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Tiempo de lectura: 16 minutosBALANCE PERRO BLANCO 2019 – PARTE I: series del año

Varios Autores

Estimados lectores:

Decidimos hacer este balance en varias partes. La primera de ellas se concentra en un breve resumen serie por serie de las que consideramos mejores series televisivas emitidas o subidas a plataformas en 2019. Les recordamos que por cada breve resumen podrán ver que hay un link directo a una nota original y de mayor extensión (siempre que hayamos hecho la cobertura en Perro Blanco, sino encontraran el material que está aquí pero sin ningún link externo de referencia).
Dejamos para el final las listas de cada redactor y las elegidas por los lectores que nos escribieron a [email protected]

Esperamos que lo disfruten.

Diez (10) mejores series emitidas en el año

1. Mindhunter – Segunda temporada
La segunda temporada de Mindhunter se encuentra mucho más cerca de Zodíaco que de cualquiera de las cosas que Fincher hizo antes. En verdad, Fincher es un cineasta de crisis. O al menos uno al que le gusta construir crisis, lo cual lo pone en un lugar inusual, que explica en parte su poder pero también las dificultades que enfrenta para ser totalmente reconocido. En esta segunda temporada Fincher hace lo que True Detective – Temporada 3 no pudo: sostener la incomodidad insoportable de los mejores policiales negros, esos en los que el foco está puesto en las imposibilidades del sistema de justicia para hacer ídem a la vez que en las personas como parte de un engranaje social imprevisible. De manera concreta: Mindhunter parece una serie hecha contra los postulados de sus personajes. Ahí donde la patología podría haberla convertido en una serie sobre lo pericia y lo patológico, lo que vemos es su perfecta inversión: es una serie sobre la desarticulación del pensamiento científico como instrumento para comprender el mundo y sus disonancias. A su vez toda la idea de la serie gira en torno a la imposible idea de normalidad y de como el crimen no necesariamente debe leerse como un salto hacia lo extraordinario y anómalo sino que, en el fondo, no hablamos de otra cosa que de un espacio permeable en el que racionalidades obsesionadas con el control se tocan la punta de los dedos con racionalidades imprevisibles.Pero el dato más elocuente es que, mientras los policías se obsesionan infructuosamente con pequeños datos un asesino (cuyo accionar vemos casi siempre previo a los créditos o en el cierre de los capítulos) otro no hace mas que ganarles las espaldas. No solo es un antipolicial, un police procedural al revés, sino la constatación de que la racionalidad puede estar intacta pero a veces no sirve para lo más mínimo a la hora de comprender los males del mundo. Esa conciencia de desarticular el género sutil y sofisticadamente deja a la serie en otro juego, uno superior al que los policiales chapuceros intentan delinear sin suerte. Federico Karstulovich, Carla Leonardi & Rodrigo Martin Seijas.

2. Chernobyl
Salvando la extremidad de la situación, mientras veía Chernobyl (una serie que quizás vuelva a poner de moda a los viejos thrillers de los 60’s-70s sobre conspiraciones de estado) no podía dejar de pensar en el INDEC. No podía dejar de pensar en la clave que supone la manipulación de estadísticas y datos que deben ser públicos en pos de una narrativa de estado. El ocultamiento, la mentira sistematizada, la sustitución de los datos por una narrativa, por una simulación, nos dice la serie de Craig Mazin, también genera muertos. Y los muertos hablan. Por eso, en alguna medida, la serie tiene un espectro fantasmagórico. Esos fantasmas que provienen de un mundo fenecido, un mundo que terminó hace 33 años (y que volvió a terminar un par de veces más luego) son los fantasmas que hablan. En esta serie el centro duro, la mentira que revela algo mayor está escondida en esa central nuclear. Estamos entonces ante una serie que, amnesia millenial mediante, vuelve a recordarnos qué supo hacer el comunismo durante 72 años? Si, los estados liberales en occidente también mienten. No hace falta hacer el juego Corea del Norte-Corea del sur para entender que estamos hablando sobre los horrores del comunismo.
La mentira de estado no es una tontería, nos dice Chernobyl con algo de escolástica, con algo de manual de educación cívica. Lo curioso es que en tiempos en donde los regímenes autoritarios (y totalitarios en muchos casos) parecen una rémora del pasado, cuando la relación con esos regímenes es vaga y banal, incluso hasta el punto de añorar una abstracción sin historia (no deja de darme miedo la fascinación de las generaciones recientes con ese mundo fenecido, como si el pasado en efecto tuviera las mejores respuestas para el presente: reaccionarismo puro), una serie como esta (que hace 20 años hubiera pasado de largo) termina volviéndose casi imprescindible. Hoy por hoy la alarma ideologética solo se prende ante el neoliberalismo, como eje de todos los males del mundo. Bueno, en contextos de reevaluación positiva de los autoritarismos de antaño, una refrescada a la memoria (o una invitación a googlear, al menos) no solo no viene mal. Es indispensable. Como lo es estar informado. FK

