Con la llegada del mes de enero acostumbramos a llevar adelante la titánica tarea de resumir en 100 textos lo que más nos interesó del año. Para bien y para mal. Pero también dejamos tiempo para que los redactores cuenten un poco cómo fue su año cinmatográfico y televisivo. Ver mucho o poco es lo que menos importa. En estos balances personales lo que importa es el encuentro entre redactor y lectores. Pasen y lean la primera parte.


El año que vivimos en peligro

Por Sergio Monsalve

El acceso fue uno de los temas del año, reconfigurando los criterios de consumo de contenidos a través de las plataformas de streaming. 

En general sigue teniendo lugar una guerra de pantallas en función de tres modelos, al menos: el tradicional del theatrical, el disruptivo de los canales emergentes de pago digital, y por último, el sistema mixto de los festivales, dependiendo de cada estado, geografía y época. 

Las salas albergaron el dilema de la concentración, alrededor de un puñado de franquicias, secuelas y eventos mutantes que apelan a criterios conservadores de producción, exhibición y distribución en la mayoría de los casos. 

Ahí se apunta el cierre de Avengers como el resumen del paradigma súper heroico,  que busca una conclusión espectacular y global como fin de un ciclo iniciado una década atrás. Endgame propone el desenlace de un juego de Hollywood, para el que el único reemplazo parecer ser la eterna complacencia de la nostalgia, la recuperación de la pureza de la aventura para generar esperanza y felicidad en una audiencia que teme la fractura geopolítica de su espacio común. 

Los musicales funcionaron del mismo modo en la consagración del Oscar que comenzó con Bohemian Rahpsody y terminó en Rocketman, por los momentos, basándose en el montaje de biopics seguros y estables que nadie quiere perderse. 

Entre los fenómenos más curiosos de la taquilla tradicional, podemos destacar el de cintas de nicho que exploran géneros específicos, vendiéndose como experiencias inmersivas en IMAX. 

UsBattle angel y Free Solo son apenas tres de incontables largometrajes que seducen a los espectadores en los locales acondicionados para admirar el gigantismo de los formatos apaisados y panorámicos, justificando el pago de hasta 16 dólares el boleto. 

Los parques temáticos, las demoliciones controladas y los reclamos publicitarios sostienen el viejo negocio de las salas oscuras, con excepciones a la regla en cada país, donde se pueden permitir ofertas más o menos estandarizadas. 

Mi año arrancó en Bogotá, siguió en Miami, pasó por París y Lisboa, antes de regresar a Caracas, y las carteleras eran coincidentes en la comunicación limitada de un menú compacto que lanza un cebo, una carnada, un platillo popular por semana. 

En apariencia, el streaming aporta diversidad y cantidad a la mesa del comensal, pagando una módica suma por suscripción. Sin embargo, la queja extendida es que Netflix ya no es suficiente, con su parrilla de escasos documentales y estrenos a la carta por mes, aunando al hándicap de la pérdida de credibilidad de su programación. 

El IrlandésMi Nombre es Dolemite e Historia de un Matrimonio han venido a salvar la reputación de un año pésimo para las películas originales de Netflix. 

La llegada de Disney Plus, con la famosa Mandalorian, ha agregado emoción a la batalla que libran los multimedios por captar y atrapar nuestra atención en su algoritmo distópico como de capítulo de Black Mirror

Los Festivales lograron mantener su vigencia, siendo todavía considerados y valorados en su estrategia de filtrar una masa inabarcable de películas de todo el mundo. 

Discuten los colegas el veredicto de Lucrecia Martel al conceder el león de Oro a Joker, un filme que no necesitaba del impulso extra que concede una vitrina de un certamen clase A. 

La pregunta sería al contrario: ¿será que los Festivales cifran su futuro en la coronación de los Parasite que luego refrendarán los consensos del Oscar?

Por lo visto, hay un mecanismo, nada secreto, que se activa en Sundace, continúa en Cannes y Toronto, se reafirma en Telluride y Venecia, para acabar en una nominación de la academia o en Netflix. 

