A fábrica de nada
Portugal, 2017, 177′
Dirigida por Pedro Pinho
Con Carla Galvão, Dinis Gomes, Américo Silva, José Smith Vargas

Resistiendo al capital

Por Carla Leonardi

El nuevo paradigma de poder capitalista que siguió al feudalismo ya no se sostiene en la presencia de una persona, léase un amo, que toma decisiones por los esclavos que forman parte de sus pertenencias, sino en un sistema de estructuras y reglas despersonalizadas que impone a los individuos su sujeción al consumo, dejándolos prisioneros y consumidos por esa misma maquinaria. Este cambio implica también un pasaje del arraigo a la tierra, hacia la movilidad y la liquidez. Sobre estas cuestiones indaga la película A fábrica de nada, del director portugués Pedro Pinho, quien viniendo de realizar documentales presenta su primer largometraje de ficción.

Zé Vargas recibe, mientras está manteniendo relaciones con su pareja, un llamado en medio de la noche. Se trata de compañeros de trabajo que han decidido pasar la noche en la puerta de la fábrica de ascensores donde trabaja, tratando de impedir el vaciamiento de la misma. Del conjunto de trabajadores, Zé será el único del cual conoceremos su vida privada: su relación con una mujer inmigrante que tiene un hijo, deteriorada en cuanto a la circulación del deseo y con su padre, que pretende ayudarlo con la posición radical de amedrentar a los empresarios con armas.

A la mañana siguiente, se presentará en la fábrica la nueva administradora junto a un ingeniero civil y una especialista en Recursos Humanos para explicarlas que la fábrica se encuentra en situación de insolvencia económica y que, por lo tanto, deberán hacer “reajustes” en sus puestos de trabajo. El director contextúa la situación puntual de esta fábrica (que se inspira en una de existencia real) en el medio de la crisis económica que afectó a Europa en los últimos años, donde muchas empresas de capitales multinacionales fueron cerrando, para relocalizarse en mercados más atractivos desde el punto de vista de los beneficios económicos, como Asia, y nos va mostrando, a lo largo de la película fábricas que no están en funcionamiento, o que van siendo desmanteladas por las topadoras.

La nueva administración  insta a los empleados a presentarse a trabajar al día siguiente para evaluar su situación. Así veremos a los trabajadores frente a sus puestos de trabajo, sin poder hacer nada por falta de insumos o maquinaria y matando el tiempo, inventándose juegos con lo que queda en la fábrica. La gerenta de recursos humanos los irá llamando uno por uno para proponerles un acuerdo de separación mutua acompañado de generosas sumas de indemnización.  A partir de aquí comenzarán las diferencias entre ellos, ya que las aguas se dividirán entre aquellos que acepten la oferta empresarial y aquellos que opten por conservar la dignidad laboral. Los que decidan quedarse y continuar luchando, reunidos en asamblea decidirán la huelga y la ocupación de la fábrica.

Aquí intervendrá un intelectual que está trabajando en relación a la crisis de Europa, que tomará a esta fábrica como un caso para su estudio y los ayudará a organizarse en una experiencia autogestiva, aportando su conocimiento y  su experiencia de modelos de cooperativismo de las que fue testigo en Argentina a partir de la crisis del año 2001. Organizarse bajo el modelo autogestivo no será fácil, y el director nos mostrará las distintas disputas que se suscitarán en las asambleas en torno de diversas cuestiones como por ejemplo la distribución igualitaria de los salarios.

Es interesante el contraste entre las diferencias que se den entre los trabajadores, apremiados por necesidades concretas, y las que se den en el grupo de los intelectuales, en un campo de ideas abstractas entre quienes consideren la experiencia autogestiva como funcional al sistema capitalista y quienes la consideren como la semilla de un cambio a partir del cual los trabajadores adquirirán nuevas habilidades y podrán disputar la concentración de riqueza en manos de pocas personas, pudiendo replicarse la experiencia en otras empresas.

La tesis en la que se apoya la película, y que el director pone en boca del intelectual, es que el capitalismo es una suerte de trampa de la cual el mismo trabajador forma parte, ya que es el trabajo aportado por el trabajador lo que crea el plus de valor que se lleva el capitalista. De este modo, el trabajador queda prisionero como la rata en el laberinto, fabricando mercancías que le será bastante difícil adquirir con su salario. En este punto, el plano en que el intelectual dialogue con un colega vía internet con su notebook en medio de un laberinto de setos resulta sugerente, al igual que la escena en la cual Zé le hable al hijo de su pareja acerca de la inteligencia de los peces que se comen el cebo sin quedar atrapados en el anzuelo.

Si pensamos que el hedonismo individualista es también uno de los preceptos del capitalismo, ese tan reiterado derecho a gozar como quiera, arraigándose lo menos posible en cualquier tipo de lazo (lo que el filósofo Bauman define como Modernidad líquida), la organización colectiva en sí misma puede representar un primer pequeño triunfo sobre esta maquinaria impiadosa.

El director opta acertadamente por la decisión formal de hibridar la ficción con el documental, lo cual se hace evidente en el tono empleado, que acerca su cine al de los hermanos Dardenne de Dos días, una noche (Deux jours, une nuit, 2014) y también con entrevistas a cámara en plano fijo donde algunos trabajadores den cuenta de su experiencia (mostrando así la inclusión de actores no formados en el elenco). Al incluir la figura del hombre que se sitúa a la vez como un intelectual que los ayudará a organizarse y también como una suerte de director de una película que los aliente a producir parlamentos interesantes sobre su vida y que los guíe en los cuadros musicales, Pinho hace evidente el artificio que implica la intervención del cine sobre la realidad.  La inclusión del musical le permite salirse de las convenciones de la ficción documental tradicional, y acerca su tono a la novedad que resultó The Full Monty (Peter Cattaneo, 1997) en el contexto de la depresión económica en la Gran Bretaña de la Dama de hierro.  Es la extensión de la película (3 horas) y la reiteración de su mensaje y del contenido intelectual en que se apoya, lo que le quita cierta fluidez y efectividad al resultado final.

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