3. True Detective – Temporada 3
Pasaron 5 años y HBO le metió presión al escritor para que repitiera el éxito de 2014 para que realizara una tercera temporada, y quizás repuntar el nivel exigido de un producto que prometía trascender por muchos años. El protagonista absoluto es Wayne Hays -Mahersala Alí- un ex rastreador de Vietnam devenido en sabueso de la policía de un pueblo casi rural. Su compañero, Roland West -Stephen Dorff- también es un veterano de Vietnam, rústico y medio solitario. Entre ambos hay una notable química y ninguno de los dos son corruptos, lo que los diferencia de todos los personajes de las temporadas anteriores. El relato se divide en tres tiempos: 1980, 1990 y hoy en día. La temporada comienza con la desaparición de dos hermanitos de 10 y 7 años respectivamente. Al poco tiempo, se encuentra al niño muerto, con un golpe en la frente y en pose religiosa, rodeado de extrañas muñecas caseras, lo que hace suponer una posible conexión con la red de pedofilia de la primera temporada. Lo importante, al igual que en las temporadas anteriores, no es tanto el quién sino el cómo y el por qué. Si visualmente intenta emular al trabajo hecho por Fukunaga, narrativamente Pizzolatto se juega más por las emociones y los sentimientos. No hay tanta maldad ni oscuridad, salvo por la pereza de los jefes de los protagonistas que solo les interesa cerrar los casos en 1980 y 1990 para sacarse a la prensa de encima. Lo que para muchos debió ser decepcionante de esta temporada es cierta banalización del caso. Alargar tanto, algo tan simple. Pero lo que queda claro, es que al autor nunca le interesa tanto el destino del caso, sino las consecuencias humanas en la mente de los investigadores. Las secuelas físicas, las sentimentales, pero también las paradojas. Cómo la obsesión de un caso puede generar que una persona construya una familia… y también la pierda. Pero quizás lo central aquí sea el amor entre dos hombres, una relación amorosa implícita que es el núcleo real de la historia. Los temores de una imitación a la primera temporada se van disipando cuando se descubre una búsqueda diferente, más asociada a lo sentimental que a lo intelectual. Quizás TDS03 no vaya a lograr trascender, pero al menos, gracias a la buena recepción, garantizará que en un futuro se hable de una cuarta temporada, que ojalá aporte de nuevo esa carga de misterio, que es esta temporada coherentemente no propuso. Rodolfo Weisskirch

4. Muñeca Rusa
A lo largo de esta serie proteica de capítulos breves (hablamos de 8 episodios de no más de 30’, que aprovecha el formato de la comedia y avanza con velocidad cuando necesita y cambia el ritmo cuando lo precisa) hay tentativas de diálogo con diversas influencias : cinéfilas, científicas, filosóficas. Pero a decir verdad pareciera ser lo que menos importa. Porque en el fondo siempre el gesto es humanista y volcado hacia los personajes. Si, hay Jodorowsky, si hay teoría de cuerdas, si, hay multiversalidad. Pero ante todo hay una narrativa que no se olvida de contar un cuento moral tan simple que hasta podría ser una fábula medieval, una de esas que desarrollaban correspondientes exemplums de cómo debían resolverse algunos problemas. En alguna medida, oscilando entre la contemporaneidad acelerada y una soga que conecta con el mundo de las tradiciones narrativas más convencionales, Muñeca Rusa se reconoce orgullosa en el ejercicio de una inteligencia altiva: mezclar cosas, hacer dialogar elementos que normalmente no tenderíamos a poner en el mismo nivel. O si, porque en definitiva su voluntad de inteligencia pop (sin estridencias ni exhibicionismo) no es otra cosa que superponer categorías de distinto tipo para generar una nueva. Pero ojo, la serie no se propone un alcance tan largo. Sus propiedades no son tan grandes como podríamos imaginar. Y quizás eso se deba a que, en el fondo, todo ejercicio de inteligencia (y de pop) tenga tanta carga de ideas como de narcisismo. Ese, en todo caso, parece ser uno de los problemas de esta serie oscilante: tiene personajes a los que quiere, si. Pero conserva su otro pie en la necesidad del comentario sagaz, en el punto de la referencia sofisticada. Como si en el fondo precisara demostrarle algo a alguien. FK

