Aterrados
Argentina, 2017, 87′
Dirigida por Demián Rugna.
Con Maxi Ghione, Norberto Gonzalo, Elvira Onetto, Demian Salomón, Agustín Rittano y George Lewis.

Un cine nacional

Por Federico Karstulovich

Siempre me pregunté, como amigo (no me gusta decir fanático, sino amigo, porque te habla de una relación de entendimiento no de devoción) del género de terror por qué para algunas partes, regiones, culturas del mundo el género resulta más pregnante mientras que para otras se trata de un exclusivo motivo de burla, mofa, satira. En alguna medida siempre me di una respuesta a mi mismo pero no supe cuán acertada era: gran parte de los paises, culturas, regiones que tienen una relación relativamente fluida y rica con el terror en alguna medida también tienen una relación con los mitos o al menos con el potencial de inventar/descubrir/desarrollar mitologemas. Buena parte del cinismo argentino, buena parte de la llamada “viveza criolla” como reconocimiento idiosincratico atenta contra la necesaria suspensión de la incredulidad que demandan los mitos.

El cinismo trabaja con el doble sentido. Pero no con la ambigüedad, sino con el sentido escondido. El doble sentido de los chistes (al que Osvaldo Lamborghini alude cetralmente en esa obra maestra que es La causa justa, en donde el doble sentido y la incapacidad de comprender un significado oculto detrás de las palabras deriva en una tragedia) es distinto a la ambigüedad. Ambiguo es el fantástico, del cual se supo nutrir la literatura argentina (y parcialmente el cine) durante años, con Jorge Luis Borges como responsable de esa construcción minuciosa, que logró hacer de la llanura un sistema de mitos, leyendas y posibilidades narrativas. Cínica, en cambio, supo ser siempre la relación del cine argentino con el terror. ¿Por qué? Por lo que mencioné al inicio: el doble sentido del chiste criollo no habilita la duda, no permite la irrupción del horror de no saber, porque siempre la avivada juega a descartar la doble lectura. Siempre, en tanto haya doble sentido, la viveza criolla tiene una respuesta para dar. No hay dos sentidos, sino siempre uno, el segundo (de hecho contamos con una extensa tradición de comediantes que han vivido de esta lógica durante décadas). Y esa certeza, como toda certeza, no solo destruye la duda sino que también arrasa con el misterio. Esto, estimados, no es otra cosa mas que una práctica cultural. Ese sustrato, que nos resulta simpático y caracteriza a una cultura narcisista u auto indulgente con sus limitaciones como la argentina nos trae problemas cuando queremos establecer un diálogo con géneros cuya codificación no parte de los mismos presupuestos culturales que los nuestros.

Es asi como llegamos al cine de terror argentino, que durante años solo pudo proponerse visitas al género desde una perspectiva bufona. La comedia, en este sentido, entonces, no resultaba apaciguante de una angustia (¿Cómo narrar desde un género en particular?), no era un comentario a una tradición propia y enraizada, como podría ser la operación que hace Sam Raimi con el terror al encarar la saga de películas de Evil Dead (particularmente la segunda, que en Latinoamérica conocimos como Noche Alucinante), sino un atajo, una salida por los laterales. El humor, entonces, no resultaba un complemento sino un desprecio por el género. Y no, no me refiero a los experimentos underground de mediados de los 90’s como Plaga Zombie, donde claramente hay un acercamiento amoroso al género aunque sea con pocos recursos y mucho entusiasmo.

No obstante, con los años algo de esa presencia de la comedia fue menguando en pos de un acercamiento más “serio”. Ahí reapareció el componente de la mitología y la leyenda. Y como le sucedió a otros casos de experiencias con los géneros desde cinematografías periféricas (pensemos en el terror ibérico, en el francés, pero también en el Spaghetti western, por mencionar), lo primero que había que hacer era sustitución de importaciones. O para decirlo de otro modo: copiar e integrar temas, personajes, mitologías pero sin evaluar la relación con lo local.

Al mismo tiempo, para restituir las preguntas que demandan los mitos y las leyendas, también debe existir un espacio, un modo de abordarlo y una comunidad con personajes que lo habiliten. Uno de los pocos que supo pensar en esto fue Mariano Llinás a la hora de organizar sus ficciones (desde Balnearios a La Flor), pero mas cercano al cine de aventuras. Quienes no supieron hacerlo fueron los hermanos Onetti cuando simplemente trasladaron una mitología a un espacio local, como lo hicieron con Los olvidados en relación a La masacre de Texas. Puro terror de sustitución de importaciones.

