Acusada
Argentina, 2018, 113′
Dirigida por Gonzalo Tobal.
Elenco: Lali Espósito, Leonardo Sbaraglia, Inés Estévez, Daniel Fanego, Gerardo Romano y Gael García Bernal. Guión: Ulises Porra y Gonzalo Tobal. Fotografía: Fernando Lockett. Música: Rogelio Sosa. Edición: Alejandro Carrillo Penovi. Dirección de arte: Sebastián Orgambide. Sonido: Sonido: Guido Berenblum. Distribuidora: Warner Bros. Duración: 113 minutos. Apta para mayores de 16 años.

Dolores Bates

Por Hernán Schell

Algunas películas suelen despertar ciertos malentendidos solo por el prejuicio derivado de su nombre. Acusada perfectamente podría entrar en esta zona a primera vista. Pero las primeras impresiones apresuradas desatan más prejuicios que ideas. Sin ir más lejos, el título de la película dirigida por Gonzalo Tobal nos remite a una de esas malas películas de suspenso que se dan en cable o que sube Netflix de vez en cuando. Por otro lado, quien la protagoniza es Lali Espósito, actriz a quien muchos asocian (sin conocer demasiado su carrera, claro) con una estrella ligada a productos poco interesantes y más bien superficiales. No parece existir la opción de considerar que Lali pueda ser una muy buena intérprete. Pero en efecto, eso habla más de los prejuicios que de los hechos. Basta con verla en la película Permitidos de Ariel Winograd para darse cuenta de que es una actriz con un potencial enorme, capaz de jugar con las inflexiones de su voz para lograr grandes momentos de comedia (de hecho, los mejores chistes de la película se los lleva ella) y moverse con la misma naturalidad en la comedia más cotidiana y la más absurda. En Acusada, Lali interpreta a Dolores Dreier. Son esa interpretación y su presencia en pantalla, precisamente, grandes virtudes de este largometraje. Pero pensemos un poco en cómo funciona el problema de las expectativas y los prejuicios y si la película no está jugando con ellos y con nosotros como espectadores prejuiciosos.

Espósito es una actriz de cuerpo pequeño y mirada fuerte y expresiva. Si lo primero evoca fragilidad, lo segundo puede despertar una sensación de amenaza o frialdad. Su juego interpretativo muchas veces se basa en ir por ese tipo de actuación pendular entre la víctima y la posible victimaria; de ahí que, dependiendo la escena, ella parezca hacer personajes completamente distintos, lo que nos deja desacomodados. También en ambos casos parece haber una expresividad reprimida, algo que el personaje no nos está mostrando. Algo similar a lo que sucede con los personajes de Leonardo Sbaraglia e Inés Estevez (en los roles de padre y madre del personaje de Dolores), interpretados por dos actores reconocidos por su manifiesta expresividad, pero que acá parecen, en la mayor parte de las escenas, sospechosamente contenidos. Nuevamente las expectativas traicionadas. Si bien este tipo de interpretaciones contribuye a un clima que podría llamarse de sospecha permanente, en algún punto lo sospechoso es el centro del clima que dibuja Acusada.

Volvamos a las expectativas. El inicio del largometraje – que debe ser entre lo más interesante que dio el cine argentino este año- parte de una sesión de fotos de la familia de la protagonista. Parece una sesión frívola hecha para fotografiar alguna familia famosa, y sin embargo lo que se está fotografiando es una familia cuya hija mayor es la principal y única sospechosa de un homicidio. Lo que sorprende de esa escena no es tanto lo que se ve sino lo que se escucha: se trata del tema Time of the Season de The zombies, canción dueña de una espíritu cool y sexy, que evoca tanto la psicodelia de los 60 como una tanda publicitaria (se trata de una musicalización hábil e inteligente, puesta en un cine argentino que rara vez ha sido bueno a la hora de musicalizar), por lo que a la vez no deja de ser un contrapunto irónico con el crimen horrible que evoca esa sesión de fotos- así como una rara continuidad con las intenciones de una familia que quiere seducir a su público. En Acusada, la banda de sonido parece tan oscilante y extraña como su protagonista. Así es como pasa repentinamente del pop al rock, y luego a la música clásica. Uno de los momentos más extraordinarios de la película incluso tiene relación con lo sonoro. Se trata de un momento llegando hacia el final, en el cual la sentencia de la protagonista es tapada por una musicalización que nos impide conocer el veredicto. El momento es osado y efectivo. Logra, por un lado, suspender en el tiempo de una manera original la escena, sin recurrir a algún hecho dramático forzado para alargar la escena, o haciendo planos detalle que hemos visto mil veces. También es un momento en el cual se representa de manera extraordinaria todo el peso dramático que esa escena tiene, no sólo para la película sino también para su protagonista. Es como si Dolores no pudiera soportar el peso de unas palabras que, dependiendo del resultado, pueden definir que vaya a una cárcel durante décadas o pueda acceder a su libertad. Reducir solamente a los términos “culpable” o “inocente” pareciera casi una grosería, y taparlas con una música es una forma perfecta de reflejar sonoramante toda la tensión y la trascendencia del momento. Creo que también hay otra significación posible en la idea de salirse del lugar común de escuchar pronunciar al juez esa frase, y es justamente la de la frustrar el lugar común para darle al espectador algo distinto.