5. The devil next door
Terminada la segunda guerra mundial un joven ucraniano logra emigrar a EE.UU. en condiciones que desconocemos. Instalado en su nuevo país y nacionalizado adopta un nuevo nombre pero mantiene su apellido. Casi cuarenta años después de haber migrado, trabajado como operario automotriz y ya siendo jubilado, John Demjanjuk es citado en 1983 por la justicia israelí acusado de haber cometido crímenes de lesa humanidad como partícipe necesario de la organización interna en un campo de concentración en Sobibor, en Polonia. Acusado de haber participado de la muerte de casi 28 mil personas, su juicio se convierte en el último gran juicio contra criminales de guerra responsables de crímenes de lesa humanidad durante la existencia del régimen nazi. El problema es que no podemos definir con precisión si es quien los acusadores dicen quien es o no. Es apenas el inicio de una pesadilla para todos: el hombre de 60 y tantos años fue un criminal o está siendo confundido con otra persona con paradero desconocido?  The Devil Next Door ingresa en un terreno en el que Netflix suele hacerse fuerte (me atrevería a decir: quizás sea su único fuerte, de las pocas cosas que hacen bien), que es el de los docu-series centrados en casos reales, que giran en torno a acusaciones, procesos judiciales varios y sus pormenores. El tema es que en The Devil Next Door nos enfrentamos a la novedad de estar frente a un caso que no se cerró hacia una u otra dirección ni está impune ni está en desarrollo. Sencillamente es un caso que quedó en un limbo, en un hueco jurídico, pero también en un hueco ético. Esto se debe a que la misma serie hace todo lo posible porque los indicios que la pueblan nos lleven a diferentes direcciones y posibilidades sin definición clara. En esta serie todos tienen algo de razón pero también la pifian. Todos alegan datos posibles pero al mismo tiempo contrastables. Como si en efecto los datos fácticos no fueran capaces de aportar nada, la verdad nunca emerge. En todo caso la serie elige que el problema a tratar sea el factor político de la pretensión de verdad que exhiben los personajes. Y el gran drama de las sociedades que buscan paz, memoria y cumplimiento de la ley es que nada se puede hacer con esa clase de hiatos, de pausas, de intersticios sin resolución. En ese limbo vital y destructivo quedamos nosotros como espectadores, horrorizados por el verdadero terror: el del proceso infinito. FK

6. El método Kominsky – Segunda temporada
Se me ocurre que muy pocas sitcoms, como Seinfeld, son verdaderamente capaces de resistir nuestra mirada y nuestros oídos. Y quizás se debe a que son verdaderas obras de ingeniería narrativa pero que en ningún momento nos permiten entrever los hilos del artificio, porque avanzan a una velocidad endiablada y se ramifican por caminos imprevisibles. Muy por el contrario, las sitcoms de Chuck Lorre son pura previsibilidad. Quizás por todo lo anterior la irrupción de The Kominsky method (sobre la que hablamos aquí) haya causado un nada pequeño revuelo. Porque en ella hay, sin llegar a las cimas de la melancolía de LouieBojack Horseman y algunas otras de los 2010 para acá, un ánimo de desarmar el sistema de las viejas sitcom (y agregarles un plus de humanidad que es dificil encontrar en personajes tan parlanchines) y llevarlas a un terreno en el que lo que habitualmente llamamos comedia clásica tienda a extinguirse. Como si perteneciera a otra época ya irrecuperable. Bueno, esa sensación, que estaba presente en la temporada uno, se acrecienta en la temporada dos, que es ganada por subtramas nuevas, pero también es ganada por un espíritu que en efecto si retoma al espíritu de la comedia clásica: la idea que detrás del mundo de las palabras se esconde en realidad un gigantesco miedo a la conexión con los otros.
En esa idea, que permite entrever que los personajes que parecen enteros no están mas que lastimados, hechos pelota, entregados a vidas con las que no aparentar estar muy convencidos, es en donde la serie, en esta segunda temporada, asienta un pie en dos mundos distintos. Por un lado el mundo de las dramedies, en las que el eje está puesto en la amargura y la sensación agridulce al final de cada capítulo antes que estar estructuradas detrás de un sistema implacable de gags. A su vez con el otro pie puesto en la necesidad de reconocer a personajes con un corte clásico lo suficientemente elocuentes como para no poder parar de hablar, buscando, en alguna medida, el remate detrás de cada frase. En esa tensión es el mismo Lorre el que parece decirnos que algo de la vieja comedia con la que se crió (y a la que aportó productos de dudosa calidad) ya no puede seguir funcionando. En esa capacidad de reencuentro es en donde la serie logra la perfecta combinación que mencionábamos previamente, la perfecta combinación entre comedia y tragedia melancólica, que permite que entendamos que nada de lo que los personajes dicen puede ser tomado demasiado en serio pero que tampoco nada de las cosas graves que suceden pueden ser tomadas con demasiada solemnidad. FK

