Con la llegada del mes de enero acostumbramos a llevar adelante la titánica tarea de resumir en 100 textos lo que más nos interesó del año. Para bien y para mal. Pero también dejamos tiempo para que los redactores cuenten un poco cómo fue su año cinmatográfico y televisivo. Ver mucho o poco es lo que menos importa. En estos balances personales lo que importa es el encuentro entre redactor y lectores. Por aquí pueden leer la primera parte, en este link. Y los textos que están debajo pertenecen a la segunda.

El sueño de los héroes

Por Luciano Salgado

A lo largo de 2019 me lo pasé discutiendo con amigos. No, no sobre política. Sobre eso también discuto bastante, pero no soy tan fascista como para andar persiguiendo a la gente por lo que piensa (ni dejo que lo hagan conmigo) mientras mantengan un mínimo de sensibilidad. Por lo que si discutí bastante fue por el cine. Es curioso: con la misma gente con la que coinicidía años atrás me empecé a distanciar cinematográficamente. Todo comenzó con Guasón, que me pareció una tontería banal, superflua, a tono con la contracorriente al cine de superhéroes. Pero era lo de menos: también estaba a contracorriente de Todd Phillips, un director que supo hacer grandes películas en el marco de la Nueva Comedia Americana pero que al igual que otros compañeros generacionales (Peter Farrelly, Adam McKay, Jay Roach) tomó conciencia de que un cine “serio” debía suponer una nueva etapa para su carrera. No solo no podía entender cómo mis amigos alababan semejante bodrio sino que realmente empecé a sentirme solo cinematográficamente.

Pero miento, no comenzó con la película de Phillips, sino con la de Peter Farrelly, con esa tranquilizadora de conciencias llamada Green Book, que me hizo extrañar las salvajadas de esa obra maestra que fue Irene, yo y mi otro yo. En la película de Farrelly no había escatología, no había respuesta, no había reacción a las maneras mas estandarizadas del mainstream. Si, se me podrá acusar de una adolescencia tardía ahora que uno bordea los 30, pero a decir verdad poco me importa. Yo le demando al cine que me genere reacciones. Ya sean estas intelectuales, fisiológicas o de la índole que toque. Eso me pasa tanto con Stan Brackage como con Ricky Bobby. Me pasa con Agnes Varda como con Jackass 3D. Me pasa con Aleksei German como con Piraña 3D. El problema es eso: cuando las cosas del cine pasan por tu cuerpo y cerebro y no pasa nada.

Pero miento: no comenzó con El vicepresidente, de Adam McKay. Si, el mismo tipo que construye una venganza con redoble de testículos sobre una batería ajena era el mismo que construía una película wise ass, de esas a las que le falta tanto corazón (gracias Clint, no te mueras nunca) que mejor perderlas por el camino. Pero yo no me perdí ninguna de esas películas de los que supieron ser mis héroes ayer y hoy se convertían en empleados burocráticos de las multinacionales. Con El vicepresidente sufrí por partida doble o triple, porque también estaban en ella actores que amo (pero que luego se reivindicaron, como Sam Rockwell) haciendo el ridículo. Como si la sátira desmelenada tuviera el mismo efecto si se realiza en el momento en el que el poderoso de turno ejercita sus poderes a cuando ya ingresò en el ocaso. Porque todo este cine a la larga me estaba generando eso: la sensación de una cobardía cómoda con la que es fácil consensuar porque asume el lado de los buenos (hay que ser muy fascista para pensar que se posee el calibre de la verdad moral, pero siempre se consiguen esas subjetivas si uno las busca).

Contra esa cobardía, contra ese consenso es que me entré a pelear este año. Contra ese atentado contra mis viejos héroes me opuse férreamente este año. Y en el medio la ligaron mis amigos. Pero lo bueno es que encontré un lugar en el que esas ideas pudieran transformarse en algo más que puteadas al cielo. Primero como lector, luego como redactor, esta es mi casa en la que comparto broncas. Y aunque esté en la otra punta respecto de la mayoría de los redactores de la revista (familia santafesina, amigos santafesinos, reciente mudanza e instalación en Ushuaia), el corazón se siente cercano. Se terminó 2019, si. Pero comenzó una etapa de resistencia en el lugar indicado.