Seré más claro: estamos frente a una película que aparenta ser una policial y una película de juicio. Más aún, invita por momentos a que uno piense que puede llegar a ser un whodunit, y que las cosas que vemos pueden conducir a pistas que nos lleven a una verdad determinada. Sin embargo, Acusada no pasa por allí. Su juego es similar al de dos grandes películas del SXXI: Memorias de un asesino, de Bong-Joon Ho, y Zodíaco, de David Fincher, policiales que van dando cuenta de que sus resoluciones son mucho menos importantes que la necesidad de mantener su misterio, y en donde la exposición de una pista se antepone en importancia a la necesidad de saber si conducirá hacia alguna parte. En las tres películas además parece haber un interés que excede la cuestión del caso, como si al director en verdad le terminara importando ya no sólo su resolución sino que está usando el crimen en cuestión para hablar de algo que le interese mucho más. Para Ho, por ejemplo, ese interés pasaba más por la descripción de la vida en Corea del Sur durante la dictadura y la cotidianeidad de los abusos de poder por parte de la policía; para Fincher, era la excusa para estudiar personajes obsesivos y cayendo en las redes de la atracción tanto por el Mal como por la búsqueda de la verdad. Lo de Tobal, en tanto, pasa mucho por hablar de las posibilidades y límites de un sistema judicial. Acusada se trata, después de todo, no tanto de una chica que tiene que demostrar su inocencia, como de una que tiene mostrar que no hay pruebas suficientes para ser considerada culpable. Es a partir de allí que una familia con un poder adquisitivo alto accede a valerse de un eximio abogado (Daniel Fanego, extraordinario como tantas otras veces) para construir un verosímil acorde a las conveniencias de Dolores.

Justamente hay un momento clave en la película que habla a las claras de esto: se trata de una escena en la cual Dolores se presenta en un programa de televisión para lavar su imagen frente al público. El periodista interpretado por Gael García Bernal la interroga, pero lo hace en un tono claramente acusatorio, intentando salirse de su rol de periodista y poniéndose en un rol sensacionalista de fiscal. Al mismo tiempo, Dolores empieza a dar respuestas brutales y supuestamente poco calculadas que van a contrapelo de lo que le aconsejó el abogado. Curiosamente, el abogado después le reconocerá a Dolores que salirse de ese libreto fue muy hábil, y que fue una estrategia de defensa mucho mejor que la que él había planificado. Es imposible que en ese momento uno no sospeche de Dolores. ¿Fue, después de todo, esa declaración impetuosa algo espontáneo producto de la bronca de alguien que está atravesando un calvario, o fue acaso una improvisación producto de la mente de una sociópata capaz de manipular a todos? Cuando uno ve esto, resulta imposible que otras acciones de ella (como la de la escena del aljibe) no puedan ser leídas tanto como gestos desesperados como formas de manipulación (en el caso del aljibe, por ejemplo, un momento para castigar psicológicamente a su padre luego de que este le espetó algo hiriente). Incluso en esa escena cobra otro significado su acción de cortarse el pelo, una clara manera de afearse (algo que se dice abiertamente en la película) para dar una mayor apariencia de víctima.

Quizás es por esto Acusada me hace pensar una y otra vez en la escena de la limpieza de las pruebas del asesinato en Psicosis, por parte de Norman Bates. Allí Hitchcock nos mostraba que después del célebre asesinato de la ducha, Bates tenía la inteligencia suficiente como para limpiar las pruebas con meticulosidad y paciencia, y uno no podía dejar de pensar así en lo hábil que era este hombre. Hay que recordar que para los que veían aquella película de Hitchcock por primera vez, Bates no era otra cosa que un chico que estaba ayudando a su querida madre enferma a limpiar una escena del crimen, y que en ese momento su figura aún era moralmente demasiado ambigua como para poder ser juzgada. Lo único que sabíamos es que era bueno en algo, y que ahora era protagonista. Pero si hay algo que mostró Psicosis, es que no hace falta más que poner inteligencia y protagonismo en un personaje para que nos despierte una inmediata e involuntaria simpatía. Cuando Dolores hace esa declaración en televisión, abriéndose sola del discurso de la defensa y mejorándolo, parece Bates limpiando las pruebas de la habitación en la que fue asesinada la pobre Marion Crane. Todos simpatizamos con Bates en ese momento, como todos simpatizamos oscuramente con Dolores, aún sin saber exactamente quién es ella. En alguna medida, es como si la película volviera al principio, cuando veíamos a Dolores y la familia vendiéndose para generar la simpatía del que mira. Con la única diferencia que Dolores termina entendiendo que no es ya la imagen, sino la astucia la necesaria para que uno se ponga de su lado. Aunque sea, cuando menos, como espectador.

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