7. Stranger Things 3
En relación a la primera y a la segunda, la tercera temporada de Stranger Things era era un peligro: se iba a volver al estilo elusivo de la primera? Se iba a apelar a seguir profundizando el sistema retro de la segunda? Por suerte no fue exactamente ni una cosa ni la otra. Por el contrario, en esta tercer temporada parece haber optado por una autoconciencia bastante más juguetona y berreta. Y por eso toda la solemnidad que podía haber en la primera y toda la operación populista-retro de la segunda se da vuelta como una media. Como si en alguna medida frente a el 80sxplotation canónico ofreciera su contracara más barata: la paranoia anticomunista del Milius de Red Dawn, las películas de Chuck Norris como Invasión USA, pero también una suerte de reversión de La invasión de los ladrones de cuerpos. Y encima El dia de los muertos (George Romero, 1985). Suena a Golam-Globus? Si. Por eso hay algo de antídoto contra la sensiblería para cuarentones y la nostalgia vacía. Con eso alcanza para que sea una gran temporada? No, pero es un buen punto de partida. ST3 está pensando desde el aparato de juegos de un niño: vamos a jugar a las películas de espías y extraterrestres a la vez y todo mezclado con las películas de aventuras de niños, con su característico coming of age. Se puede ser retro con materiales berretas y con publicidad? Si se puede, pero dando vuelta el costado explotation y activando el costado circense. La serie apunta principalmente a un público geek. Al público consumidor del cómic con. Aqui no hay personajes, sino maquetas conscientes de sí, funciones narrativas. Todos, de uno u otro modo se convierten en tropos: el sidekick, los amigos, el escéptico rudo, el ex-bully que descubre su sensibilidad. Cada temporada, de hecho, mostró un tono bien distinto. Pero la tercer temporada funciona como antídoto contra la nostalgia vacía de la segunda. Ya han explorado a Spielberg y King en la primera, la segunda tuvo de Hill, Carpenter y Reitman. Esta fue Golam Globus. En la cuarta, el cierre debería ser 1988/89. Que tenemos ahí? Duro de matar y Depredador (algo ya se vio está temporada) Batman (aún no hubo nada) y el cierre de sagas como Mad MaxIndiana Jones y Volver al futuro. Peliculas que miraban al pasado para construir futuro. La cineflia, en vez de ser un factor limitante, potenció la creatividad. FK & RW

8. The Mandalorian
Con puntos altisimos cuando confía en personajes y acciones. Con puntos muy bajos cuando depende de las verbalizaciones de turno que todo lo confunden, The Mandalorian es irregular. Pero atrapa a la vez. Y si bien es cierto que los primeros dos y los últimos dos capítulos son los que se acercan a un espíritu más clásico, en el medio tiende a estandarizar los lugares comunes del universo expandido de Star Wars. Y eso es un problema a la larga porque se preocupa demasiado por construir marketing antes que por desarrollar personajes debidamente. Referencias múltiples por vía de la mitología cinéfila y literaria (desde la saga del Rey Arturo hasta mitología celta, japonesa, india, vikinga: Sincretismo expandido) de por medio, lo mejor de la serie debe buscarse en el rincón de cierta nostalgia estética, ligado a una memoria generacional. Una suerte de vuelta al origen más fácil, más básica y por eso quizá más productiva.The Mandalorian se desarrolla en un escenario de frontera, de limbo en donde y desde donde los poderes del Imperio y la República buscan rearmar su influencia, que es una zona narrativamente más fértil y rica que la gran lucha rojo/azul de la fuerza que en la última trilogía viene con gusto a repetido. Recuperar los grises es uno de los logros de TM. Como contraparte, Baby Yoda personifica la ideología populista de la serie, su visión esperanzadora de un humanismo que se esconde en la decadencia industrial de no arriesgar demasiado para no ofender a nadie. Disney, afectado por su complejo de culpa, busca expiarla por vía de un multiculturalismo de manual. Por eso lo mejor llega cuando menos información hay y más confianza en la imagen y sus acciones tenemos. Asi las cosas, este pastiche posmoderno define perfectamente al horizonte de la serie: ser un producto para todos, pero al mismo tiempo para nadie en particular. Federico Karstulovich, Sergio Monsalve, Ariel Esteban Ramos y Rodolfo Weisskirch