La paradoja es que estamos más conectados que nunca, más cercanos, pero igual de separados y condenados a una visibilidad restringida por una infraestructura de poder que dominamos solo en apariencia. 

El 2020 se antoja como una fecha crucial para la definición de un esquema más horizontal, diverso y realmente interactivo.  

Mejor que seamos nosotros que lo estimulemos y no un estado que se aprovecha del asunto para perpetuar el deja vu.

600 horas y 300 películas

Por Ignacio Balbuena

Que paja los balances. Este año no creo tener la motivación para agarrar la lista de todo lo que vi en el año y comentar los highlights. Menos todavía creo que va a ser interesante para el eventual lector de este texto. Mis consumos cinematográficos siguen siendo más o menos los mismos: cine mainstream americano, superhéroes, películas de acción, terror, comedias a lo Apatow o de secundaria. Hubo varios exponentes de todos estos géneros este año: Desde la ‘‘epic of epic epicness’’ de Avengers: Endgame (aunque quizás LA película de superhéroes del año fue Into The Spider-Verse) a La noche de las Nerds, pasando por los cocodrilos de Alexandre Aja y la gran comedia romántica que es Ni en Tus Sueños. Por supuesto también me encantaron El Irlandés y Había una vez en Hollywood, no soy un alien, pero quizás sean las películas más comentadas del año, tanto al momento de su estreno como en presencia de listas y balances, así que no vale la pena extenderme sobre ellas. Sí diré que quizás la de Tarantino sea mi película favorita del 2019. Dos horas cuarenta que me hubiera gustado que fueran 20. No hay cliché más pedorro en el periodismo de cine que decir que el cine hay que verlo en el cine, pero Once Upon…lo justifica. Realmente es una película enorme y bellísima. Sí, es otra película de mid-life crisis de un director straight, white, male. Pero si esto es el enemigo, como diría Kent Brockman ‘’me quedo con mi auto viejo’’. 

Y así como tuvimos los regresos de estos grandes autores al cine (o la tele y los celulares para el pobre Marty), este año también tuvimos muchas otras discusiones, esas controversias -muchas veces re-pedorras-, que sólo le interesan al que sigue la escena de Film Twitter™ argentina. Que es algo así como El Club de la Pelea pero en versión nerd: si hace falta que te expliquen lo que es, quizás ni haga falta porque no te va a interesar. Y viene así desde hace años, pero quizás este año La Conversación en la blogosfera fue particularmente extenuante, con las películas de terror boutique que llegaron a las salas (igual, buenísima Midsommar, gatos), Scorsese despotricando contra Marvel, Todd Philips haciéndose el prestigioso, JJ Abrams arruinando Star Wars (y de paso las infancias de un montón de barbudos cuarentones) y ahora con coreanos parásitos saliendo hasta en la sopa. Dentro de esta serie de conversaciones, se dio una en paralelo que me cautivó al punto tal de dedicarle un tiempo enorme (que me sacó tiempo de ver más películas, claro). Hablo de Hideo Kojima y su nuevo gran opus, Death Stranding. Quién? No un director de cine, sino un diseñador de videojuegos. Este año me llegó un mail de Sony diciendo que jugué 600 horas de videojuegos, tiempo que podría haber invertido en ver 300 películas, pero bueno, uno se divide entre hobbies y pasiones como puede. Lo de Kojima sin embargo, es extremadamente interesante, y es un tipo que viene blureando la linea divisoria entre cine y juegos desde hace rato. Quizás es uno de los pocos que podemos llamar ‘autores’ en ese campo (pongo comillas porque lo de explicar todo con autorismo es medio paja también, pero bueno…).