El año de las despedidas

Por Amilcar Boetto

Año de cierres, de despedidas. De adioses eternos, épicos y largos, de crepuscularidades varias. Si hay años que demuestran que el cine sigue más vivo que nunca y que está a flor de piel golpeando en el nervio de nuestra sociedad actual. Las tres mejores estrenos a mi parecer son tres películas que cumplen a rajatabla está función: la condición popular del cine en forma de mega-eventos que rodean las tres horas y que asumen una despedida, una largo adiós tendido en personajes que siguen conservando una épica que pareciera que se está terminando pero resiste. Ahí está Había una vez…En Hollywood y su forma de mirar las viejas maneras de relacionarse con el cine, permitiéndose reflexionar y hasta atacar directamente a quienes quieren borrar las huellas de esas relaciones y sojuzgarlas bajo el fascismo de la corrección política. Ahí también estuvo esa obra maestra de Scorsese llamada El Irlandés que es un requiem largo y agónico sobre el cine de gangsters y el cine del director, donde Scorsese se pone más amargo que nunca. En el otro costado está la alegría y la emoción absoluta que representó Avengers: Endgame, que también implica una despedida pero no a una tradición del siglo XX, sino a una invención del siglo XXI y que, a su manera, marcó el crecimiento de una generación entera. Tres películas que de formas muy distintas representan despedidas, pero también una reflexión acerca de lo ya construido por un determinado corpus cinematográfico y como se relaciona con una actualidad que puede resultar pálida, fría y programada, pero que para nada está exenta de épica y cine.

Y si vamos a hablar de cine, Parasite no puede no ser mecionada, porque una vez más Bong Jong-Ho demostró que el cine coreano es una rareza hermosa que se permite hablar de familia, clases sociales, política, ascenso social y demás cosas pasando por todos los géneros y sin caer en ninguna solemnidad, creando un dispositivo complejísimo en donde nunca nada está ya procesado y explicado. De complejidades también tuvimos Il Traditore, en donde el poder se desarrolla como un entramado de miradas, gestos y diálogos que tejen un sistema en donde lo personal se transforma en un discurso político (está vez en serio). Y entre abogados y problemas personales también estuvo la maravilla de Marriage Story, melodrama que no le teme al enfrentamiento, al igual que Esa Mujer, en donde la china contemporánea no puede entender el drama de un amor y por eso hay idas, venidas y escapes que no sirven de nada. Al igual que Dolor y gloria que, al igual que gran parte de la filmografía de Almodóvar, trata de un escape eterno sobre las penas y termina con una redención que se siente como el cierre de toda la filmografía del director manchego, que además, tiene de las secuencias más mágicas que alguna vez nos haya dado su cine. Y ahí donde en Almodóvar hay escape, en Claire Denis y su última bella película hay convivencia constante y agobiante con la infinitud, High Life es quizás la película más pesimista del año, pero a su vez una verdadera película de Ciencia Ficción en donde importa menos una contextualización y una bajada de línea política y más la presencia sudorosa de cuerpos en lucha por ese misterio enorme que es lo orgánico. Porque, ¿Qué es la ciencia ficción sino más bien un misterio enorme?

Pero no solo hubo reflexiones sobre la muerte de una forma de hacer arte, o de como la modernidad destroza las relaciones humanas, también hubo lugar para la diversión absoluta y millenial de Booksmart, hubo reflexión lúdica acerca de la relación entre el cine y el cómic en Glass, hubo convivencia entre un costado fiestero, hermoso y glorioso, y uno turbio y plagado de cagadas en Diego Maradona. Hubo convivencia con el golpe y una nostalgia que no se queda ahí sino que se transforma en un dispositivo cinematográfico en Mid90s. Hubo screwball mezclado con algo de slapstick que en definitiva genero una hermosura cómica y despreocupada, así como deconstructiva en Amante Fiel. Ahora que lo pienso y escribo esto, fue un año con mucha diversión (y relación con los 90s) y de eso hay de sobra en Spider-Man: Into the Spider Verse esa película tiernísima y hermosamente animada, y también en esa comedia romántica old school (pero a su vez, rabiosamente contemporánea) que fue Long Shot. Y ni hablar de ese documental con tanto humor, pero que esconde una oscuridad tremenda sobre el uso de redes y ciertas condiciones decadentes de los millenials como lo fue Fyre.

Y como todo vuelve, volvemos a hablar de despedidas, porque de esas hubo de sobra: The Farewell esa película pequeña pero con un corazón enorme y que sirve como una despedida (a la que el título se asemeja) autobiográfica, pero que el final la niega, demostrándonos una vez más el poder engañoso de la ficción. Ahí, precisamente se ubica Jamás Llegarán a Viejos en el poder absoluto de la ficción para representar la realidad y en una despedida personalísima representada de una forma verdaderamente innovadora. Y de alguna manera, sobre posibilidades de la ficción (y particularmente de un género) es que habla la última rareza del cine rumano llamada La Gomera ese estreno que se coló a final de año para que confirmemos nuestras sospechas de que este año se despidió de muchas cosas y este, a su vez, se despidió hermosamente.