9. After Life
Si de incorrección política se trata, lo de After life es, en buena medida, una confirmación de la vocación constante de Gervais por romper todo, pero a la vez de construir desde los escombros que quedaron luego de la destrucción. En sí, el planteo inicial es toda una declaración de principios: “es como tener un súper poder”, dice en un momento Tony (el mismo Gervais), quien luego de perder a su esposa ha pasado de ser un tipo indudablemente amable y amigable a un cínico absoluto, que despliega crecientes dosis de maldad contra todo y todos los que lo rodean. Ese súper poder del que habla Tony es la impunidad, el tener vía libre para decir y hacer lo que sea, porque claro, ha afrontado una pérdida. Porque si hay algo que odia Gervais es la corrección política, esa necesidad de hacer rodeos o buscar atajos para no afrontar instancias de desacuerdo, descontento o, directamente, cosas que están pasando, que están a la vista pero no se quieren ver. Teniendo en cuenta esto, After life–que funciona como una miniserie corta, de apenas seis episodios de media hora, o una película larga de tres horas- es una historia de aprendizaje sobre los perjuicios de esa corrección política y la necesidad de salir de ella para terminar con el estatismo que implica.  Si los primeros cuatro capítulos de After lifeson notables, a partir de cómo incorpora dosis equilibradas de drama y comedia, los dos últimos episodios bajan un poco de nivel, ya que adquieren un tono algo edificante, donde el humor pierde algo de fuerza. Pero no dejan de formar parte de una apuesta conjunta, de esa reconstrucción que viene después de la demolición de las estructuras. “Por favor, sé feliz. Me encanta cómo amás a tu esposa y no puedo esperar a que alguien me ame de la forma en la que amás a tu esposa, pero todavía podés ser feliz”, le dice una compañera a Tony, y ahí también podemos ver toda una declaración de principios por parte de Gervais: la tragedia, el dolor y la tristeza no pueden ser eternos, y no hay mayor acto político (y humano) que la búsqueda de la felicidad. RMS

10. The State of the union
El duo Stephen Frears & Nick Hornby (director y guionista) comparte una característica que es muy difícil de encontrar en el cine y la televisión contemporáneos: hacen que lo dificil se vea fácil, que lo sofisticado parezca simple y que lo incómodo de la experiencia humana tenga una representación aparentemente convencional. Hay, en las capacidades de ambos, una característica común, que es la economía. Menos es más. Keep it simple podría ser el lema que los convoque. Por eso la reunión de ambos en este proyecto extraño que es State of the union tiene precisamente todas las características anteriores mencionadas. Pero a esto se le suma una característica extra: la economía del formato. Apenas 10 capítulos…pero de 10′ de duración cada uno, motivo que permite pensar a la serie como una película de menos de dos horas fraccionada en 10 segmentos. Esa economía es, en efecto, la mayor responsable de que lo que se dice, el modo en el que se lo dice y quienes lo dicen sean creíbles, empáticos, humanos. Económica en su estructura narrativa, SOTU usa todo lo que tiene a la mano: elipsis convenientes que dejan fuera de campo una enorme cantidad de información, un uso elegante de la vestimenta de los personajes como estado de ánimo, explotación del espacio y los objetos que lo pueblan, explotación de los tamaños de plano para dar cuenta del estado de la unión marital, al mismo tiempo multiplicación de variantes a la hora de mostrar casi siempre una misma serie de acciones pero con las variaciones necesarias que nos permitan entender el cambio de estado de una pareja en crisis. Precisión absoluta y milimétrica. Por eso la serie es un un complejo sistema narrativo en el que las formas incluso más minúsculas aportan información sobre los personajes y su evolución dramática. Por eso también parte de la simpleza de lo que narra esta serie que se escapa entre los dedos también tiene que ver con una idea económica: cuando los personajes parecen comenzar a darse cuenta que en una pareja el entendimiento también implica apelar a un principio de paz y entendimiento (el keep it simple convertido en un mantra: no te enrosques, no le busques las vueltas, son relaciones humanas en las que lo que vale es el entendimiento y el crecer juntos y no la necesidad de tener razón sino de acompañarse mutuamente a la vez que respetar el tiempo y crecimiento del otro). Pero su estructura narrativa repetitiva, obsesionada con los lugares, las acciones y los objetos, determina una idea que no deja de tener un viso de perturbación: una pareja puede ser también un eterno loop en donde vivir. El punto es cómo transitarlo de la mejor forma posible, para que eso que puede estar cargado de repetición (como los capítulos) también pueda estar cargado de diferencia. FK

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