Cannes 2024 – Diario de festival: Caught by the tides, Algo viejo, algo nuevo, algo prestado, Oh Canada, Eephus, La invasion

Por Pedro Gomes Reis

Como si se tratara de un greatest hits de su propia obra, Caught by the tides vuelve sobre una de las obsesiones zhangkeanas, el proceso de transformación, en particular el de China, en este caso en los últimos veinticuatro años, a los cuales les dedica particular interés a los primeros años del siglo XXI, la mitad de la segunda década y, finalmente, la pospandemia de 2022. Un poco como el Linklater de Boyhood, que se había concentrado en narrar acontecimientos de la vida de un niño hasta el final de su adolescencia a lo largo de 12 años, aquí lo hace con una pareja que atraviesa, también actoralmente, el cambio furibundo de los tiempos. En este sentido, si bien Jia no abandona la ficción, se vuelve indispensable pensar en el documento de época, que se impone con un peso aplastante pero siempre funcionalizado a la narrativa. Para el cine de Jia el pasado no vuelve, lo que queda por delante es desolador y la transformación no tiene límites. Solo queda recordar, ya no las viejas glorias de lo que alguna vez fue la China de la revolución (no anida en Jia tamaña tontería), sino recordar lo que fuimos cuando éramos jóvenes y el mundo también.

Algo viejo, algo nuevo, algo prestado vuelve, como en Mauro a un viejo tópico: la acción de la guita sobre la vida de la gente. Como en Mauro la guita se falsifica y circula. Pero en este caso el responsable es el mismo gobierno, que hace llover billetes de colores sumiendo a la Argentina del final el mandato de Alberto Fernandez en una venezuelización de la que Algo viejo, algo nuevo, algo prestado da cuenta lateralmente. Digo lateralmente porque, también como en la citada Mauro, lo que importa no es por donde circula la guita oficial sino cómo penetra en el torrente sanguíneo de una sociedad hecha pelota, en este caso por la vía de la quiniela clandestina. Ahora bien, esta película de Roselli también se espeja. Y se reconoce temporalmente en otro momento de incertidumbres, como lo fue el período del año final de mandato de Raúl Alfonsín, que entre 1988 y 1989 también veía evaporarse el valor del peso frente a sus ojos mientras la inflación escalaba. Con esos dos tiempos, con material encontrado en videos familiares, Roselli organiza un sistema complejo de reconocimientos de lo siniestro en lo familiar y su vínculo directo con la circulación de la guita en un país en donde la moneda ha cambiado su denominación y ha agregado tantos ceros a la derecha como ceros a la izquierda pensando una política económica sustentable. Quizás en esa historia familiar de tahures, de mafiosos de poca monta, es que Roselli ha encontrado la clave de exposición del monstruo argentino, su pasión por la avivada y su eterno retorno al loop de mierda al que, todos los que somos argentinos, volvemos alguna vez fascinados.

En un volantazo notable, Schrader parece haberse olvidado de si mismo, del peso de su propia obra, de la solemnidad plúmbea de muchos de sus personajes. Ni que hablar de la teoría del estilo trascendental ni ocho cuartos. No, en Oh Canadá su director respira y cuenta la historia de un tipo común, Leonard Fife, quien no fue especialmente importante, ni tuvo revelaciones de ninguna clase ni traumas familiares que resolver. El protagonista de la película de Schrader es un personaje melvilliano, pero no del director francés, sino del autor de Bartleby, es decir un personaje que prefería no hacer ciertas cosas antes que hacerlas. Y que detrás de cuyo silencio nada más había. La película, entonces, narra un abandono, pero en donde el gesto vacío no repone ninguna clase de enigma. En todo caso, frente a esas libertades, Schrader nos toma un poco el pelo cuando organiza un rompecabezas en donde se nos va articulando una memoria que intenta explicar y justificar lo que no tiene explicación y justificación. Una curiosidad y un desvío vital para un director que sufrió demasiado a sus personajes y que, casi por primera vez, se (y nos) habilita un descanso.

Si el beisbol es el deporte de la espera y la contemplación casi por excelencia, Eephus encuentra en esa ausencia dramática una excusa adecuada para prolongar esa exasperación de la nada misma y convertirla en excusa narrativa. El chiste es narrar, como si se tratara de la comida de “El limonero real” de Juan Jose Saer, un juego eterno, extendido hasta lo exasperante, para que el partido no termine y la cancha no sea destruída. Epítome de lo americano en su concepción más nuclear y estadounidense posible, lo que narra (si es posible hablar en esos términos) este joven director es el fin de algo, de un modo de vida, de unas prácticas, de unas relaciones, de unas maneras de pensar la amistad y la vida. Carson Lund lo hace con una maestría propia de aquellos que tienen varias películas encima. Y, esto es acaso lo más extraordinario de todo, nunca nos aburrimos de ver representada la nada mismísima frente a nuestros ojos impávidos. Notable.

En el cine de Losnitza mucho de lo que creemos central en el campo de visión lo está fuera de campo y mucho de lo que creemos determinante en el fuera de campo siempre estuvo frente a nuestros ojos. En La invasión, que bien podría leerse como la tercera entrega de una trilogía que comienza con Maidan y prosigue con la ficcional Donbass, lo que se nos narra no es mas que los efectos de una guerra demencial, que Losnitza no naturaliza como tal, por eso denomina invasión. Asimismo la película huye de cualquier caracterización que la pueda acercar al discurso de estado, del que siempre rehuye, concentrado en las víctimas y no en la batalla discursiva. Por eso las imágenes no buscan ser motivo de orgullo nacionalista, sino, en el mejor de los casos, testimonio de una nación rota en mil pedazos por la decisión imperialista de un presidente extranjero pero también por las imposiciones de estado que el mismo gobierno ucraniano a impuesto a sus ciudadanos, abandonados a un loop de degradación del cual no hay camino de salida a la vista.

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