Marcos Rodríguez

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Reporte desde Corea del Sur (IV): The Surrogate woman

Al final me ganó el autorismo y terminé por ver otra película dirigida por Im Kwon-taek. En este caso, The Surrogate woman (Sibaji, 1987), una especie de The Handmaid’s Tale ambientada en la dinastía Joseon: el heredero de una familia noble está teniendo problemas para concebir un hijo varón que pueda continuar con la tradición familiar y, a pesar de que todo parecería andar bien entre marido y mujer, la abuela (matriarca del clan) y el tío del joven noble deciden tomar una medida más drástica: no corresponde que una buena familia confuciana introduzca concubinas en su casa, pero lo que hacen muchas familias es traer una mujer sustituta en secreto, para que engendre un heredero sin que nadie se entere. Al hombre en cuestión no lo convence la idea (cree, por ejemplo, que su mujer todavía puede quedar embarazada, aunque llevan diez años de matrimonio), pero termina por imponerse el deber. El tío parte en busca de la mujer adecuada y es así como llega a la “Aldea Vulva”: un pueblito alojado en un valle montañoso que parece una concha, en el cual viven mujeres sustitutas disponibles, junto con sus hijas (que las familias que las contrataron no quisieron porque no eran varones). Es así que descubrimos que lo que al principio parecía un secreto y una vergüenza es, en realidad, una práctica bastante institucionalizada. Como, al parecer, lo era aún en la Corea de la década del ’80, cuando Im decidió filmar este melodrama de época que hablaba de forma bastante explícita de un tema que aún atravesaba (¿y atraviesa?) a su país: la condición de las mujeres.

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Parasite

Nueva lección que nos trajo Parasite: el mejor Bong, me atrevería a decir, es un Bong “de cámara”. Los efectos le pueden garpar, ya demostró que tiene pulso para controlar una superproducción, pero lo más original, lo más perturbador, lo más insidioso del cine de Bong Jong-ho suele venir en empaque pequeño: pocos personajes, tramas familiares, sótanos, perros, menudencias de la vida moderna que se ve percudida por lo más oscuro, lo más bajo, lo más nimio. Ahí está la cosa. Bong lo sabe y por eso en su regreso al prestigio (Cannes mediante) y, sobre todo, al cine, vuelve a ponernos frente a lo terrible que se esconde en un par de casas nomás. O, más precisamente, en el choque entre dos familias.

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Reporte desde Corea del Sur (III): A Day Off

Dos años después de Early Rain, vuelvo a encontrarme con Sung-il Shin en otra maravilla llamada Hyuil (A Day Off, 1968) y empiezo a sospechar que algo debe haber además de fotogenia detrás de este tipo. No tardo mucho en descubrirlo: Shin fue una estrella enorme. No solo actuó en más de 400 películas (cua-tro-cien-tas), no solo fue el galancete de las películas juveniles de los ’60 en Corea del Sur, de pronto me encuentro con esta frase de Park Chan-wook: “Si en Japón tienen a Toshiro Mifune, en Italia a Marcello Mastroianni, en Estados Unidos a Gregory Peck y en Francia a Alain Delon, nosotros tenemos a Sung-il Shin”. Más allá de la (¿extraña?) inclusión de Gregory Peck en semejante lista, la idea es clara. Empiezo a sospechar que para acceder a una filmografía desconocida probablemente un camino mejor sea a través de sus actores.

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Reporte desde Corea del Sur (II): Obaltan & Seopyonje

Dos de las primeras películas coreanas clásicas (o más o menos) que vi son, al parecer, no solo grandes clásicos sino refinadas reflexiones sobre el sufrimiento, además de obras maestras.
La primera es Obaltan (Aimless Bullet, bala perdida), de 1960 (o ’61, depende de dónde se mire), citada en varios lugares como la mejor película clásica coreana: un retrato crudo y neorrealista de la Corea de postguerra que, de tan crudo, al parecer estuvo prohibida en Corea durante varios años. La segunda se llama Seopyonje, la dirige el gran Im Kwon-taek y, si bien por forma y tema (está ambientada en la década del ’50) podría considerarse clásica, en realidad es del ’93. Un clásico nuevo no es menos clásico, sobre todo si tuvo un éxito inmenso (e improbable).

