Marcos Rodríguez

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Totheendsoftheearth

To the Ends of the Earth

Su nombre quedó asociado al cine de terror, sobre todo gracias a obras maestras como Kairo y Cure, allá por el cambio de siglo, y sin embargo Kiyoshi Kurosawa ha recorrido géneros como pocos, contaminó los relatos y sigue siendo un nombre fundamental del cine del siglo XXI. Sigue haciendo policiales, sigue haciendo cosas que se parecen al terror, y otras muchas diferentes, pero lamentablemente en los últimos tiempos lo que no estaba haciendo es cosas demasiado interesantes. Aunque nunca paró. Aunque nunca dejó de hacer cine.

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#PostMarDelPlata2020: El tiempo perdido

Es tan mínimo lo que pretende captar El tiempo perdido que podría parecer fácil. También podría parecer imposible de lograr: filmar la lectura es un gesto casi ridículo. Hay algo evanescente, escurridizo. Filmar la lectura: filmar lectura en voz alta. No es lo mismo, pero se le parece lo suficiente. A través del registro documental de los encuentros de un grupo de lectura que se reúne a lo largo de años en un café de Tribunales para leer exclusivamente (una y otra vez) En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, El tiempo perdido termina por registrar algo mucho más íntimo y más maravilloso que el simple acto ritual de una lectura compartida: lo que vemos en la pantalla, lo que escuchamos en las palabras de esta gente de a pie, al parecer varios jubilados en busca de alguna actividad social, tiene que ver con la relación privada que uno establece con la lectura. El roce, la chispa que se produce entre el lector y el texto.

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El joven Ahmed

Hay un misterio en el corazón de la última película de los hermanos Dardenne, y ese misterio es precisamente el joven Ahmed. La fe, de manera más o menos explícita, no es un tema ajeno a su cine, pero esta vez lo que encontramos es fanatismo: un giro dogmático y violento que El joven Ahmed presenta pero no explica ni describe. Ese es el misterio: para cuando empieza la película, Ahmed, un adolescente musulmán de familia al parecer completamente integrada a la sociedad liberal/europea en la que vive, ya se encuentra del lado del Islam más extremo. ¿Cómo? Eso pasó antes. ¿Por qué? No lo sabemos y la película no busca explicarlo.

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Mar del Plata 2020 – Diario de festival : El tango del viudo y su espejo deformante, Isabella, Atarrabi et Mikelats

Dado que este año las circunstancias no permitieron que el Festival de Mar del Plata se llevara a cabo como siempre en la ciudad que le da nombre (ni en ningún otro lugar, en realidad), los espectadores nos encontramos liberados, con esa libertad absoluta y horrible que proporciona lo digital, simplemente a nuestros criterios. Ya no hay pasillos donde uno se cruza, charlas en una esquina, encuentros. El espectador, que se pasea por una página de internet, no se chocará con entusiasmos ajenos, reacciones en la platea, recomendaciones fervorosas, ni tan siquiera con el impacto que le causó un póster o con los caprichos que una grilla ajustada, atiborrada, que termina por obligarlo a perderse algunas películas (a preferir otras) e, inversamente, a encontrarse por azar en salas a las que entra, básicamente, porque le quedaba un hueco, porque le quedaba cerca, porque andá a saber. En la edición 2020, uno elige qué ver (si puede hacerlo) solo siguiendo su voluntad. Eso es bastante terrible. Habrá nuevas ediciones y habrá, esperemos, nuevos pasillos, pero mientras, algunas de las impresiones e ideas cosechadas frente a una pantalla solitaria.

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Fireball: Visitors From Darker Worlds

Todo esto está acentuado, por supuesto, por la marca absolutamente personal con la que Herzog construye su cine. Va más allá de la noción de autor, pero es evidente sobre todo en sus trabajos documentales: Herzog explora el mundo y la realidad, pero lo que vemos en la pantalla es, de forma ineludible, su mirada, su manera de ver las cosas. Dicho esto no como un análisis crítico, resultado de una elaboración teórica que interpreta y explica la utilización de ciertos puntos de vista, determinadas construcciones dramáticas, etc. No, un documental de Herzog es exclusivamente un viaje en el que se nos invita a recorrer las obsesiones y asociaciones personales del director, así como también los azares que encontró en su camino.

