Anomalías

Por Federico Karstulovich

Un día raro el de mi propio cierre de festival. Ya con algo más de energía, pero en un día raro, de mucho trabajo, logré la tarea imposible de ver tres películas. Pero a diferencia de otros diarios estas no podían ser más distintas entre si, más contrapuestas.
El primer segmento, antes de irme a trabajar, lo ocupó el cine argentino. Vi varios cortometrajes, que me dieron una pauta de la selección pero sobre los cuales no voy a hablar aquí. Pero tenía muchas ganas de ver la ópera prima de Lautaro García Candela, colega crítico, joven, inteligente y con ideas bastante claras sobre el cine argentino (y sobre el cine en general, sospecho, sin conocerlo demasiado).

Te quiero tanto que no sé fue mi segunda experiencia de excursión a la videoteca del festival (que cada tanto se colgaba, pero que por suerte no repitió esta clase de problemas) y, exceptuando algunos pasajes terminó siendo una decepción. Nueva variante de película sobre personajes que recorren la ciudad mientras piensan o sufren o resuelven sus problemas amorosos y de otra índole, la película de LGC es hija de una concepción característica de ciertos modos en los que la FUC estimula a pensar una perspectiva de cine. Atravesada por un un perfil de neta perspectiva nouvelle vague (aquí ronda el espíritu de Rafael Filipelli y de sus herederos, que, además de filmar, forman parte de las cátedras de guión y dirección, lo que supone una perspectiva que toma bastante de los dos ejes de base para la enseñanza cinematográfica de una universidad de cine) la película es una suma de algunas de las constantes estilísticas del nuevo cine argentino de los 90. De hecho la película podría ser confundida, perfectamente, con una de 1998. Esto no quiere decir que esté atrasada, ya que a veces conviene estar a contramano que ser el más contemporáneo de los contemporáneos, pero sí que se mira y reconoce en un programa estético que a esta altura parece cristalizado y sobre el cual no parece cuestionar demasiado. Más allá de las actuaciones que, por momentos, podrían pertenecer al código de comedia de Sábado (Juan Villegas, 2000), pero que nunca terminan de entenderse dentro de ese código, LGC tiene muchas (y mejores) ideas visuales. Fundamentalmente a la hora de encuadrar y trabajar con el fuera de campo. Esas decisiones, que por momentos podría parecer que quedan desarticuladas en la película son, paradójicamente, los momentos de mayor vitalidad.

La segunda de ese día nos llevó corriendo con mi novia al cine para presenciar otro de los grandes momentos de felicidad, de esos que solo Waters puede dar. Hablamos de entrar corriendo al cine para ver Multiple maniacs por primera vez en pantalla grande. Llegamos con el estómago vacío pero con el corazón feliz porque si algo hace el cine de John Waters es llenarte. Ahí estaba Divine nuevamente, ahí estaba la histórica celebración del clan como antídoto contra la familia tradicional, ahí estaba Baltimore, con todos los rasgos de pesadilla que con los años nos enteraríamos (vean la serie The Keepers, que cuenta las cosas que sucedían en Baltimore en 1969). El cine de Waters es una de esas maravillas liberadoras que habilitan la superposición de gente masturbándose, rosarios usados como juguetes sexuales, langostas gigantes de papel masché, adictos irrefrenables y toda una serie de sorpresas sobre las que no vale adelantarles mucho más. Indaguen, busquen las primeras películas de Waters, que son las mas salvajes. Y si pueden véanlas en grupo, que vale muchísimo la experiencia. Salimos corriendo a buscar comida y bebida calientes y no encontramos cafés que nos provean de material rápido. Hasta que damos con una de esas grandes cadenas, en una esquina. Y compramos algo a los apurones, pensando que es nuestra salvación. Craso error. Las consecuencias vendrían luego.

The great Buddha + fue la tercera y última de la jornada pero llegamos con café y brownies, lo que terminó siendo un error garrafal porque tendría consecuencias funestas para ambos (para mi novia, fundamentalmente). Entramos con un café de una reconocida cadena, que era la única que nos daba algo rápido y fuimos corriendo. La película terminó siendo una cosa extrañísima, mezcla del cine de Jia Zhang-ke con John Huston y todo eso metido en la lógica de una suerte de policial en tono deadpan. Personajes melancólicos, perdedores estructurales en medio de un mundo de ascensos socioeconómicos vertiginosos. Detrás de todo eso un crimen y las complicidades. Sumado a eso tensiones de clase irresueltas, como casi toda tensión de clase, y una desazón constante. Es, sin dudas, de lo mejor que vi en el festival. Pero el final nos agarró con un dolor estomacal persistente. Luego, esa misma noche, descubrimos que había sido el café. Tuvimos que faltar al cumpleaños de un amigo porque nos empezó a afectar al punto tal que terminamos en una guardia. Finalmente, pensando que no nos iba a enfermar el festival nos terminó enfermando un brebaje del demonio, proveniente de esas cafeterías que guardan el café vaya uno a saber en qué condiciones. Solo les diré que además de nocivo, es caro. Saquen sus propias conclusiones. El Bafici terminó para nosotros. Pero nosotros no habíamos terminado con el Bafici: la videoteca sigue abierta. Pero el resultado de esa nueva incursión vendrá en mayo…

 

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