David Ehrlich escribió para Indiewire que Death Stranding es nada menos que la mejor película-videojuego jamás realizada, si quieren investigar un poco sobre este tema. La cuestión es que este juego que contaba con la presencia de Mads Mikkelsen, Norman Reedus, Léa Seydoux, Margaret Qualley, Guillermo del Toro, Nicolas Winding Refn, parecía no tener nada que envidiarle a muchas mega producciones del cine gringo en cuanto a dinero invertido, y nada que envidiarle a David Lynch en cuanto a confusión narrativo-conceptual, con lo cual me gatillé como 4 lucas y me compré el bendito juego. Tuve que justificar la inversión, y 54 horas después, entró al balance del año. Eh, el cahiers du cinema dijo que Twin Peaks, una serie de tv, era la mejor película de la década asi que no se la agarren conmigo. Si me apuran yo diría que las dos temporadas de Fleabag son lo mejor de la década. No películas, si no de cosas producidas por la humanidad al lado de la discografía de los Beach Boys y las hamburguesas con queso. Y hablando de series, reivindico la tercera temporada de Stranger Things, que me quedó como un highlight del año junto a la bellísima Undone, una serie de Amazon del creador de Bojack Horseman que todo el mundo debería. Actúa la piba de Battle Angel y la animación es rotoscopía lisérgica, no se la pierdan. También ando con ganas de volver a ver Godzilla, que no la veo en ninguna lista y tiene unas piñas entre bichos de proporciones biblícas, y rescato muchísimo la indie japonesa One Cut of The Dead. Es de este año? Salió en 2016 o 2017 en festivales, después tuvo estreno comercial en japón, se filtró en amazon, después se estreno en shudder este año. Acá salió como arbitrariedad pero yo pensé posta que era un no-estreno. En fin, peliculón, veánla. Vean también Ad Astra y Ford V Ferrari, que las películas de hombres profesionales con daddy issues están en retirada conceptual en función de la diversidad de cuerpas pero cuando están bien filmadas como esas dan gusto y no me extiendo más porque ya me pasé de los caracteres y terminé haciendo la reflexión que no quería hacer. 

Ah! Ya que estamos en la de recomendar cosas-que-no-son-películas-pero-si audiovisuales-y-copadas, este videoclip de los Chemical Brothers sobre un perro que va al espacio es extraordinario. Buen momento para repasar el autorismo de videoclips de los late 90s ahora que Spike Jonze está por sacar un documental de los Beastie Boys. No digan que no les avisé.

Ah (2)! Joker es una porquería 🙂 

2019: el año del elefante

Por Ariel Esteban Ramos

A los cuarenta y pico, me siento un tanto cansado de aprender. Si decimos no tan en broma que los niños aprenden por ósmosis, es porque notamos que este pellejo gastado de a poco se vuelve impermeable a lo nuevo. Con los años, además, caen algunos permitidos: si estaba bien citar el principito a los 15 años como si se hubiera escrito ayer, a esta edad venerable el fantasma de escribir lo obvio nos quita el sueño, que ya es poco y malo. 

A principios de 2019 empecé a escribir sobre cine para este sitio perruno e inquieto, y a participar en reuniones de redacción que me cuesta seguir, superpobladas de alusiones a miles de películas que no vi, a directores cuyos nombres me cuesta recordar y chismes de un ambiente en donde, como en todos lados, se cuecen habas venenosas de las buenas. Perro músico y bibliófilo en cancha de bochas. Una imagen: flota a través de la pantalla un elefante fosforescente gritándome en la cara su prosapia y sus influencias, pero no lo veo. Para mí es invisible.

Pero me digo también que esto le pasa a todo el mundo. Que nadie maneja la biblioteca universal de las referencias salvo, aparentemente, la inteligencia en colmena del resto de la redacción. ¿Qué sentido tiene escribir desde esta condición paupérrima? ¿Desde dónde aferrarse a estos zeppelin luminosos que no vemos? Para hacerla muy corta, me propuse dos recetas penosamente elementales: hablar conmigo mismo (prefiero escribir, para que los vecinos no comenten con razón que estoy raro), o hablar con otros (o leerlos, que no es lo mismo pero es igual). El cine, como la literatura o como cualquier otro arte, es una máquina poética de comunicación: produce mensajes a la vez que nos reenvía a otros mensajes. Entrar en esa telaraña, ya sea por la puerta de la loable y trasnochada opinología de pizzería, la escritura (en mi querido diario o pública) o la lectura (de esta revista o de volúmenes menos breves), es la única manera de (por ejemplo) ver 2500 años de reflexión filosófica en una frase de Forky.

