Violence Voyager
Japón, 2018, 84′
Dirigida por Ujicha

Una aventura

Por Federico Karstulovich

Durante las vacaciones (que no me tomaba en casi un lustro de trabajo sin descanso) se me ocurrió retomar un libro que en algún momento había empezado pero que largué porque no era el momento adecuado. Conforme avanzaba los capítulos sentía que me iba metiendo de lleno en un infierno embriagador, manejado por un administrador de la información que nunca me dejaba ir. El libro en cuestión es Las aventuras del Profesor Eusebio Filigranati, de Alberto Laiseca. La novela, que en la superficie se presentaba como una suerte de comedia ligera, de a poco me llevaba de las narices hasta el centro mismo de pesadilla, que no tenía nada que envidiarle a otro espanto (en el mejor sentido) literario argentino: Tadeys, de Osvaldo Lamborghini. Y lo que había comenzado como un relato pícaro cargado de sexualidad (adulta y adolescente) en uno de sus capítulos terminaba por convertirse en una orgía de sangre, tortura, mutilaciones y descripciones minuciosas de la criminalidad de un grupo de gangsters cinéfilos especialistas en snuff movies especializados en secuestrar mujeres y vejarlas de todas y cada una de las maneras posibles.

El problema es que eso que podía interpretarse como liso y llano sadismo en la novela adquiría un giro heroico inesperado, lo que hacía, si bien no tolerable el asunto, al menos generaba un lazo de empatía con el protagonista, a la espera de el momento en el que la pesadilla fuera desbaratada. Esa administración de la espera y el infierno, esa sensación de incomodidad a la vez que necesidad de venganza volvió al momento de ver la salvajada de Violence Voyager, que llegó a mi lista de películas para ver como el clásico caso de lucky loser (en los torneos de tenis un lucky loser es un jugador que logra ingresar en la competencia porque otro se dio de baja por motivos de salud o extra deportivos), al caerse la posibilidad de ir a ver una de las partes de La Flor, de Mariano Llinás, que para ese momento del festival era un verdadero must. Llegar a la película de este realizador (que nada tiene que ver con el documentalista Andrei Ujica) no solo fue uno de esos felices azares a los que nos depara el festival sino un ingreso en un territorio desconocido en doble medida: por un lado por la decisión formal de narrar una película mediante la técnica de collage -lo que en cierta medida le da a lo narrado un cariz inocente, casi infantil-, por otro por acceder a este estilo de narraciones que juegan a contar un cuento con un tono naif para terminar jugando con el mayor de los padecimientos. En este punto, el cuento no se aleja demasiado de las fábulas que recomiendan no acercarse a lugares peligrosos. El tema es que la película lo hace con un desparpajo y una capacidad de establecer giros sorpresivos tan grande que nada de esto suena a una fábula infantil, sino más bien a un juego adulto sobre los peligros del mundo cuando se crece de manera acelerada.

Pero el punto más revulsivo de la película no llega sino bien entrados en el mundo. A decir: dos niños deciden desobedecer las ordenes de dos adultos e ingresan en una zona, un parque de diversiones abandonado, para ser concretos, a poco de que la luz de día comience a terminarse. Ese ingreso los hará toparse con un hombre, responsable del parque, que logrará convencerlos para ingresar de lleno en las instalaciones. Pero lo que en un inicio parece ser un simple juego de simulaciones se irá revelando como un lugar en el que unos niños perdidos intentan sobrevivir a una suerte de campo de concentración en el que un científico con algo de Mengele y algo del Dr.Moreau experimenta con cuerpos humanos para convertir a los niños en cuestión en una suerte de seres mitad robot mitad humano. El ingreso a ese mundo desatado es de un nivel de sadismo atroz, que no escatima mutilaciones, ablaciones de genitales y otros espantos que, además, tienen la particularidad de ser realizados sobre cuerpos de niños, lo que hace al asunto todavía más incómodo e insoportable.

Asi y todo, con la capacidad de dar vueltas sobre su propio eje y salir por los laterales, la película logra construir a un héroe a su propia altura, un niño mitad estadounidense mitad japonés, que aprende a desconfiar más de los adultos y confiar más en si mismo. Pero lo hace con un costo altísimo, que nada tiene que envidiarle al final de La piel que habito (Pedro Almodovar, 2012). La venganza final hace lo propio y el acto de justicia arrasa con lo que queda del infierno, al cual ya hemos quedado expuestos sin anestesia. Lo notable es que, en cuestión de minutos la película logra recuperar, salto mediante, algo de su inocencia parcial del inicio, como si su director no se olvidara que los cuentos para niños, al fin y al cabo, no son otra cosa que esta clase de salvajadas, acaso algo más encubiertas, acaso menos visibles, acaso aparentemente más tolerables, pero en el fondo siempre moviéndose en el mismo nivel de atroces posibilidades de interpretación.

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