Amante fiel (L’homme fidèle)
Francia, 2018, 75′
Dirigida por Louis Garrel.
Con Louis Garrel, Laetitia Casta, Lily-Rose Melody Depp, Joseph Engel, Diane Courseille, Vladislav Galard, Bakary Sangaré, Kiara Carrière y Dali Benssalah.

Joven e inocente

Por Amilcar Boetto


En mi primer visionado de Amante Fiel, en una sesión nocturna de Bafici, escribí entusiasmado acerca de como la película, a pesar de sus vueltas extrañas y perversas se terminaba convirtiendo una película con una visión positiva del mundo. Pero al mismo tiempo se trataba de un film que volvía a una tierna idea de familia. Al mismo tiempo comparé el optimismo vueltero, pero optimismo al fin, del film de Garrel-hijo con el pesimismo infantil de films como Clímax de Gaspar Noé o La Casa de Jack de Lars Von Trier, películas que bien podían salir de ser una demostración grandota y rimbombante del ego de los directores, a su vez que un discurso misantrópico, una verdadera declaración de odio a la humanidad. Me a culpa: sin lugar a dudas, al momento de escribir eso al menos, tenía una probable mezcla de cosas en mi cabeza que es típica de ese mes febril llamado abril-Bafici. En ese mes (que dura unos 7 a 11 días) uno compara impunemente las películas que ve por más de que no tengan mucho que ver y las obliga a dialogar. Es lo que hay.

Ahora, varios meses después, mediando un estreno comercial, en mi segundo visionado, me doy cuenta de que la película de Garrel no solo es eso que observé. A su vez, también noté que la película apunta a lugares mucho más ambiciosos de lo que creía apenas algunos meses atrás. El actor-director francés apunta a deconstruir no solo la idea de familia, sino la idea de amor romántico y de monogamia tal cual como la conocemos. Pero deconstruir en serio, en su sentido más doloroso e incómodo: en el proceso de aceptación de las contradicciones y no en el habitar fácil y acomodaticio de las modas de turno. Claro, en Amante Fiel, el hombre -pase lo que pase- va a seguir aferrándose a la fidelidad aunque el adulterio lo llame a gritos. Es el mismo hombre que piensa que la infidelidad es peor que el asesinato y que, de alguna manera (y demostrada con esa elipsis en el primer acto, donde se esquiva mostrar si quiera tres planos de lo que fue la vida de Abel en esos años), se quedo estancado a partir de haber sufrido la infidelidad en carne propia. Los estereotipos están ahí: Louis Garrel asumiendo el rol del inocente, Laetitia Casta como la malvada bruja manipuladora y Lily-Rose Depp como la encargada de salvar al inocente de las manos de la malvada bruja (algo así como La Cenicienta con roles de género invertidos). Pero lo interesante aquí no son los estereotipos (que como tales están hechos para ser subvertidos o usados en dirección habitual), sino cómo la estructura dramática responde a ellos. Sin ir más lejos, la mayor parte de la película muestra la relación entre Abel y Marianne, pero justo en el momento donde Abel se va con Eve, el supuesto momento del triunfo del romance por sobre el tedio de la cotidianidad y la maldad, no solo dura poco en el metraje sino que es sumamente decepcionante: ninguno se siente cómodo, lo que tanto esperaban no es como lo que querían que sea. En definitiva, fue más grande la idea que el romance.

En este punto es donde la película reconoce una influencia más o menos indirecta más o menos explícita (dependiendo del día y la hora en la que la corrección política lo permita). Me refiero a la ineludible alusión al Woody Allen de Annie Hall, donde el director neoyorkino se propone narrar una relación idílica como lo que fue, un fracaso. En aquella, con ese plano final con teleobjetivo desde el exterior del bar, sin diálogos, inmortalizando una charla que, según lo que vimos a lo largo del metraje no será más que una charla cotidiana, pero que para nosotros queda estática y misteriosa, idealizada como una charla de reencuentro, aunque probablemente nunca lo haya sido. Inclusive Garrel copia ese plano en un momento donde su voz over haba del reencuentro con Marianne luego de la muerte de su amigo (y amante de su mujer) Paul, con la charla vista desde afuera, con el vidrio del bar entremedio de la cámara y Marianne, sin poder escuchar sobre que hablarán.