Pero ahí viene la pregunta del millón, que puede formularse de tantas formas: ¿De qué le sirve a uno ver a Leibniz, Parménides o Heidegger en la frase de un tenedor de plástico que de todas maneras se entiende porque en el fondo siempre hablamos de la experiencia humana? ¿Para qué? Solamente puedo ofrecerles las dos respuestas que me sirven hoy: 1) la menos importante: porque está todo ahí, y sin una mínima vocación de profundidad se pierde la tercera dimensión del paquidermo volador que alguien se tomó el trabajo de diseñar, pero sobre todo porque 2) se vuelve cada vez más difícil emocionarse y/o pensar sin algún bombardeo frecuente de gestos pequeños, condensados que nos salvan del sinsentido, la insignificancia y la seriedad. Logrados o fallidos, arte con H o apenas buenas intenciones, ya casi son los únicos que atraviesan esta piel gruesa de los elefantes que nos volvemos.

Es el público, estúpido

Por Rodrigo Martín Seijas

El 2019 fue, es cierto, un año pésimo para el cine argentino: no solo llevó menos de 4 millones de espectadores y su participación dentro del total de recaudación se redujo a menos del 8%, sino que encima solo cuatro películas lograron atraer más de cien mil personas. Ahora bien, ¿podría haber sido mejor? 

Lo cierto es que si analizamos lo cosechado por los cuatro films arriba de los cien mil tickets, casi todos rindieron en línea con lo esperado y hasta un poco más: ¿Los casi 1.800.000 de La odisea de los giles no son acaso sumamente óptimos? ¿Los más de medio millón de El cuento de las comadrejas no son más que lógicos, teniendo en cuenta que es una película que le habla al público por encima de los cincuenta años? ¿Podía esperar algo más de 300 mil un film de premisa concisa como 4×4? Quizás los algo más de 200 mil de No soy tu mami sean decepcionantes, pero había que tener en cuenta que Julieta Díaz no era una garantía en la taquilla. Si continuamos con los puestos siguientes, nos encontramos con películas como La misma sangreEl hijoEl retiro o Bruja. ¿Alguna de ellas podía aspirar seriamente a superar la barrera psicológica de los cien mil?

Los números del 2019 son coyunturales y a la vez sistémicos: reflejan una dificultad a esta altura endémica que la enorme mayoría del cine nacional tiene para interpelar a los espectadores argentinos. Es, para pensarlo en otros términos, un problema de mercado, porque hay franjas enormes que ni siquiera toman en cuenta la producción de la Argentina, pero no lo hacen antojadizamente: es que no se sienten interpelados. El cine nacional, cuyos realizadores se la pasan enunciando a los gritos una supuesta representación de la diversidad del territorio argentino, no le habla en absoluto a los menores de edad: no hay un cine infantil y/o adolescente, ni historias que utilicen un lenguaje que conecte con ellos. Lo mismo se puede decir de la gente de veintipico: no hay relatos sobre jóvenes profesionales y/o trabajadores, ni siquiera sobre los que están transitando la etapa universitaria o terciaria. Ni hablar de los habitantes que están del otro lado de la General Paz: viendo la mayoría de los films argentinos, difícilmente entendamos cómo se vive en el Interior y apenas si hay rastros de ciudades relevantes como Mar del Plata, Rosario, Córdoba o Mendoza. 

El cine argentino es uno eminentemente porteño y de clase media alta. Deberíamos ser sinceros y aceptarlo, para ver si nos conformamos con eso o pretendemos que se modifique. Pero ni siquiera sucede eso, porque la negación hacia adentro del ambiente cinematográfico es casi total y es mucho más cómodo culpar al macrismo y la crisis económica de los últimos dos años. Mientras eso siga sucediendo, a futuro va a ser difícil que no se repitan recaudaciones como las del 2019. 
 

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