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Reporte desde Corea del Sur (I): The Early rain

Nuestro querido Marcos Rodriguez no se fue a ningún lado. Y sin embargo viajó. Embarcado en saber algo más sobre el cine coreano se dispuso a bucear en el material restaurado por la Korean Film Archive. Al mismo tiempo algo de lo que vio le recordó a la extraordinaria Parasite, de inminente estreno. Aquí va entonces la primera de varias notas de este reporte por tierras orientales.

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Atlantique

En contra de mi primera impresión, y de lo que me gustó del principio de Atlantique, lo que termina por sostener esta película luctuosa y de superficie sensorial es, curiosamente, su costado genérico. La cosa empieza con el más puro y duro realismo documentaloso y el tema retratado (los jóvenes senegaleses que se suben a una barca y desafían todo para perseguir el sueño de llegar a Europa, con abundantes consecuencias trágicas) podía hacer temer lo peor de la mirada tercermundista, de parte de una directora (Mati Diop) que será de ascendencia senegalesa y sobrina de Djibril Diop Mambety (a quien el último Festival de Mar del Plata le dedicó una retrospectiva), pero después de todo nació en París. Y, sin embargo, no. En rigor, desde un principio se percibe en la película una voluntad que va más allá del realismo seco y riguroso para jugar con la forma, en planos largos, en música hipnótica, en la presencia ancha, amplia y absorbente del mar.

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#PostMarDelPlata2019 – (4): Family Romance, LLC

A esta altura me gustaría poder decir que la nueva película de Werner Herzog, Family Romance LLC, fue una decepción. Pero la realidad es que desde hace un tiempo el cine que viene entregando el viejo maestro alemán se va pareciendo cada vez más a una copia en carbonilla del gran cine que alguna vez nos supo dar. Y no me refiero a películas más o menos flojas o plagiadas de su filmografía anterior, como Into the Inferno y Lo and Behold: Reveries of the Connected World, que decían más o menos lo mismo que ya dijo antes, pero con menos ganas, a pesar de lo cual no dejaban de encontrar uno o dos momentos fulgurantes que, para quienes queremos al viejo, traían el recuerdo de ese temblor que ofrece su mejor cine.

Buenas

Las buenas intenciones

Las buenas intenciones no siempre alcanzan. En cine lo importante es saber construir, esto es: mentir. En algún punto, mentir sobre la mentira o mentir sobre la verdad importa poco. Las buenas intenciones es así de buena porque sabe mirar, porque sabe prestarle tiempo al tiempo muerto, porque reparte su atención y su comprensión sobre todos, porque construye un mundo más que una historia y construye personajes más que un mundo, porque no se rinde ante el pudor o el miedo. Todo eso es mérito de Ana García Blaya. Eso es lo que sostiene Las buenas intenciones.

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El cuidado de los otros

Una de las mejores cosas de este cine, y de El cuidado de los otros, es, por decirlo así, su falta de perspectiva: no solo porque la cámara sigue de cerca a sus protagonistas (sí, los Dardenne) sino porque la narración ocupa básicamente esa misma posición. Vemos poco más que lo que ven ellos, sus limitaciones son las nuestras y las tramas que los envuelven parecen surgir exclusivamente de los elementos limitados (y muchas veces azarosos) que los rodean. No hay arco dramático sino una sucesión de trabas que van apareciendo a cada paso. Empiezan en un punto y terminan en otro, pero uno tiene la sensación de que los cruces que circunstancialmente constituyen una trama no son esencialmente diferentes de lo que pasa en cualquier otro día.

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Sinónimos: Un israelí en París

Me estoy perdiendo de algo. Sé que Nadav Lapid tiene una especie de romance con el público argentino (¿o debería decirlo al revés?) y confieso que no he visto sus películas anteriores, pero debo decir, ante el inminente estreno de Sinónimos: Un israelí en París (¡qué belleza la literalidad de este título de estreno local!) que esta cosa se parece bastante poco al cine. Ojo, lo cita bastante (de Godard a esta parte, pasando por un lindo prontuario de cine arte) y hay bastantes momentos en los que la cámara se muestra enamorada de su protagonista (del cuerpo de su protagonista), desde su pija hasta sus ojeras, en los que uno siente que el plano cobra sentido y que de algo servía pasear la cámara (un poco a las corridas) por ese París gris y mojado que poco puede enamorar a alguien (y que esa es la idea).