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Festival Han Cine 2020: Picnic al mediodía & El lector de rostros

Es curioso cómo en un país con una industria cinematográfica fuerte, hay un cierto conocimiento técnico que termina por permear hasta las capas más independientes de su cine. Picnic al mediodía es claramente una película indie. Es más, es una película indie en episodios, formato por demás maravilloso que ha caído completamente en desuso y que hoy no podría explicarse más que por determinadas reglas del juego (independiente) o por lisas y llanas limitaciones de presupuesto, que hacen que tres proyectos chiquitos puedan llegar por lo menos al largo y circular un poco más.En el otro extremo del espectro industrial se encuentra El lector de rostros, de 2013, con el siempre enorme Song Kang-ho. Si algo caracteriza a este drama de época (como a todo buen drama de disfraces, espadas y sombreritos) es la suntuosidad: el presupuesto desborda en cada plano, casi podemos sentir en la punta de los dedos las sedas que flotan en cámara lenta a grupa de caballos preciosos. Había plata y había que mostrarla y había que mostrar, además, la dignidad del reino. Todo es enorme, hecho para que se vea enorme, no en los detalles (como haría el sabio Im Kwon-taek) sino en los planos generales preciosistas.

Undine

Undine

Debería haber sido una operación fría o dura: tomar un antiguo mito germánico y hacer con él una película contemporánea. Si alguien podía hacerlo, es Christian Petzold, tal vez uno de los mejores directores del mundo mundial hoy en actividad. Por otro lado, Petzold ya había practicado operaciones similares antes: tengo entendido que había recurrido a la mitología germánica para Etwas Besseres als den Tod, esa obra maestra, y también algo similar con su película anterior, Transit (una historia de la Segunda Guerra Mundial ambientada en la Marsella de hoy en día), de la cual además repite pareja de protagonistas y química absoluta. En el caso de Undine la cosa es un poco más extrema, porque al recurrir al folklore, lo que terminamos por tener es una especie de drama burgués de sentimientos sazonado con toques sobrenaturales: lo cotidiano como capa permeable por la que actúan fuerzas que no entendemos, que nos gobiernan, que nos arrastran. El melodrama se vuelve cósmico y, a través de las resonancias de lo profundo, los sentimientos tal vez más pedestres (el amor, esa cosa) alcanzan el absoluto, que es en definitiva lo que los hace ser lo que son.

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El mundo entero

El mundo está en los detalles. Las flores de un vitral. Las volutas de un decorado. Las formas del trazado de una plaza. Un rosetón. Una escalera. Cristalería de Bohemia. Souvenirs de una ciudad balnearia. Es ahí donde El mundo entero encuentra su sentido: en las claves, rincones y gestos materiales, concretos, que quedan de lo que fue el plan de construir esa ciudad mastodonte conocida como Piriápolis. La ciudad que lleva el nombre de su fundador. Al rastrear esos pequeños indicios, esas pistas (o más bien ruinas) la película construye, con evidencia material, delicada, puesta minuciosamente frente a la cámara, un relato de los objetos. El relato de un pasado opulento. Un pasado que se disolvió. Esa narración de las cosas que fueron construidas y lo que de ellas sobrevive hasta nuestros días es el gran hallazgo de la película.

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Nomad. In the Footsteps of Bruce Chatwin

Lo curioso de este documental Nomad. In the Footsteps of Bruce Chatwin es que, si bien desde el principio él propone que esta película intentará retratar y seguir los pasos de Chatwin (sin ser una biografía), en realidad es una de las películas en las que vemos retratado al propio Herzog con mayor intimidad. Como pasaba en otro documental en el que Herzog planteaba el retrato de un amigo suyo ya muerto (Mein liebster Feind – Klaus Kinski), al buscar retratar a una persona cuya vida tuvo un impacto profundo en la suya, Herzog queda irremediablemente absorbido.