Entonces estamos frente al problema: el cine de terror argentino necesitaba de algo más que solo pericia técnica (algo que en el trayecto de los últimos 20 años parece haberse zanjado con bastante claridad). Precisaba de mito, de misterio, de ambigüedad, de irresolución. Pero para que existieran esas condiciones necesitaba dialogar con lo local, ser nacional no en un sentido nacionalista sino en un sentido de construcción de verosímil, de identidad sustentable de lo narrado con respecto al mundo que narra.

Toda esta larga introducción viene al caso para preguntarse por la irrupción de Aterrados a la escena del terror argentino, cada vez más seguro de sus pasos, aunque esto no signifique necesariamente que esos pasos sean buenos. Básicamente porque una cosa es forzar una mitología y otra es hacerla emerger, encontrarla, pensarla. Y si algo hace distinta a la película de Demian Rugna es que logró encontrar la manera de responder al problema de la identidad, de lo local y de la relación de ambos problemas con la configuración de un mundo posible y creíble. La respuesta para que de a poco comience a visibilizarse esa mitología, no proviene de leyendas ancestrales, ni de libros prohibidos ni de pactos con el demonio (subterfugios a los que supo apelar el mal terror argentino para configurar eso que no puede: el misterio), que son pasos en falso sin sustentabilidad. No, Rugna encontró, de manera borgeana, algo todavía peor a la hora de forjar el mito: la comprensión de que en los intersticios de lo cotidiano es en donde esa mitología se hace más fuerte, precisamente porque en esos intersticios es donde vive la ambigüedad, la ambivalencia que el género demanda. Y Rugna encuentra ese Aleph en el conurbano, en las casas de familia, en una calle de casas de clase media, en una hora específica del día, en una serie de relaciones entre los vecinos. Son pocos los espacios que muestra pero lo suficientemente potentes como para que esa mitología inexplicable, de almas que se trasladan y se materializan mediante fuentes de agua, emerja con fuerza.

Pero no se trata de una película de un solo movimiento. En Aterrados hay un segundo componente, que es el de la recuperación de la duda frente a lo desconocido. No solo vemos a personajes que creen en hechos sobrenaturales sino que también experimentamos con personajes descreídos el reingreso a un mundo de interrogantes, de dudas. El personaje del policía que interpreta Maxi Ghione carga con esa responsabilidad. Si, me podrán decir que no tiene nada extraordinario que el género no haga en otras circunstancias como es poner a un personaje descreído frente a un contexto en el que debe creer en hechos sobrenaturales sin explicación. El tema es que este factor no es menor en el contexto del terror argentino. Como si, en alguna medida, el género volviera a precisar de cierta inocencia. O para decirlo mejor: el cine de género en Argentina necesita volver a la ambivalencia. Por eso no puede ser sino motivo de festejo que con muy poco Rugna encuentre un espacio, un tiempo y unos personajes que enfrentan a un problema y que no lo resuelven. Y en buena medida eso también habla de una relación con el terror. Si bien el desenlace apoteótico no parece ser muy ordenado y cohesivo con el tiempo y paciencia con el que la película construye ese mundo de posibilidades que presenta, tampoco podemos decir que esté mal. Y es que ese mundo del conurbano en el que los ruidos de una obra menor en la casa de un vecino pueden confundirse con un cráneo golpeando una pared o en el que un niño recién atropellado y enterrado puede volver con su madre porque no tolera estar lejos de casa o en el que una presencia inquieta las noches de insomnio de un hombre alterado, en ese mundo, no parece haber restitución posible de ningún equilibrio.

Algo del final de la película parece decir menos sobre la historia en si que sobre un comoponente que lo excede, como si en el final de Aterrados se configurara también la posible premisa de partida de una serie futura, sobre un grupo de expertos que se dedica a recorrer la provincia de Buenos Aires en busca de hechos sobrenaturales. En esa premisa, en ese punto de partida, hay una confianza borgeana en los relatos, en las posibilidades que estos puedan expresar las potencias identitarias de una comunidad en un tiempo determinado. Curiosamente, mediante un género no especialmente mimético con lo real para el cine argentino, Rugna acaba de abrir una puerta para repensar las condiciones de eso que llamamos realismo. Justamente a partir de extremar las posibilidades que, a primera vista, parecían cuestionarlo. Los géneros también descubren mundos, incluyendo el propio, al que miramos bastante poco.

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