Personalmente, para mi fue un año importantísimo en lo cinematográfico, en mi relación con el cine, y por eso quizás es que lo considero uno de los mejores de la década, aunque también cuando leo todas las películas que acabo de mencionar (y dejando a varias grandes sin mencionar) me doy cuenta que esa afirmación no es tan caprichosa como parece. Todo termina, pero permitamos despedirnos al menos.

La red avispa

Por Gabriel Santiago Suede

Un año de estrenos que dejaron bastante que desear, si. Pero también uno de películas sin sala, con problemas de distribución y estreno. Resultado: darle la razón a Herzog. La distribución y exhibición más exitosa del presente es y será pirata. Si, claro, me dirán que existen las plataformas streaming. Las populares (Netflix, Amazon, Disney +, Hulu, etc) y las arty (Mubi, Criterion Channel, etc). Pero a decir verdad el éxito de circulación no le pertenece a nadie más que a todos los que formamos parte de ella, como si fuera un teléfono descompuesto pero reparado, en donde el mensaje circula perfecto y todo siempre llega de uno u otro modo (pirateado, en oscuros links, en you tube o lo que se les ocurra mientras que no esté implicada la dark web ni la deep web).

Paradojas del capitalismo, internet terminó siendo uno de los medios de mayor democratización en el acceso a materiales que antes estaban limitados a la posesión específica de un original en formato físico o dependían de una videoteca amiga copada o de un videoclub completo. O aunque fuera de una cinemateca decente. No, nada de eso. Cuando la crítica audiovisual es una práctica amateur -como tantas veces se ha defendido en esta revista-, es decir, una práctica que no se hace mediando un pago (como pueden hacer los grandes medios o los medios que cuentan con un capital propio previo lo suficientemente alto como para poder construir un sistema de pagos sustentable en el tiempo) un cinéfilo devenido en crítico no vive de escribir. O por lo pronto no cobra por ello, pero si vive de la escritura cuando la escritura se vuelve parte cotidiana. Afortunadamente desde inicios de 2019 se me empezó a hacer un ejercicio cotidiano en esta revista, entre otras cosas gracias a una invitación que me hicieron para participar del hermoso dossier sobre el cine de nuestro amado Clint Eastwood.

La cuestión es que, para quienes viajamos mucho, quienes trabajamos de ir y venir constantemente (veterinario y agrónomo, hola), el tiempo no sobra. Las horas se nos pasan volando y si hay hijos, más todavía. Por eso toda descarga, todo material pasado de contrabando, todo visionado en páginas colaborativas (uno sube, otro chequea, otro traduce, otro mantiene) hace que el material, para quienes nos llega tamaño laburo, es bienvenido. Claro, con esto no estoy invitando a que busquen páginas piratas, que no pagan derechos. No no no. Solo estoy describiendo. Y si casualmente mi dedo se desliza y hace un click y me permite ver The Mandalorian sin pagarle un dólar a Disney gracias a los muchachos de Rusia, Filipinas, Polonia y Panamá que hacen que el material llegue intacto al cono sur, bueno, no me voy a resistir.

Ahora bien, en ese plan de negación de negocios (es decir, negación de lo que niega el ocio, es decir, abrazo y celebración del ocio y celebración de la pérdida: nosotros como redactores perdemos tiempo de nuestras vidas viendo películas por las que no nos pagan, películas que otros tantos subieron y subtitularon sin cobrar por ello y siendo uds los lectores los principales beneficiarios de tamaño potlatch) lo único que queda es resistir, buscar, hacer circular la mayor cantidad de material posible. Ver, analizar, charlar. Pero no quedarse en el lamento, en la limitación del “no se estrenó”, “no la pude ver”, “no tengo acceso”, “no tengo Netflix” y tantas otras excusas. Porque a decir verdad, el presente nos deja cada vez menos excusas. En ese plan de democratizar el acceso somos nosotros los que ahora invitamos a uds a ser parte de todo esto: apoyar a la red de circulación, a la red de pérdida de tiempo, a la red de amor por el cine y la escritura sin fines de lucro. O en todo caso, si hay lucro, que sea por otros fines pero no por el amor a la escritura que se traduce en pagos que tergiversan la relación profesional.