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The woman who ran

La mujer que corrió? ¿Por qué La mujer que corrió? ¿Corría Kim Minhee en algún momento y me lo perdí? ¿Corrió metafóricamente? ¿La mujer que escapó? ¿Adónde corrió? ¿En el pasado? ¿Corrió recién? ¿El coreano directamente le pone cualquier título a sus películas? ¿Es parte de su encanto? ¿Dirá lo mismo en coreano o en inglés ponen cualquier cosa? ¿Importa el título en una película? ¿Hay una clave escondida? ¿Hay un misterio para resolver? ¿Puedo decir que ese título tan simple, tan concreto y tan inexacto hizo que la película me gustara todavía un poquito más?

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Bad Education

Hay algo que amenaza con ser pantanoso, inestable en Bad Educaction, y aunque al final no termina de hundirse en ese barro, es lo mejor que tiene para ofrecer la película. Ese pantano tiene que ver con el juego de apariencias, con lo simpático, con lo seductor de aquello que se esconde por detrás de la máscara: un tipo que roba y además nos cae bien. En eso es clave la presencia de Hugh Jackman, que está (de forma consciente) un poco más plástico de lo que lo hemos visto hasta ahora: una cara pulida, una sonrisa de publicidad, un encanto siempre al mango. Demasiado al mango. En parte ahí está el problema: se nota demasiado el esfuerzo. No sé cuántas simpatías guardará el lector para el señor Jackman, en lo personal me cae simpático si bien me cuesta encontrarle la fotogenia excepto cuando interpreta papeles más bien polvorientos y gastados (ver la gran Logan). Cuando canta, cuando baila, cuando sonríe y pone modo Broadway y trata de conquistar nuestros corazones, algo falla.

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Tigertail

Tigertail parece compuesta casi exclusivamente por una hilera de los flashbacks más explícitos, claros, simples y sobreexplicados que haya visto en mi desordenada vida cinéfila. Alan Yang casi parece más preocupado por que el espectador entienda (SIN LA MENOR DUDA) que está viendo los fragmentos de pasado que explican este presente que por generar en ese espectador algún sentimiento, inquietud o compromiso. La historia, por otro lado, es bastante simple y tiene unos cuantos huecos argumentales que convendría no explorar porque, después de todo, la vida está llena de huecos. La simplicidad de la historia tampoco sería en principio un problema: lo que cuenta Yang es la vida de este padre emocionalmente trabado, que creció en Taiwán y tuvo que dejar todo atrás para probar suerte en Estados Unidos.

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J’accuse

Caso curioso el de Polanski: si bien su larga filmografía contiene algunas de las mejores películas que uno podría desear ver (sin pensarlo demasiado: El bebé de Rosemary, Chinatown, El escritor fantasma), no se me ocurre pensar en el polaco como un gran director. No hay que esforzarse demasiado para concederle el título de autor y no me preocupa en lo más mínimo que su obra contenga, junto a las obras maestras, otras más bien flojas (esa cosa Un dios salvaje, sin ir muy lejos). En los grumos está la vida. Mi problema con Polanski es otro: maestro de la eficacia (el viejo sabe filmar), nunca termino de encontrar momentos, detalles, rincones en los que el cine explote. Uno podría encontrar ejemplos variopintos pero vamos al punto en cuestión: El oficial y el espía, su reconstrucción del caso Dreufys, esa que ganó el gran premio del jurado en Venecia, la del escándalo, una película que uno podría leer sin demasiado esfuerzo (en tiempos del #metoo) como una suerte de alegato de Polanski en contra de las condenas sin debido proceso y los linchamientos públicos. Más allá de las circunstancias de su estreno y los premios que recibió, uno podía esperar que El oficial y el espía fuera una especie de lamento lastimero en el que el condenado injustamente se lamenta de las multitudes dispuestas a empalarlo, o (tal vez con un poco más de expectativas) que se despachara con una especie de esperpento de incorrección política.

