Estimados lectores:

Decidimos hacer este balance en varias partes. La primera de ellas se concentra en un breve resumen serie por serie de las que consideramos las cinco mejores series televisivas emitidas en 2018. Tal como iniciamos esta tradición el año anterior, les repetimos las consignas: por cada breve pastillita podrán ver que hay un link directo a una nota original y de mayor extensión (siempre que hayamos hecho la cobertura en Perro Blanco, sino encontraran el material que está aquí pero sin ningún link externo de referencia).

Esperamos que lo disfruten.

1.  The Vietnam War 
Prodigio de datos y de organización narrativa, la serie de Ken Burns funciona como una aplanadora, figurative y literalmente hablando: avanza en marcha lenta, pero nunca para. Y a todo lo que se le pone adelante lo pasa por encima, lo destruye con la contundencia de su peso, de su contundente magma de información, que no parece dejar lugar ni resquicio a replicas. En este sentido, hay algo de prepotente. Pero no se prepotencia en el mal sentido, sino en el aspecto de tener la sensación de que estamos ante el document final, el documento definitivo de un período histórico del que se ha escrito mucho y de manera muy rica. El tema es que la serie se toma el trabajo que los trabajos llenos de lugares comunes sobre la divulgación histórica no se toman: evidenciar los grises, las discontinuidades y las continuidades en el ejercicio del poder geopolítico, desarticulando asi cualquier tentative de maniqueísmo o de señalamjento unilateral. Pero frente a la velocidad, frente a la necesidad de postular frases de paso, The Vietnam War no sirve: son mas de 10 horas de inmersión en una escala de responsabilidades que nos escupen a la realidad con más angustia de la que pensábamos: a veces hay tragedias que no pueden evitarse, justamente porque son previsibles y buscadas desde todos los costados. 
Federico Karstulovich

2.  Wild wild country
Hay algo que sobrevuela Wild wild country que no se nombra en ningún momento, salvo por dos alusiones muy tímidas. Algo que dialoga permanentemente con la historia que se narra. Se trata de la llegada de los puritanos a Nueva Inglaterra en 1620. Los puritanos, los pilgrims, su épicaconstituyen en cierto sentido el mito fundacional de EEUU y su llegada a una tierra prometida escapando persecución religiosa opera en Wild wild country como pasado ominoso, como larga sombra. Si el documental se centra en una contienda dividida en seis capítulos (pero con gusto a rounds), si enfrenta a dos grupos disímiles, lo hace para poner, en última instancia, el foco en los cimientos del yo estadounidense. Dicho de otra forma, los enemigos tienden a parecerse entre sí y un enemigo (como un amante) oportuno puede revelar mucho acerca de las propias miserias. Valiéndose de esta operación, Wild wild country sortea con destreza dicotomías fáciles y se permite observar y recordar el carácter arbitrario de la moralidad. 
Victoria Béguet

3.  Luis Miguel, la serie
Estamos ante una serie a la que le interesa muy poco el personaje en tanto persona de éxito y mucho en su historia personal. Antibiopic que busca hecernos pensar que sabemos (o que importa lo que sabemos) sobre el personaje, pero que en realidad no hace mas que preguntarse qué es una persona o si es posible conocer a alguien, en definitiva. Pero LM, LS también es un melodrama familiar (casi a la rumana), con una estructura temporal poco convencional (oscilando entre dos tiempos), con un diseño de producción al servicio de lo dramático (incluída cierta grasitud cool que recuerda a la Miami Vicede Michael Mann). Pero más allá del morbo en torno a la estrella, estamos frente al proceso de creación de una persona, viéndolo crecer, tomar decisiones, equivocarse, buscando diferenciarse de sus padres y, en definitiva, encontrando su propia voz. Todo ese sistema de relaciones arquetípicas nunca deja de estar en la serie, pero los responsables de llevarla adelante tienen el gran tino de no subrrayar nada. LM, LS funciona como un antibiopic porque cuesta armar los paralelismos, si están no son necesariamente iluminadores de aspectos nuevos de la vida pública. Y el conflicto privado es tan grande y tan paralelo a la carrera que, a los pocos minutos, lo que menos importa es que quien está detrás de todo ese intríngulis familiar es el mismísimo Luis Miguel. La tradición del exceso con la que juega LM, LSes la del culebrón familiar en los 80’s/90’s, las últimas décadas de oro del formato telenovela. Y encima en México. Al fin y al cabo, siguiendo a la lógica de Velvet Goldmine (por ende, Citizen Kane) lo que vemos es una superficie sobre una superficie sobre una superficie, pero nunca llegaremos a un fondo específico. Estamos ante un sistema de huecos sin explicación. Todo verdadero biopic redunda en la imposibilidad de dar cuenta de una vida y de todas sus contradicciones. 
Leonardo Gutiérrez, Federico Karstulovich & Hernán Schell

