(Sin título)

Por Cecilia Martinez

Entré a la privada de La película infinita porque me llamaban la atención el póster y el nombre, sin saber casi de qué iba. Cuando salí, practiqué este ejercicio de escritura, que una vez hicimos en la Escuela de crítica de El Amante:

-Valiéndose del found footage como recurso poético y simbólico, Listorti teje un entramado de escenas de películas que nunca existieron, retazos del pasado de un cine que no fue, una suerte de patchwork, un trabajo artesanal que propone un recorrido azaroso, con una mirada por momentos silente, por momentos sonora. Imágenes de la Coca Sarli en Nueva York se sobreimprimen sobre fragmentos de El eternauta de Hugo Gil, La neutrónica explotó en Burzaco de Alejandro Agresti, Zama de Nicolás Sarquís, Sistema español de Martín Rejtman, El ocio de Mariano Llinás y Agustín Mendilaharzu. La película es infinita porque puede ser retomada con nuevas piezas, nuevos retazos, como un work in progress constante y sin fin, como un engranaje más de la historia del cine.

-Escenas de películas inconclusas, imágenes cautivadoras y embolantes en no igual medida. Sopor. Aburrimiento. Ganas de irme. Por suerte, Listorti tiene la piedad de hacer que su película dure una hora. A la gente con la que hablo le gusta porque esas películas inconclusas y porque Rosario Bléfari y bla y yo no le encuentro mucho sentido. Entre tanta marea de películas, podría haber visto otra cosa.

El primer párrafo bien podría pertenecer a un texto de catálogo de festival, lleno de frases vindicatorias vacías y semi-poéticas, como esas que se suelen leer en los catálogos. El segundo párrafo pertenece a la verdad, o a mi realidad porque, como dijo El General, la única verdad es la realidad.

Pasemos a otro tema.

Una noche en el medio de la semana, habiéndome perdido ya las dos funciones anteriores, saqué entradas para Blue My Mind en el Gaumont, por recomendación de Leo Gutiérrez.

Como hablamos a la salida de otra película ese mismo día, ya hemos visto muchas, demasiadas coming of age (o “fábulas de iniciación”, como una vez me tradujo Javier Porta Fouz), y todas suelen tener más o menos los mismos elementos y desarrollarse de la misma forma, más si se trata de adolescentes en escuelas: un protagonista inseguro pero inteligente y sensible, en general bulleado por otros más cool pero idiotas, que, a lo largo de la película, descubre a alguien o algo que lo ayuda en el tortuoso proceso de ser adolescente y, al final, termina modificado, con la autoestima más fortalecida y un mayor entendimiento de sí mismo y los otros.

Blue My Mind arranca por ahí pero no navega exactamente por esas aguas (tiene algún punto de contacto con la francesa Raw). Escribo este texto varios días después de haberla visto pero tengo fresca la emoción que me generó toda la película y el final en particular, de una belleza y una potencia tal que me hicieron sumergirme en lágrimas, imposibles de disimular con la luz prendida en la sala gigante del Gaumont. Hubiese querido seguir llorando a mares pero la vergüenza me inundó y tuve que ocultar esa sensación maravillosa. No dudo cuando afirmo que es la mejor película que vi en el Festival, con el mejor final que vi en muchos años.

Ya el título es perfecto, con ese blue que simboliza el azul, por lo marino y por la tristeza, y la idea de volar la cabeza, por lo que atraviesa la protagonista y, por qué no, por lo que nos causa a nosotros.

La historia es la de una chica (Mia) con ciertos temas en su casa (poco diálogo y mala relación con los padres), que llega a un colegio nuevo y quiere pertenecer al grupo de las divinas y copadas. Este grupito de chicas son las típicas lindas, populares, que cogen desde pendejas, chupan, se drogan y tienen familias completamente ausentes. Mia no es como ellas pero un impulso vital la lleva a querer estar con ellas. Las chicas, que al principio parecen ser totalmente banales y hasta malditas, terminan siendo (en especial una) su gran contención, su único sostén en la vida. Mia empieza entonces a atravesar situaciones de auto descubrimiento y despertar sexual, y a enfrentarse a su propio cambio corporal y emocional. Muchos bien sabemos que la adolescencia es ese período en la vida donde todo debería ser lindo, disfrutable y feliz pero es todo lo contrario, una pesadilla hormonal y física, que involucra un constante enfrentamiento con los padres y con el mundo. Mia se pelea con sus padres, coge sin parar, se expone a situaciones ultrajantes, toma y se droga, pero nada parece distraerla del dolor de ser la distinta, de querer encajar y no poder.