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#GimmeShelter: cine, series, libros y otras cosas para sobrevivir (VII)

Ya no sé ni cuándo empezó todo esto. No puedo contar las semanas. Tampoco duermo demasiado así que los días se me meten unos en otros. Allá, al principio de la cuarentena, cuando todavía tenía algo de voluntad y creía que para sobrevivir al encierro alcanzaba una cierta dosis de espíritu, había tomado la determinación de no escribir un diario de la pandemia. Sin embargo, acá estoy. Algunas semanas alcanzan para aplastarlo todo. Una de las cosas más curiosas del encierro es que descubro que tengo menos tiempo que antes: casi no miro películas, cuando no estoy haciendo trabajo remoto trato de entretener a mi hija que más o menos entiende que la situación está más allá de nuestro control pero igual se aburre. Si de casualidad se produce un claro y me encuentro con algún rato libre en el día (¿semana? ¿fin de semana?), no me quedan muchas fuerzas para nada que sea demasiado productivo. Sí, sé que todos ustedes, los que pululan por las redes sociales, están descubriendo el potencial infinito de la educación online, la panadería amateur, los ejercicios físicos entre muebles y la reflexión al paso. Confieso que a mí no me da el cuero. Empiezo a ver algo y tardo semanas en terminarlo. Hasta escribir se me volvió una especie de tortura.

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Dossier Estudio Ghibli (XVI): El increíble castillo vagabundo

Dentro de toda esta lista, tal vez una de las películas que a priori parecen menos atractivas sea El increíble castillo vagabundo: vino después de Chihiro, la película que le trajo el reconocimiento internacional, el prestigio definitivo, y comparte con esta unos cuantos puntos, desde un diseño parecido de sus viejas hasta una cierta repetición en los personajes y sus funciones (Cabeza de Nabo de El castillo… se parece sospechosamente al Sin Cara de Chihiro), y podríamos seguir. La ambientación steampunk la habíamos visto antes y es posible que Sophie, la protagonista de El castillo…, se encuentre entre las protagonistas menos logradas de Miyazaki: es modestita, su mayor trauma es que no se siente “linda” y su gran búsqueda es poder expresar su amor por el mago rubiecito con aires de ídolo teen pop. Es, por supuesto, una mujer de armas tomar, como todas las de Miyazaki, pero frente a la cotidianeidad entrañable de Satsuki o de Kiki, frente al valor existencial de Chihiro, incluso frente a la sed de aventuras de Sheeta, Sophie se nos aparece un poco demasiado doméstica, preocupada apenas por coser sombreros, limpiar telarañas y armar su casita cómoda donde cuidar de su familia.

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Familia

La manera en la que Edgardo Castro maneja la mentira del cine en Familia es magistral. Parece simple, parece fácil, pero en realidad es astuta. No se trata de una forma de resucitar los viejos tiempos del más cansado Nuevo Cine Argentino, tampoco se trata de recurrir al borramiento, tan moderno, tan de hoy, entre documental y ficción. Por supuesto, Castro protagoniza la película que dirige, en la que retrata a una familia que es interpretada por los miembros de su propia familia en la vida real. Por supuesto, buena parte de la fuerza de la dinámica que adquieren sus momentos más chispeantes (esto, por supuesto, es una forma de decir) viene del peso que la repetición de esos gestos dejó visiblemente marcada en los cuerpos de quienes estuvieron dispuestos a ponerse frente a la cámara. Esto es innegable. Pero la maestría de Castro no estriba en el simple hecho de haber convencido a sus viejos (cansados, desinhibidos) de hacer para nosotros lo que hacen en un día cualquiera (y que probablemente no difiera mucho de lo que hacen todos los padres de por lo menos cierta edad), sino en la forma de registrarlos.

