado al cine de terror, sobre todo gracias a obras maestras como Kairo y Cure, allá por el cambio de siglo, y sin embargo Kiyoshi Kurosawa ha recorrido géneros como pocos, contaminó los relatos y sigue siendo un nombre fundamental del cine del siglo XXI. Sigue haciendo policiales, sigue haciendo cosas que se parecen al terror, y otras muchas diferentes, pero lamentablemente en los últimos tiempos lo que no estaba haciendo es cosas demasiado interesantes. Aunque nunca paró. Aunque nunca dejó de hacer cine.

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#PostMarDelPlata2020: El tiempo perdido

Es tan mínimo lo que pretende captar El tiempo perdido que podría parecer fácil. También podría parecer imposible de lograr: filmar la lectura es un gesto casi ridículo. Hay algo evanescente, escurridizo. Filmar la lectura: filmar lectura en voz alta. No es lo mismo, pero se le parece lo suficiente. A través del registro documental de los encuentros de un grupo de lectura que se reúne a lo largo de años en un café de Tribunales para leer exclusivamente (una y otra vez) En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, El tiempo perdido termina por registrar algo mucho más íntimo y más maravilloso que el simple acto ritual de una lectura compartida: lo que vemos en la pantalla, lo que escuchamos en las palabras de esta gente de a pie, al parecer varios jubilados en busca de alguna actividad social, tiene que ver con la relación privada que uno establece con la lectura. El roce, la chispa que se produce entre el lector y el texto.

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El joven Ahmed

Hay un misterio en el corazón de la última película de los hermanos Dardenne, y ese misterio es precisamente el joven Ahmed. La fe, de manera más o menos explícita, no es un tema ajeno a su cine, pero esta vez lo que encontramos es fanatismo: un giro dogmático y violento que El joven Ahmed presenta pero no explica ni describe. Ese es el misterio: para cuando empieza la película, Ahmed, un adolescente musulmán de familia al parecer completamente integrada a la sociedad liberal/europea en la que vive, ya se encuentra del lado del Islam más extremo. ¿Cómo? Eso pasó antes. ¿Por qué? No lo sabemos y la película no busca explicarlo.

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Mar del Plata 2020 – Diario de festival : El tango del viudo y su espejo deformante, Isabella, Atarrabi et Mikelats

Dado que este año las circunstancias no permitieron que el Festival de Mar del Plata se llevara a cabo como siempre en la ciudad que le da nombre (ni en ningún otro lugar, en realidad), los espectadores nos encontramos liberados, con esa libertad absoluta y horrible que proporciona lo digital, simplemente a nuestros criterios. Ya no hay pasillos donde uno se cruza, charlas en una esquina, encuentros. El espectador, que se pasea por una página de internet, no se chocará con entusiasmos ajenos, reacciones en la platea, recomendaciones fervorosas, ni tan siquiera con el impacto que le causó un póster o con los caprichos que una grilla ajustada, atiborrada, que termina por obligarlo a perderse algunas películas (a preferir otras) e, inversamente, a encontrarse por azar en salas a las que entra, básicamente, porque le quedaba un hueco, porque le quedaba cerca, porque andá a saber. En la edición 2020, uno elige qué ver (si puede hacerlo) solo siguiendo su voluntad. Eso es bastante terrible. Habrá nuevas ediciones y habrá, esperemos, nuevos pasillos, pero mientras, algunas de las impresiones e ideas cosechadas frente a una pantalla solitaria.

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Fireball: Visitors From Darker Worlds

Todo esto está acentuado, por supuesto, por la marca absolutamente personal con la que Herzog construye su cine. Va más allá de la noción de autor, pero es evidente sobre todo en sus trabajos documentales: Herzog explora el mundo y la realidad, pero lo que vemos en la pantalla es, de forma ineludible, su mirada, su manera de ver las cosas. Dicho esto no como un análisis crítico, resultado de una elaboración teórica que interpreta y explica la utilización de ciertos puntos de vista, determinadas construcciones dramáticas, etc. No, un documental de Herzog es exclusivamente un viaje en el que se nos invita a recorrer las obsesiones y asociaciones personales del director, así como también los azares que encontró en su camino.

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Festival Han Cine 2020: Picnic al mediodía & El lector de rostros

Es curioso cómo en un país con una industria cinematográfica fuerte, hay un cierto conocimiento técnico que termina por permear hasta las capas más independientes de su cine. Picnic al mediodía es claramente una película indie. Es más, es una película indie en episodios, formato por demás maravilloso que ha caído completamente en desuso y que hoy no podría explicarse más que por determinadas reglas del juego (independiente) o por lisas y llanas limitaciones de presupuesto, que hacen que tres proyectos chiquitos puedan llegar por lo menos al largo y circular un poco más.En el otro extremo del espectro industrial se encuentra El lector de rostros, de 2013, con el siempre enorme Song Kang-ho. Si algo caracteriza a este drama de época (como a todo buen drama de disfraces, espadas y sombreritos) es la suntuosidad: el presupuesto desborda en cada plano, casi podemos sentir en la punta de los dedos las sedas que flotan en cámara lenta a grupa de caballos preciosos. Había plata y había que mostrarla y había que mostrar, además, la dignidad del reino. Todo es enorme, hecho para que se vea enorme, no en los detalles (como haría el sabio Im Kwon-taek) sino en los planos generales preciosistas.