Pero Allen no es la única influencia, aclaremos. También, a lo largo de todo el film de Garrel, hay un gesto abiertamente godardiano en el aspecto aleatorio de las acciones de los personajes (podemos asumir: gesto no solo aplicable a Godard, sino que referenciable a toda una traza formal que reconocemos en cierta estilística de la modernidad cinematográfica: Antonioni es otro caso, pero el montaje aleatorio de las acciones nos linkea más rápido a a Godard que a cualquier otro). Y este aspecto formal en particular, recuerdo, era el punto que más le achacaba a la película de Garrel en mis notas escritas durante los días del Bafici: la manifiesta incapacidad de LG para despegarse de sus tradiciones cinematográficas, en particular esa tradición mortuoria y paralizante que supuso y supone la Nouvelle Vague, estancando a la película en un pasado que no se quita a muchos realizadores franceses.

Ahora bien, al mismo tiempo que la película puede ser anacrònica estilística y narrativamente no deja de ser rabiosamente contemporánea en relación a un eje que define su centro de preocupaciones: la deconstrucción del amor romántico y la poligamia. Si bien estos dos conceptos, que mal tratados pueden orientarse hacia una lectura superficial, pretenciosa, demagógica, la película opta por ahondar en ellos de con una estrategia inesperada, porque más allá de esa deconstrucción estereotípica de la que hablaba previamente (eso sí se puede ya ver en varias películas de los ’60, y sobre todo en varias de Godard), el film convierte a la familia y al matrimonio en aquello que funciona cuando hay alguien que domina y alguien cómodo siendo dominado. De aquí podemos entender porque Marianne, si bien es la bruja malvada manipuladora, no es representada de manera tan maniquea como tal a lo largo de la película. De hecho, la salvadora Eve es prácticamente un psicótica. Todos los personajes tienen su lugar y todos merecen amor, pero a la vez, al menos mientras buscan ese amor ideal, se van dando cuenta que las relaciones son otra cosa: a Eve le deja de interesar Abel cuando están juntos y Abel decide correr por el senado francés en busca de una persona que lo dejo como si nada pasara (ahí está más claro que nunca: Abel tirado en el piso en un plano conjunto con los pies de Marianne, corte a un plano picado de ella, el vuelve a ella porque ama a aquello que lo que lo domina). A su vez, Marianne le propuso a Abel que fuera con Eve y este lo hizo para sentirse “libre de Marianne” cuando en definitiva estaba haciendo lo que ella le ordenaba.

Girando sobre los mecanismos de poder y sobre esos abusos y concesiones el film está más cerca de esa perversión que supone toda relación de poder (una pareja puede serlo perfectamente) que habita detrás de la idea de matrimonio -que cruelmente planteaba esa obra maestra absoluta que es El Hilo Fantasma- que de la banalidad en búsqueda de una deconstrucción canchera de la comedia romántica como estamos empezando a habituarnos en los últimos años, con ejemplos como lo fue 500 Días con Ella. Porque en lugar de quedarse con la idea buenista del “día 1” (comenzar de nuevo con otro amor, siempre habrá alguien que te querrá y bla) se queda con un plano final en donde la familia admira la tumba de Paul, sabiendo que sin él no existiría este lazo tan fuerte que ahora los une, como en la película de Paul Thomas Anderson, aceptando esa relación que parecía enfermiza pero que tan bien les hace, inclusive a Eve, quien estaba más contenta pensando en Abel mientras tenía sexo con otras personas que mientras tenía sexo con el muchacho, tan joven e inocente él.

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