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Mar del Plata 2019 – Diario de festival (4)

¡Paren las rotativas! El último (y mejor) descubrimiento del Festival de Mar del Plata son las películas de un judío nacido en Azerbaiyán, devenido yanqui, tan exitoso dentro del sistema de estudios de Hollywood que originó (por lo menos) dos remakes de sus películas dentro del mismo período clásico (obras maestras a su vez) y que, según me dicen, estaba medio perdido en la memoria. Sus películas son difíciles de conseguir. Su nombre aparece en los manuales de historia, con un lugar bien ganado pero sin reverencia. Todo lo que se pueda decir es poco sobre John M. Stahl. Encima, el foco que le dedican en el festival se hace con copias todas en 35 mm… así que ya sabemos adónde van a ir a parar los cinéfilos duros, ratas de cinemateca y celuloide, que año tras año vuelven a cruzarse en la sala del Teatro Colón de Mar del Plata para explorar los focos dedicados a figuras remotas, ignotas y desconcertantes, que en definitiva son lo que se recuerda más y mejor de cada festival.

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Mar del Plata 2019 – Diario de festival (1)

Lo mejor que se puede decir de Le psychodrame es que es interesante. Un Rossellini que nadie vio: la tentación de hacerlo circular es lógica. Al parecer, además, literalmente nadie lo vio: el proyecto para televisión nunca se emitió y se creía perdido. Lo encontramos. Es interesante: uno puede hacer un poco de gimnasia intelectual y decir que Le psychodrame manifiesta el interés temprano de Rossellini por explorar un medio nuevo, como es la televisión, y explotar su potencial masivo desde la abstracción y la educación. Aquello que hizo en sus obras que sí son obras maestras. Interesante para escribirlo en un catálogo. Interesante para decirlo parado frente a una sala llena (llena) de público y señoras ansiosas por descubrir el nuevo Rossellini que nunca nadie vio.

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Parasite

Nueva lección que nos trajo Parasite (y que queda inmediata e irrevocablemente anulada por The Host): el mejor Bong, me atrevería a decir, es un Bong “de cámara”. Los efectos le pueden garpar, ya demostró que tiene pulso para controlar una superproducción, pero lo más original, lo más perturbador, lo más insidioso del cine de Bong Jong-ho suele venir en empaque pequeño: pocos personajes, tramas familiares, sótanos, perros, menudencias de la vida moderna que se ve percudida por lo más oscuro, lo más bajo, lo más nimio.

Dogman

Dogman

Lo que más me llama la atención de Dogman (como había pasado en Gomorra) es el modo en el que Garrone narra el espacio. Los lugares hablan en esta película con un acento fuerte y claro. Casi que el argumento no importa, si no fuera porque la historia, los personajes, sus reacciones, sus posturas y hasta sus narices parecen concebidos para resaltar ese lugar, que se cuenta a través de los hechos que ocurren en él. Garrone busca la fuerza y trabaja de forma consciente y precisa el valor icónico de la imagen cinematográfica.

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Esa mujer

Jia Zhang-ke repite actriz, repite espacios, repite acciones, repite gestos, repite diagnósticos. ¿Qué tanto puede decir uno sobre la transformación descarnada que atravesó China en las últimas décadas? ¿Cuántas encarnaciones de la Madre Patria en la figura de una protagonista silenciosa y sufriente puede construir un director sin caer en el agotamiento?

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Burning

Lo difícil de escribir sobre una película de Lee Chang-dong es encontrar algún lugar desde donde poder decir algo medianamente relevante. Es fácil para un crítico (para cualquier cinéfilo, en realidad) apoltronarse en su conocimiento y sentarse a evaluar qué lugar ocupa la nueva película del director coreano dentro de su filmografía, por ejemplo. Que tal película fue mejor o peor, que esta está más lograda, que repite estos temas o aquellos, como si la carrera de un director fuera una competencia para intentar producir cada vez una película más genial que la anterior.

