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Tiempo de lectura: 3 minutosAngélica

Por Amilcar Boetto

Angélica


Argentina, 2019, 103′
Dirigida Delfina Castagnino
Con Cecilia Rainero, Antonio Grimau, Andrea Garrote, Diego Cremonesi

Una tensión irresuelta (*)

El segundo largometraje de Delfina Castagnino es y no es a la vez, como buena parte de las experiencias que el cine argentino independiente propone como visita a los géneros. Si, acaso a primer avista esté más cerca de una película de terror. O por lo menos a una película de terror psicológico, de encierro. Es una película en la que -nuevamente, como otro loop generacional en el indie argentino- la crisis de la mediana edad parece representada como un disco rayado, un lugar al que se vuelve constantemente. Ahí aparece otro género (o los aires de), el melodrama (miren sino el afiche de prensa, que da cuenta de esa pertenencia). Angélica , por lo tanto, describe un momento intersticial en donde el melodrama se convierte en horror: cuando lo inalcanzable, el amor imposible, comienza a ser representado como un lugar en el que el personaje se encierra, no solo volviendo, sino quedándose como, justamente, un disco rayado. En ese disco rayado resuenan los ecos de Fassbinder, de Siro pero también de Polanski. Son discos lejanos, voces a la distancia, pero que se distinguen con la levedad de un crujir de ramas en medio de la multitud. Un sonido lejano o un aroma. Pero los géneros rondan.

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El piloto automático del personaje de Angélica, entonces, es otro. Su condición de personaje pasivo, carente de transformaciones, no está en el rebote de un lugar a otro sin que su subjetividad se entrometa, sino en que su subjetividad está anclada a un pasado del que no puede salir. Por lo tanto lo que hace es refugiarse (en esa casa, ese pasado), disfrazarse (como en Vértigo y en Más Allá del Olvido, el disfraz como forma del pasado, como forma de representación del muerto y estancamiento) y observar, ver como la gente quiere saquear y destruir ese pasado, algo que convencionalmente llamamos, seguir adelante. Nuevamente el melodrama, nuevamente el terror psicológico.

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La vuelta al pasado en Angélica es ruina (la casa en ruinas, como la representación de un fantasma, ya lo hacían los neorrealistas), es pura locura consciente, es reconstruir hechos puntuales que (imaginamos) vivió su mamá. En este punto creo que la mayor fortaleza de la película radica en dejar estas situaciones como indiscernibles entre un plano imaginario y uno real, es decir, no poder distinguir si esto es imaginado por el personaje o no. Puntualmente, los dos casos más significativos son la charla con unas mujeres jugando a la canasta (por otro lado, uno de los momentos más divertidos y atrevidos del film que escapa de toda corrección y se permite un momento cómico notable) y todo lo que sucede con su amante. Pero la película pareciera abandonar toda esa potencia que la indiscernibilidad activa en uno de los planos finales donde por corte elimina a su amante, como si todo hubiera sido una construcción mental de ella. A ver: es posible interpretar que fue solo ese momento, no toda la película se arruina por un corte, pero esa decisión da cuenta de la escasa confianza que la directora le entrega al propio potencial narrativo que había creado, en definitiva todo el resto de la película nos queda pero ese corte sobrevive como un ruido que se expande. Algo de esto me recordaba a Joker, con su torpeza narrativa, que flashback de por medio, relativizaba la subtrama con la vecina y la revelaba como una invención (acaso una psicopateada total al carácter fabulador y oscuro de la potencia narrativa contra la racionalidad, pero bueno es otro tema).

En definitiva, lo de Angélica es también un cine síntoma de época. Si, una época sin certezas, en donde no se sabe adonde ir, en quien creer y en la que perder la juventud representa un problema mucho mayor que para otras generaciones. En esta clase de películas tampoco hay nobleza en el trabajo (o al menos en ciertos trabajos, de tradición más o menos liberal). O quizás directamente no hay trabajo, por lo que, consecuentemente, también la pérdida de un sentido de trascendencia hace que la cercanía de la muerte se sienta más dura, más terrible, más vacía. Sobre ese vacío gira esta experiencia de ser y no ser a la vez. Ese problema que atraviesa al personaje se expande sobre la propia película y su lugar de pertenencia entre los géneros y las tensiones de un cine de autor que no termina de definir un horizonte.

(*) Una primer versión de esta nota fue publicada en el diario de festival de Mar del Plata, en Noviembre de 2019

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