Categoría: TV y Series

Computadora, cama, fin de semana o noche de corrido. Mirar una serie (actual o no tanto) implica un salto al vacío en muchos casos.
Acá intentamos hacer algo con esa duda existencial que carcome, si, pero desde una perspectiva personal: ¿Qué hay para ver?

La casa de Papel

Con esta sutileza de un laxante es como la serie avanza a través de 23 capítulos, mientras entrega escenas insólitas en su mal gusto visual que incluye primeros planos a culos de dos chicas bailando, un uso y abuso de la cámara lenta en las escenas de acción y unos cuantos movimientos de cámara abruptos y efectistas que recuerdan al espantoso cine de Guy Ritchie, y un plano final con fondo de postal turística que es un techo pocas veces alcanzado de la vergüenza ajena. También, si uno se pone a analizar la serie, va a ver una buena cantidad de errores en el supuesto plan perfecto de El Profesor y trampas baratas hechas al espectador para crearle suspenso. Y así y todo, La Casa de Papel logró tremenda masividad e instalarse -aún cuando no se sabe por cuanto tiempo- en la cultura popular reciente.

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Edha

Edha, en este sentido, demuestra una obsesión manifiesta: “colocar” gente conocida, como si coleccionara figuritas costosas por el sólo hecho de que llamen la atención, de que llenen la pantalla. Así es como acá pueden convivir actores hiperconocidos con papeles menores, que aparecen apenas en un par de capítulos o que aparecen unos minutos para desaparecer después, como si este producto estuviera más obsesionado por mostrar que consiguió tal o cual estrella que en hacer algo con ese personaje en cuestión.

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Wild Wild Country

Sin pecar de solemnidad, Wild wild country está atravesado por un respeto reverencial hacia una experiencia o inquietud universal: el deseo común de venerar algo o a alguien. Y otro deseo más, el de resguardar a toda costa la propia comunidad. Si el prejuicio como fenómeno es huidizo, para observarlo quizás sea necesario acallar los propios prejuicios (tarea difícil o directamente imposible).

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Jessica Jones

La 1era temporada de JJ fue sólida, centrada (otro eufemismo: este adjetivo clave equivale a decir que se trata de una temporada que sabe qué contar y por ende el guión nunca se pierde, ramifica ni recurre a trucos tontos), entretenida e innovadora: la idea de una mujer fuerte (incluso literalmente), decidida e inteligente pero ajena al modelo muñeca de vidriera y encuadrada en lo que generalmente mal suele llamarse “antihéroe” encantaba a una audiencia sumergida coyunturalmente (enhorabuena) en el auge del feminismo y de los grupos de superhéroes. Todo a favor. Sin embargo, cómoda viene sucediendo con otras series o películas, en esta temporada (la 2da) nos topamos otra vez con esa sensación de estar viendo a un personaje boca abajo, sujetado de los tobillos y largando todas las monedas que pueda.

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The Keepers

En cierta medida el cuento que cuenta The keepers podría pensarse como la contracara exacta de esa otra pesadilla convertida en serie documental llamada Making a murderer (sobre la que hablé aquí). Digo contracara porque lo que contaba aquella era la historia de como el sistema judicial puede construir culpables y armar un verdadero proceso kafkiano del cual no hay salida, mientras que lo que sucede en The keepers invierte la ecuación al narrar la historia de múltiples crímenes (que mezclan asesinatos, violaciones, abusos de poder de distinto tipo, incluyendo a políticos, policías, curas…y adolescentes de un colegio cristiano) sin una sola condena, sin nadie tras las rejas, con los responsables bajo tierra (por causas biológicas) pero con la sensación de impunidad a flor de piel.

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