De este lado del mundo, en 2019, nos la pasamos viendo películas, series, y materiales que anduvieran dando vuelta solo con el fin de traerles, 30 o más veces por mes, las noticias de ese amor, el resultado de ese acto sacrificial que es ver, escribir y estar para el otro que lee. Alguna vez fui lector de esta revista, dos años después de su fundación me siento parte de la red infinita de colaboradores de un sistema que recién empieza. Uno para todos y todos para uno.

Ser parte

Por Ludmila Ferreri

Fue pasando el tiempo. Y no me di cuenta, pero vi muchas más series de lo que me hubiera propuesto. The Crown, The Devil Next Door, The Mandalorian, Unbelievable, Years and years, Monzón, El tigre Verón, Watchmen, The confession killer, Fleabag, Living with yourself, State of the union, The spy, Mindhunter temporada 2, Apache, Miracle Workers, Waco, Stranger Things 3, El caso alcasser, Chernobyl, After Life, Cobra Kai, Muñeca Rusa, Conversaciones con Asesinos: Ted Bundy. Sobre algunas de ellas escribí en estas páginas, sobre otras leí a mis compañeros (que escriben mucho mejor que yo), sobre algunas otras ni valía la pena molestarse en escribir (uds llegarán a sus propias conclusiones) y sobre otras me hubiera encantado escribir pero no me dio el tiempo. De hecho vi tanto cine y tantas series que me di cuenta que se me escaparon muchas cosas y que el tiempo siempre falta cuando se trata de los amores. Una hace todo lo posible por dedicarle horas y vida pero en algún momento el cuerpito pide dormir. Me ha pasado en este 2019 esa experiencia que gran parte de los que disfrutamos del cine y las series hemos pasado: irme a dormir a las 5 de la mañana por maratonear películas o capítulos y luego padecer esa irresponsabilidad en el trabajo. Pero no importa. Siempre se compensa.

La cuestión es que el año que pasó no supo ser un año particularmente bueno para las series. Pero tampoco fue malo. Fue, a decir verdad, una gran transición. Cinematográficamente, en cambio, hubo un montón de cosas para ver. Pero en términos de series se sintió un poco más. Intentaré explicarme: cuando se producen grandes acontecimientos (si, ya sé, me van a decir que GOT (Game of thrones, por si hay desconocedores en la sala) con su temporada de cierre lo fue, pero no estoy de acuerdo: no fue un evento generalizado) se produce como un estado de conmoción espectatorial que hace que buena parte esté hablando del mismo tema. Es bueno eso? No necesariamente bueno ni necesariamente malo. A veces muchas series mediocres contemplan la posibilidad de contar con un público activo detrás de ellas. Pero otras veces hay series que son obra maestras que también tienen la suerte de ser seguidas por el público masivamente. Se me ocurre GOT o The Walking dead para el primer caso y Mad Men para el segundo. Pero mejor Lost para el segundo, porque MM no fue taaaan vista o al menos tan popular como las mencionadas. Me refiero a la idea de transición porque con las series, a diferencia de las películas, sobre las cuales se puede estar hablando un mes, dos meses, tres máximo, no aplica el mismo concepto. No. de una serie puede estar hablándose casi todo un año sin problemas (al menos las series largas, las de largo aliento: más de 10 capítulos ya es una serie larga…Lost, en el mejor de los casos, llegó a tener 26 CAPÍTULOS POR TEMPORADA!). Por eso cuando se produce un hueco en esa expectativa de consumo compartido (con lo bueno y lo malo que eso puede tener: lo bueno es que genera sensación de camaradería, lo malo es que nos tiene a todos consumiendo las mismas cosas como si estuviéramos idiotizados) el asunto se siente en el aire.

Para mi 2019 fue un año de transición tan fuerte que me permitió diversificar mis posibilidades con las series. Y creo que es lo mejor que le puede suceder a alguien que consume ese formato: no quedarse pegado a las grandes oleadas sino salir y entrar de diversos mundos ofrecidos. No solo enriquece la experiencia sino que nos restituye al mundo más rápidamente. Si, es cierto, no hay espíritu de grupo necesariamente, pero si hay una acción de experimentar más cosas en un mismo plano de tiempo. No sé si una forma de consumo es más adulta que la otra y poco me importa. En todo caso creo que responde a las experiencias posibles con las que podemos lidiar y sobre las que podemos dar cuenta. Quizá 2020 venga con una gran serie tapada (aunque lo dudo) o quizás se prolongue esta transición. Veremos veremos, después lo sabremos.

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