Hasta que finalmente acepta el hecho de que siempre va a ser diferente, de que jamás va a encajar y de que su singularidad es lo más bello que tiene, por más que no sea apreciada en este mundo (como ocurre con todo lo realmente bello y distinto). Y ahí viene ese final maravilloso, con Mia abrazada a su amiga, agradeciéndole por haber estado con ella, permitiéndose ser y vivir, libre, como pez en al agua.

Me olvidé de decirlo antes. Uno de los primeros días del festival fui a ver Luz. Trato de ver algunas de Vanguardia y Género porque tengo la idea de que pueden ser interesantes. Nada más lejos en este caso. Nada de vanguardista, nada de genérica. Una bazofia festivalera (estuvo en Berlín también), esas películas cuya inclusión en cualquier festival me resulta un misterio.

Empieza con una secuencia interesante en un bar con una onda retro ochentera clase B, con luces de neón e imagen con mucho grano, pero las actuaciones y los diálogos acartonados enseguida auguran lo peor. Hay una suerte de posesión demoníaca en un baño y, a partir de ahí, nos trasladamos a una comisaría con una taxista que llega lastimada, la Luz del título. Lo que sigue es el anti-cine, escenas estáticas que incluyen un interrogatorio con cabina de intérprete, una hipnosis, un re-enactment de un viaje en taxi, un hombre policía vestido de mujer, un espacio que no se sabe si es un avión o un limbo y un padre nuestro blasfemo recitado en español varias veces, en una pieza teatral y supuestamente alegórica o conceptual o algo así. Un tipo de cine que no me atrae ni me llega ni me conmueve ni me interesa ni nada. Como dice Quintín, huir.

Después me metí en una sobre una chica que corre; siempre me interesaron las películas sobre corredores, tal vez porque es algo que siempre quise hacer y nunca hice o simplemente porque me gusta ver gente corriendo en la pantalla. Se me viene a la cabeza la muy buena The Robber de 2010, sobre un maratonista que robaba bancos y salía corriendo enmascarado.

La protagonista de When She Runs es un poco menos interesante que el robber pero se entrena de manera (casi) incansable e inquebrantable para lograr el sueño de su vida que es correr. Ya el título transmite una cualidad performativa, de movimiento, de avance. Sin embargo, la película de Robert Machoian y Rodrigo Ojeda-Beck es absolutamente estática, quieta, cansina. La puesta de cámara es siempre la misma: cámara fija en plano abierto o medio. Rara vez la cámara se desplaza ligeramente, en los momentos en los que Kirstin (la protagonista) hace cosas que no están relacionadas con el acto de correr (cuando se acerca a pedir la hamburguesa para darse un atracón antes de la carrera y cuando toma los pedidos en su negocio de helados).

Kirstin está obsesionada con ganar una carrera y vive los esfuerzos que tiene que realizar como un verdadero calvario, que es, en definitiva, lo que esos sacrificios son: antinaturales, irritantes, frustrantes, alienantes. La dieta estricta, la irritabilidad extrema producto de la dieta, la imposibilidad de poder disfrutar una reunión donde hay comida, el cansancio, el aislamiento (la parte que la protagonista menos parece sufrir). Todo filmado como un documental observacional, con esa cámara quieta y esos planos mucho más largos de lo esperable, al punto de causar cierta incomodidad o extrañamiento, en especial la escena en la lavandería, cuando Kirstin mete monedas en una máquina de peluches hasta que saca uno (cuatro o cinco veces en tiempo real) o cuando le toma el pedido de helado a unos diez clientes. Un cinéma vérité del mundo del running y un retrato del estado de alienación que puede sufrir una persona bajo condiciones inhumanas de entrenamiento. Buen final con una especie de audio de autoayuda con cita a Emerson sobre la confianza en uno mismo y la importancia de tener pensamientos positivos, tal vez el germen del ya clásico y ahora internacional: “Como te ven, te tratan; si te ven mal, te maltratan; si te ven bien, te contratan”, de nuestra señora de los almuerzos.

Como dije al inicio de esta reseña, me sigue gustando mucho el running pero para verlo en pantalla, nunca para practicarlo, que ya con spinning tres veces por semana tengo más que suficiente calvario y alienación.

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