Cannes 2025 – Diario de festival: The plague, Eddington, Nouvelle Vague

Por Pedro Gomes Reis

The plague fue observada por muchos como una suerte de homenaje indirecto a El señor de las moscas, cuando en realidad la influencia mas visible parece venir por su costado cronenberguiano, que no es otra cosa que el viejo y querido cuento de la monstruosidad asumida como cambio corporal y las dificultades de la asimilación ante ese cambio. En el medio de su metáfora poco sofisticada, Charlie Polinger, su director, propone una relectura del presente, la generación del cristal y el bullying como sistema de depuración de los más aptos mientras se va construyendo eso que llamamos individualidad. Sostenida sobre un código propio del fantástico pero que a la vez no reniega del realismo y la crueldad cotidiana, esta ópera prima, que pudo verse en Un certain regard supo encontrar (al menos en un contexto post-the substance) una manera en la que un body horror más asordinado que aquella se entremezcle con la pesadilla cotidiana.

Eddington es la nueva entrega del vendedor de humo que amamos odiar. Si, hablamos de Ari Aster, quien encuentra en la hipérbole (uno de los extremos de su cine, que oscila entre la depuración y la sequedad y la exageración) y el desorden la estrategia para seguir confundiendo. En Eddigton Aster se sitúa en una estrategia más realista que en sus películas previas, en particular al situarse en el contexto del inicio de la pandemia de 2020 en un pueblo no especialmente propenso a plegarse a la uniformidad. En este punto Aster narra la pequeña batalla entre el sherff negacionista local y el alcalde que demanda plegarse a los protocolos de la cuarentena. Pero eso solo es el punto de partida, ya que Aster elige ir sumando capas a los conflictos sociales (las capas son el las fake news, los abusos sexuales, el racismo, la violencia policial, el abuso de las armas de fuego y más), en una suerte de caldo de cultivo para una guerra civil en pequeña escala, que (otra vez las alegorías) nos retrotrae a las tomas del capitolio en 202 tras las elecciones en las que Biden triunfa sobre Trump. Pero Aster no se queda en el caos, sino que pronostica el nuevo orden, los nuevos saberes derivados de las tecnocracias que regulan al mundo luego de la experiencia totalitaria.

Si algo supo caracterizar históricamente al tono del cine de Linklater, rápidamente podríamos hablar de una suerte de charla amable, tan persistente entre los personajes de su obra.
Nouvelle Vague, en este sentido, es una película curiosamente anormal en el sistema linklateriano. No porque las charlas estén ausentes, sino porque el sistema de Nouvelle Vague se concentra más en un acompañamiento silencioso de un conjunto (en ese sentido, en el del rol del grupo, hay un rasgo autoral ineludible) que en la posibilidad de narrarnos otra cosa que no sea esta suerte de diario de rodaje de Sin Aliento. Si, es divertida. Si, es un juego cinéfilo al que todos queremos jugar pero que el rato nos cansa un poco, porque tiene algo de autoindulgente y reaccionario ese Linklater defensor del modernismo a ultranza. Cuando se termina nos damos cuenta que la disfrutamos, si. Pero también es probable que mañana vayamos a olvidarla rápidamente.

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