3 rostros (3 Faces)
Irán, 2018, 100′
Dirigida por Jafar Panahi.
Con Behnaz Jafari, Jafar Panahi y Marziyeh Rezaei.

El viento nos sigue llevando

Por Rodolfo Weisskirch

Jafar Panahi no debe filmar. Tras cumplir su condena de 6 años de prisión domiciliaria, el director de El círculo sigue esperando, en teoría que se cumpla su castigo de 20 años sin poder filmar nuevas obras. Sin embargo, desde que se dictó su condena en el año 2010, ya ha hecho cuatro películas, cada una de ellas más crítica y aleccionadora que la anterior, tanto en contra del gobierno que lo condenó como contra los dictámenes de la sociedad conservadora iraní, cuestionando las tradiciones y costumbres que perjudican a las mujeres de su país. Básicamente, la condena en vez de amedrentarlo, lo ha impulsado a continuar con la mirada que viene impregnando desde su ópera prima, El globo blanco hasta Offside, su última película con difusión masiva dentro de Irán.

3 rostros no solamente guarda reminiscencias con las primeras películas del director, sino que además rinde un pequeño tributo a quien fuera su mentor, y de quién Panahi fuese asistente durante varios años: Abbas Kiorastami. Como en las tres obras previas, Panahi se pone también delante de cámara, interpretándose a sí mismo. Esta vez, y continuando en cierta manera el rol que tenía en su obra previa, Taxi, Panahi debe conducir a la actriz Behnaz Jafari -figura clave de la nueva ola de realizadores iraníes de mediados de los años 90-  hasta el pueblo donde se acaba de ahorcar una joven aspirante a actriz, que sufría la persecución ideológica por parte de su familia, y la familia de su esposo.

Jafari -que también se interpreta a sí misma- se siente culpable de la muerte de la joven, dado que en un video difundido en las redes antes de suicidarse la chica le habla directamente a la consagrada actriz. La protagonista sospecha que la joven armó una puesta en escena solo para llamar la atención, y ahí entra en juego la mirada de Panahi, quién nuevamente cumple un rol complementario, representando a un personaje ingenuo, un símbolo de la misoginia de la industria de cine iraní.

Lejos de Teherán, Panahi posa su mirada en la villa rural y en los prejuicios sexuales de los pueblos alejados de los centros urbanos. Panahi deja su crítica ímplicita a través de la historia de tres mujeres: Jafari, la joven que grabó su suicidio y una actriz retirada que hace caso omiso a los prejuicios populares y vive en los márgenes del pueblo. Contradiciendo el título del film, el director decide nunca mostrar su rostro (ella ES el tercer rostro teóricamente), pero tampoco necesita hacerlo, dado que su influencia en la narración es suficiente para convertirse en una figura rebelde, una paria dentro de la población.

Como es costumbre en el cine iraní, especialmente en el de Kiorastami, las secuencias con encuadres fijos forman parte de la narrativa, y lo que sucede fuera de campo queda abierto a la interpretación del espectador. Sin embargo, no es dificil reconstruir lo que está pasando, y vale la pena destacar con cuanta economía de recursos -una cámara, una puesta de luces naturalista- Panahi simplifica la narración y arremete contra la ideología machista, generando tensión con herramientas puramente cinematográficas, montaje interno y diálogos intensos. En el final, las miradas de ambos directores vuelven a confluir, demostrando el notable legado que dejó el director de Detrás de los olivos, obra con la que se genera un diálogo casi director, y de la que Panahi fue asistente.

Panahi apela al humor para subrayar el carácter absurdo de ciertas costumbres y tradiciones (la escena del prepucio está dentro de lo mejor del film). De esta forma, posiblemente, 3 rostros termine siendo la menos sutil e intimista de las últimas películas del director. Por otro lado, la denuncia que hace Panahi, no tiene el carácter urgente que tenía hace 20 años atrás. Sin embargo, esto no quita la solvencia narrativa del relato, y por el contrario afirma que a pesar de la relevancia de las redes sociales para viralizar y visibilzar una problemática que lleva siglos presente en la comunidad iraní, las leyes y la condena moral de la sociedad y el gobierno contra las mujeres no ha cambiado y por el contrario se ha incrementado.

El director actualiza su denuncia y sutilmente, a través de su protagonista, también mantiene informado al público acerca de su propio caso. Aún así, y como en la mayor parte de su filmografía, el lenguaje metacinematográfico y la mirada sobre la opresión hacia las mujeres, vuelven a confirmar que Jafar Panahi es un autor al que ningún tipo de censura le impide seguir expresándose contra las injusticias sociales. Y en ese sentido, esa perseverancia e insistencia deben servir de ejemplo e inspiración para cualquier artista.

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