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Undine

Debería haber sido una operación fría o dura: tomar un antiguo mito germánico y hacer con él una película contemporánea. Si alguien podía hacerlo, es Christian Petzold, tal vez uno de los mejores directores del mundo mundial hoy en actividad. Por otro lado, Petzold ya había practicado operaciones similares antes: tengo entendido que había recurrido a la mitología germánica para Etwas Besseres als den Tod, esa obra maestra, y también algo similar con su película anterior, Transit (una historia de la Segunda Guerra Mundial ambientada en la Marsella de hoy en día), de la cual además repite pareja de protagonistas y química absoluta. En el caso de Undine la cosa es un poco más extrema, porque al recurrir al folklore, lo que terminamos por tener es una especie de drama burgués de sentimientos sazonado con toques sobrenaturales: lo cotidiano como capa permeable por la que actúan fuerzas que no entendemos, que nos gobiernan, que nos arrastran. El melodrama se vuelve cósmico y, a través de las resonancias de lo profundo, los sentimientos tal vez más pedestres (el amor, esa cosa) alcanzan el absoluto, que es en definitiva lo que los hace ser lo que son.

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El mundo entero

El mundo está en los detalles. Las flores de un vitral. Las volutas de un decorado. Las formas del trazado de una plaza. Un rosetón. Una escalera. Cristalería de Bohemia. Souvenirs de una ciudad balnearia. Es ahí donde El mundo entero encuentra su sentido: en las claves, rincones y gestos materiales, concretos, que quedan de lo que fue el plan de construir esa ciudad mastodonte conocida como Piriápolis. La ciudad que lleva el nombre de su fundador. Al rastrear esos pequeños indicios, esas pistas (o más bien ruinas) la película construye, con evidencia material, delicada, puesta minuciosamente frente a la cámara, un relato de los objetos. El relato de un pasado opulento. Un pasado que se disolvió. Esa narración de las cosas que fueron construidas y lo que de ellas sobrevive hasta nuestros días es el gran hallazgo de la película.

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Nomad. In the Footsteps of Bruce Chatwin

Lo curioso de este documental Nomad. In the Footsteps of Bruce Chatwin es que, si bien desde el principio él propone que esta película intentará retratar y seguir los pasos de Chatwin (sin ser una biografía), en realidad es una de las películas en las que vemos retratado al propio Herzog con mayor intimidad. Como pasaba en otro documental en el que Herzog planteaba el retrato de un amigo suyo ya muerto (Mein liebster Feind – Klaus Kinski), al buscar retratar a una persona cuya vida tuvo un impacto profundo en la suya, Herzog queda irremediablemente absorbido.

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The woman who ran

La mujer que corrió? ¿Por qué La mujer que corrió? ¿Corría Kim Minhee en algún momento y me lo perdí? ¿Corrió metafóricamente? ¿La mujer que escapó? ¿Adónde corrió? ¿En el pasado? ¿Corrió recién? ¿El coreano directamente le pone cualquier título a sus películas? ¿Es parte de su encanto? ¿Dirá lo mismo en coreano o en inglés ponen cualquier cosa? ¿Importa el título en una película? ¿Hay una clave escondida? ¿Hay un misterio para resolver? ¿Puedo decir que ese título tan simple, tan concreto y tan inexacto hizo que la película me gustara todavía un poquito más?

Hipertextual Critica Bad Education Estimable Relato Pillo Y Su Pillaje 2020839229

Bad Education

Hay algo que amenaza con ser pantanoso, inestable en Bad Educaction, y aunque al final no termina de hundirse en ese barro, es lo mejor que tiene para ofrecer la película. Ese pantano tiene que ver con el juego de apariencias, con lo simpático, con lo seductor de aquello que se esconde por detrás de la máscara: un tipo que roba y además nos cae bien. En eso es clave la presencia de Hugh Jackman, que está (de forma consciente) un poco más plástico de lo que lo hemos visto hasta ahora: una cara pulida, una sonrisa de publicidad, un encanto siempre al mango. Demasiado al mango. En parte ahí está el problema: se nota demasiado el esfuerzo. No sé cuántas simpatías guardará el lector para el señor Jackman, en lo personal me cae simpático si bien me cuesta encontrarle la fotogenia excepto cuando interpreta papeles más bien polvorientos y gastados (ver la gran Logan). Cuando canta, cuando baila, cuando sonríe y pone modo Broadway y trata de conquistar nuestros corazones, algo falla.

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