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Animales fantásticos: Los secretos de Dumbledore

Por Rodrigo Martín Seijas

Fantastic Beasts: The Secrets of Dumbledore
Reino Unido, 2022, 142′
Dirigida por David Yates
Con Mads Mikkelsen, Jude Law, Eddie Redmayne, Ezra Miller, Katherine Waterston, Alison Sudol, Dan Fogler, Jessica Williams, Jeremy Azis, Fiona Glascott, Callum Turner, Victoria Yeates, Poppy Corby-Tuech, Richard Coyle, Valerie Pachner, Oliver Masucci, Hebe Beardsall, Maria Fernanda Cândido, Aleksandr Kuznetsov, William Nadylam, Wilf Scolding, Maja Bloom, Paul Low-Hang, Emilia Karlsson, Dave Wong, Cara Mahoney, Sean Talo, Nick Davison, Tony McCarthy

Hechizos sin imaginación

Hay algo llamativo en la trilogía -hasta el momento, habrá que ver si hay nuevas entregas- de Animales fantásticos: a pesar de estar situada en el mundo de magos inventado por J.K. Rowling, su mejor personaje, por lejos, es un muggle, es decir, alguien que no puede conjurar magia. Nos referimos a Jacob Kowalski, el panadero interpretado de forma estupenda por Dan Fogler, un tipo común y corriente, de la clase trabajadora, cuyo asombro es constante, pero también su inclinación para la aventura y el amor, incluso cuando todo parece estar en contra suyo. El triunfo de este personaje es, paradójicamente, la derrota del universo que lo rodea, donde los magos protagonistas no llegan a ser personajes con la profundidad requerida, un mal que persiste en la tercera parte de la saga.

Es que Animales fantásticos: los secretos de Dumbledore es una película a mitad de camino, lo cual la hace tan interesante como insatisfactoria. Es un híbrido repleto de contradicciones, donde se percibe la huella autoral de Rowling, pero también la mano de Steve Kloves en el guión para hacer todo más ordenado luego de los desbalances de Los crímenes de Grindelwald. Es también un relato que quiere construir algo propio sin perder de vista los lazos con materiales previas, con una estructura narrativa coral, donde confluyen tramas y subtramas de diversa índole, pero también focalizada en un solo personaje. Y que cierra conflictos hasta cierto punto, porque también se preocupa por dejar la puerta abierta a futuras entregas, lo cual la convierte en una potencial despedida, pero no definitiva. ¿Cómo llevar adelante esta ensalada de propósitos?

Hay que reconocer que el film porta una cierta elegancia, no solo estética, sino también narrativa y de puesta en escena, que habla de sus ambiciones y virtudes, pero también de sus limitaciones. Un ejemplo cabal de esto es la primera secuencia, un diálogo en una cafetería entre Dumbledore (Jude Law) y Grindelwald (un Mads Mikkelsen perfecto) que tiene una carga de tensión importante que no llega a estallar. Es una escena que parece salida de un drama británico bien académico, donde los conflictos no resueltos de un pasado tan idealizado como tormentoso alimentan el choque del presente. Allí se explicitan quizás demasiado ciertos dilemas e intimidades, aunque con una sutileza y contención en las actuaciones que lleva todo a buen puerto. Ese es el punto de partida para una lucha de poder en la que Grindelwald va ganando terreno y aliados con el objetivo de liderar el mundo mágico en una guerra total contra los muggles, mientras Dumbledore recluta a Newt Scamander (Eddie Redmayne) como parte de un escuadrón encargado de arruinarle sus planes.

En Animales fantásticos: los secretos de Dumbledore se busca delinear una reflexión sobre el amor y sus distintas facetas trágicas, pero también armar un thriller político y de espionaje que no deje de lado la aventura, el aprendizaje y la comedia física que ya venían de antes. Son los últimos elementos son los que funcionan mejor y se exhiben más aceitados, aunque tengan, paradójicamente, el menor espacio dentro del argumento. La película explicita en demasía su alegoría sobre el nazismo, donde Grindelwald viene a cumplir el rol de un Hitler en ascenso mediante manipulaciones ideológicas e intrigas palaciegas de todo tipo con el fin de desatar un exterminio planificado. Asimismo, su voluntad por darle mayor protagonismo a Dumbledore les quita peso a los demás personajes, especialmente a Scamander, que queda reducido a una herramienta más del guión, sin un recorrido distintivo, aunque protagonice una secuencia de escape que está entre lo mejor del film. Encima, esos “secretos” de Dumbledore, que lucen tan decisivos desde el título, son revelados demasiado rápido y finalmente no tienen tanta incidencia.

A pesar de que procura construir un arco narrativo repleto de referencias y seres distintivos, lo de Animales fantásticos: los secretos de Dumbledore termina siendo bastante ínfimo e inocuo. Incluso la corrección y elegancia de su puesta en escena le quita la chance de erigirse como un film original dentro del mainstream. Su despliegue de trucos visuales no alcanza para convertirlo en un espectáculo realmente atractivo y sus resoluciones, entre previsibles y facilistas, dejan bastante que desear. Aunque claro, lo de Kowalski/Fogler vuelve a ser notable y nos recuerda que la magia pasa por lo humano, por el asombro espontáneo y no por la acumulación de estímulos visuales.

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