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De repente, el paraiso

Elia Suleiman es un director enorme que, además, filma muy poco (su último largometraje es de hace 10 años). En su caso, además, no se trata de una diferencia de grado (la barrera que separa al artesano más o menos esforzado del genio): Suleiman es un genio pero además es un genio único por la simple razón de que nadie más hace lo que hace Suleiman. Si al casi milagro de que don Suleiman se digne a sacar una nueva película, se suma el hecho de que esta película se estrene en salas comerciales en Argentina, no queda mucho por decir: hay que ir al cine, hay que ver De repente, el paraíso. Todo lo demás que se diga, sobra. Dicho esto, tengo que confesar (casi con vergüenza) que esta tal vez no sea la película que prefiero de Suleiman. Es probable, por otro lado, que casi ninguna otra cosa pueda preferir a The Time That Remains, su película anterior.

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Largo viaje hacia la noche

Venía dispuesto a destrozarla. Había algo que me molestaba (y me molesta) bastante de Long Day’s Journey Into Night y durante largos minutos no podía más que preguntarme qué hago mirando esta cosa tan bonita. La vida es corta para regalarle minutos a un tipo que parece obsesionado por demostrarte cada 15 segundos que es el capo más capo con la cámara, que te la maneja como ninguno, que las piruetas que es capaz de crear no te las hubieras ni imaginado. Qué capo. La belleza en Long Day’s Journey Into Night es frecuente y es pasmosa. Pero, antes que esa belleza, está la preocupación constante del Sr. Gan por dejar bien claro y en primer plano que su destreza es casi inverosímil. Una especie de cruza entre lo peor de Wong Kar-wai y lo peor de Paolo Sorrentino. Un cineasta puede romper barreras y puede experimentar, pero su objetivo siempre es crear algo nuevo. Un vendehúmos, en cambio, sabe manipular todas las herramientas del medio para disponerlas de modo tal que la evidencia de su propia genialidad se imponga por sobre todas las cosas. Bi Gan corre más bien con esta manada.

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Reporte desde Corea del Sur (IV): The Surrogate woman

Al final me ganó el autorismo y terminé por ver otra película dirigida por Im Kwon-taek. En este caso, The Surrogate woman (Sibaji, 1987), una especie de The Handmaid’s Tale ambientada en la dinastía Joseon: el heredero de una familia noble está teniendo problemas para concebir un hijo varón que pueda continuar con la tradición familiar y, a pesar de que todo parecería andar bien entre marido y mujer, la abuela (matriarca del clan) y el tío del joven noble deciden tomar una medida más drástica: no corresponde que una buena familia confuciana introduzca concubinas en su casa, pero lo que hacen muchas familias es traer una mujer sustituta en secreto, para que engendre un heredero sin que nadie se entere. Al hombre en cuestión no lo convence la idea (cree, por ejemplo, que su mujer todavía puede quedar embarazada, aunque llevan diez años de matrimonio), pero termina por imponerse el deber. El tío parte en busca de la mujer adecuada y es así como llega a la “Aldea Vulva”: un pueblito alojado en un valle montañoso que parece una concha, en el cual viven mujeres sustitutas disponibles, junto con sus hijas (que las familias que las contrataron no quisieron porque no eran varones). Es así que descubrimos que lo que al principio parecía un secreto y una vergüenza es, en realidad, una práctica bastante institucionalizada. Como, al parecer, lo era aún en la Corea de la década del ’80, cuando Im decidió filmar este melodrama de época que hablaba de forma bastante explícita de un tema que aún atravesaba (¿y atraviesa?) a su país: la condición de las mujeres.

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Parasite

Nueva lección que nos trajo Parasite: el mejor Bong, me atrevería a decir, es un Bong “de cámara”. Los efectos le pueden garpar, ya demostró que tiene pulso para controlar una superproducción, pero lo más original, lo más perturbador, lo más insidioso del cine de Bong Jong-ho suele venir en empaque pequeño: pocos personajes, tramas familiares, sótanos, perros, menudencias de la vida moderna que se ve percudida por lo más oscuro, lo más bajo, lo más nimio. Ahí está la cosa. Bong lo sabe y por eso en su regreso al prestigio (Cannes mediante) y, sobre todo, al cine, vuelve a ponernos frente a lo terrible que se esconde en un par de casas nomás. O, más precisamente, en el choque entre dos familias.

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