4.  The end of the f***ing world
La experiencia (o la necesidad de ella, para ser más preciso) es un horror al vacío, al dolor de no saber para donde disparar. La experiencia llena. La experiencia es nutritiva y tiene algo de orientativo cuando no hay brújula o cuando no hay horizonte posible. En ese sentido la experiencia es ordenadora. Bueno, sobre esa experiencia como acto ordenador, como acto que permite poner las cosas en perspectiva es donde entiendo que encuentra su lugar más lúcido The End Of The F***ing World. La serie inglesa de ocho capítulos (breves y al hueso, casi sin sobrantes informativos, económica y proteica) se toma los primeros tres para que entremos un poco en ese vacío inicial y luego si podamos dar el salto hacia la experiencia formativa. Mientras que en los casos tradicionales y formativos del imaginario liberal burgués (del tránsito hacia el siglo XIX en un caso y de mediados del XIX en otro) la experiencia es algo manipulable y administrable, la road movie en formato seriado que propone TEOTFW se vincula más directamente con otras tradiciones, que son las de la pérdida, las del extravío. Las tradición Beat (pero sin el tufillo literario) está merodeando ese viaje a ningún lado (aunque en efecto haya un objetivo, que es menos un objetivo real que una excusa para experimentar el viaje).
FK

5.  Evil genius
Un hombre con una dispositivo con una bomba colocado en su cuello debe asaltar un banco. El hombre es un simple repartidor de pizzas. El asunto sale mal y al salir es detenido por oficiales de policía, a los que el asaltante en cuestión entrega una serie de pautas y pedidos por escrito. El hombre sabe que si no cuenta con la libertad por parte de la policía en un plazo menos a X tiempo directamente morirá como consecuencia de la detoncación de la bomba en su cuello. Suena a El juego del miedo?Evil Genius parte de un origen pertubrador, que es el del mal como ejercicio placentero, el del daño como un juego, No demasiado lejos de Funny Games (Michael Haneke, 1997) o a los de Los extraños (Bryan Bertino, 2008), los psicópatas de Evil Geniuspodrían pensarse como la perfecta contracara de buena parte de los asesinos seriales del cine de terror.Una cadena de complicidades detrás de un robo aparentemente fallido parece la punta de un ovillo que, contrario a brindarnos resoluciones no hace más que meternos de lleno en las fauces de ese mal en estado puro que es el goce ante el daño. Bueno, las malas lenguas dicen que este caso, que fue un suceso policial de proporciones y escala televisiva nacional en Estados Unidos, sucedido en 2003, inspiró a la película de James Wan de 2004. Y no necesariamente porque hubiera un genio del mal detrás de todas las acciones, sino porque el encadenamiento de implicados es radical y absolutamente inesperado. 
FK

5.  Cobra Kai
A esta altura ya lo sabemos todos: la nostalgia por los 80 se ha transformado en uno de los negocios más rentables de los últimos años. Lo prueban Stranger ThingsGuardianes de la Galaxia, la última adaptación de It, la película Ready Player One, y varios largometrajes que evocan la estética ochentosa. Este tipo de ejercicio de la nostalgia viene muchas veces con una paradoja incluida: que se trata de películas o series sobre personajes en crecimiento y en plena maduración. Así es como se produce algo raro: productos que, como Stranger Things, nos hablan por un lado de chicos que empiezan a ser adultos mientras se lo bombardea al espectador (o por lo menos al espectador de entre treinta y cuarenta) con un montón de temas musicales y estéticas que le recuerdan a la época de cuando era un nene. En definitiva, la paradoja de hablar del crecimiento pero demandar un retorno a la infancia. Lo que hace Cobra Kai es distinto: su intención no es tanto la de  refugiarnos en el pasado sino hacernos sentir fascinados con personajes cuya única esperanza es ubicarse en el tiempo en el que se encuentran y simplemente mandar al diablo una época a la que quizás sea mejor no volver. Es la idealización absurda de algo a lo que no se podría ni se debería volver lo que termina impidiendo la evolución acá, una nostalgia a la que CKno ve en el fondo más que como una trampa. Quizás, lo que les esté diciendo esta serie de forma muy sutil e inteligente a Daniel, a Johnny, y varios que miramos la serie es que estamos ya grandes para andar añorando cosas de otros tiempos. Y quizás tenga razón. Es que en el fondo, CK es un programa sobre juegos de poder -y no sobre la nostalgia y su operativa-: en la escuela, en el mundo de los negocios, entre clases sociales, y por supuesto en las competencias deportivas. Sin declamación y sin necesidad de llegar a escenas efectistas o un tono excesivamente solemne (de hecho, si hay algo que tiene la serie es humor), CK no deja de observar ver que el bullying es consecuencia de un contexto general en el que es normal aplastar cabezas en cualquier ámbito. 
HS



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