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Jia Zhang-ke repite actriz, repite espacios, repite acciones, repite gestos, repite diagnósticos. ¿Qué tanto puede decir uno sobre la transformación descarnada que atravesó China en las últimas décadas? ¿Cuántas encarnaciones de la Madre Patria en la figura de una protagonista silenciosa y sufriente puede construir un director sin caer en el agotamiento?

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#PostBafici 2019 – (1): So Long, My Son

Sería difícil describir lo que lloré y lo hermosa y profundamente mal que la pasé mientras miraba So Long, My Son. Sé que desde mi (relativamente) reciente paternidad soy blanco fácil para cualquier historia que involucre el vínculo padres/hijos, pero también resultaba evidente en la función en la que vi la película (la sala más grande del complejo, repleta) que sobre todos sobrevolaba una angustia silenciosa y ajustada, que se confirmó definitivamente en el final con una resonancia prolongada de narices y pañuelos mojados con lágrimas de tristeza/felicidad/nudo-en-la-garganta-imposible-de-disolver.

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Entre la razón y la locura

Uno no podía más que esperar lo peor de una película en la que Sean Penn interpreta a un esquizofrénico de época con mente brillante y corazón noble. Penn no decepciona. Pero Entre la razón y la locura ofrecía también la posibilidad de volver a ver a Mel Gibson en pantalla, ahora en un rol dramático, porque incluso escondido detrás de una barba tupida y de un acento escocés dudoso, Gibson es un animal de cine. Cabía esperar que una fuerza anulara a la otra y que esta película (coescrita por John Boorman, y a la vez primer largometraje del iraní que escribió Apocalypto) llegara a ser interesante. Casi, pero no.

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La guerra silenciosa

Uno puede echar mano de muchas ideas para hablar de La guerra silenciosa (¿silenciosa?) y no dejarían de ser ciertas. Que el cine francés y la realidad social, que el Festival de Cannes y el glamour de la lucha de clases, que el cómodo cine europeo y los resultados lánguidos que genera cuando asoma su mirada a los males del sistema socioeconómico en el que vivimos. Por supuesto. Encima nos encontramos otra vez con Stephane Brize, esa nueva encarnación (lavada) de la conciencia social en el cine francés, que vuelve a filmar con Vincent Lindon para ponerlo en el centro de un conflicto de clases populares francesas oprimidas por la globalización.

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Bafici 2019 – Diario de festival (8)

Lo digo en este momento y con total convicción: toda película debería contener por lo menos una secuencia con música de David Bowie y todo festival de cine debería cerrar con una película coreana. O, dicho de otra forma, todo espectador que precie en algo su salud mental y cinéfila debería intentar cerrar su festival viendo una película coreana. Y no me refiero a ninguna película delicada, sutil y de autor (de esas que Corea del Sur produce tanto y tan pero tan bien) sino a una película genérica, bien diseñada para público masivo, de ser posible con alguna estrella del k-pop o demás galancitos juveniles, y, en el mejor de los casos, con algo de música y baile, aunque esto es facultativo.

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¿Qué hace esa copa ahí? ¿Por qué nos obligan a mirarla? ¿Cuáles fueron los caminos del capricho que llevaron a esa pequeña y recóndita copa a la superficie de una pantalla en el 21 edición del Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente para que la viéramos ahí paradita, esperando la pobre a que alguien se terminara ese fondo? ¿Viene a decir algo? ¿Aporta siquiera una asociación de algo?

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Bafici 2019 – Diario de festival (4)

De entrada la selección de títulos para el día me tenía un poco complicado. Pero bueno, se sabe que en un festival de cine uno no ve tanto lo que quiere como lo que puede. Y a veces no en la mejor combinación. Al aire enrarecido de un festival se sumaba una nueva capa de enrarecimiento: estaba a punto de ver dos (no una, sino dos) películas sobre películas (o sobre directores y críticos, que es más o menos lo mismo). Confieso que las películas sobre películas (incluso si una estaba enmarcada dentro de la sección Derechos Humanos) me predisponen de entrada un poco mal.

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Bafici 2019 – Diario de festival (1)

Distintas circunstancias de la vida (eso que pasa afuera de la sala de cine) me llevaron a disponer de una cantidad muy limitada de horas que entregarle a esta nueva edición del Bafici, la número 21 (entre paréntesis: tan pero tan malos los cortos institucionales; paréntesis dentro del paréntesis: o hacés algo con onda de verdad, o que por lo menos trata de tenerla, o directamente no hagas nada, total ya todos sabemos dónde estamos sentados). Cuestión que me encontré en la inesperada circunstancia (o, por lo menos, inédita para mí) de que en los primeros tres días del festival había visto únicamente tres películas, a razón de una por día. Razonable, dirían algunos.

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La favorita

Un componente no menor de la última película del griego de moda es la sátira. Sátira social en su sentido más clásico y, en este caso, sátira de la sociedad inglesa del siglo XVIII, con sus pelucas, su maquillaje, su refinamiento y su decadencia. No hay que hacer un esfuerzo de interpretación demasiado extenuante: ahí tenemos las sutiles escenas en ralenticon una carrera de patos (y su posterior refuerzo por diálogo) y con un enano en bolas y empelucado, que sirve de blanco humano a los juegos de puntería con fruta madura de la nobleza aburrida. El nombre de Swift se deja caer como al pasar (¡che, pero qué cultos son estos directores europeos!), entretejido en los diálogos afilados que componen La favorita, pero también como clave para el espectador/lector.

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Quién te cantará

No hay caso, che, no me funcionan las películas de Vermut. Entiendo que hay una legión pequeña pero leal de fanáticos legítimos, entiendo que sus películas (vi dos de las tres que hizo, un buen promedio) tienen elementos más que suficientes para atraparme y, sin embargo, no. Me pasó antes, me acaba de pasar con Quién te cantará, esa que cantaban todos en la última edición del Festival de Mar del Plata y que acabo de ver por Netflix. No me vengan con que tendría que haberla visto en pantalla grande. No. A veces hay película y directores que a uno simplemente no le interesan

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Ciclos

La pasión que despliega Ciclos por el registro directo, por el movimiento y por la pasión del ciclismo llega a tal punto que en algunos momentos parece olvidar al que se supone que es su personaje central para derivar por las tangentes que aparecen en su camino: un competidor de su misma edad, un entrenador, el padre de otro competidor amigo, conocidos y compañeros que van apareciendo y que comparten códigos y comportamientos y que la película raras veces se preocupa por definir o explicar

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Barbara

Sin haber visto todas las películas dirigidas por el señor Amalric, me atrevo a decir (creo que sin pifiarla demasiado) que el gran actor devenido director querible es un maestro del cine irregular, grumoso y confuso, que hace películas que se esfuerzan por parecer más de lo que son, pero que están siempre movidas por la pasión y (lo cual sería casi lo mismo) por un amor irrenunciable por sus personajes.

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Las herederas

Hay algo aplomado, casi con un tinte conservador en Las herederas. No porque defienda valores viejos, no porque narre de una forma vieja. La película es estricta heredera del cine más moderno y sin embargo hay algo en el uso de sus formas, en la construcción de los espacios y los personajes, en el modo en el que relata y trabaja el tiempo y genera indicios y construye ese final tan bonito que se aleja irreparablemente de lo que la modernidad tenía de riesgo, de novedad, de salto al vacío. Las herederas narra con las herramientas del cine más nuevo y las usa como una serie de recursos que hoy ya están establecidos y disponibles. Los usa bien. La herencia de Martel ni siquiera molesta demasiado.

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Lazzaro felice

Lazzaro es feliz. Lo dice el título. Su felicidad parece surgir de un vacío. Ausencia de ego. Falta de pretensiones. Falta de capacidad de comprensión. Carencia de amor. Lazzaro es feliz porque porta la santidad consigo. La santidad no se puede soportar: quema al que la toca. Pero Lazzaro es un santo amable, en la medida en que es un santo autocontenido: encarna la Gracia, pero no recuerda un orden trascendente. Lazzaro, más que un enviado de Dios, parece un enviado de la tierra: es tosco, de espaldas anchas, como una mula sonriente siempre dispuesta a dar una mano, incluso a quien está robando. Su presencia despierta dolor pero solo porque el milagro lo ha preservado del paso del tiempo

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