Atlantis

Tiempo de lectura: 2 minutosAtlantis

Por Diego Maté

Ucrania, 2019, 108′
Dirigida por Valentyn Vasyanovych
Con Andriy Rymaruk, Liudmyla Bileka, Vasyl Antoniak

Gravedad

Van algunos minutos de Atlantis y el director Valentyn Vasyanovych nos habla de una distopía mugrienta, nos vende encanto de las ruinas, un país de las últimas cosas. Es 2025 y Ucrania ganó hace años la guerra contra Rusia. La región en la que vive el protagonista, un veterano, es un despojo terrestre, una planicie helada sembrada de cuerpos, minas y restos de lo que alguna vez fue una pequeña ciudad. Vasyanovych promete un páramo gélido, distante y desconsolado en el que los seres son apenas puntos diminutos perdidos cada uno en su pequeña tragedia personal; un cine de escala no humana, digamos. La cosa tiene su atractivo, bueno, compramos. Los planos amplios, largos e hipercalculados juegan a tramar hilos secretos con los desiertos espirituales de Tarkovsky, las intemperies de Sharunas Bartas o la desolación cool de Alexsei German jr. Pero el director siente que el asunto no termina ahí, que la película se le queda corta, se le enfría, y decide hacer aparecer aquí y allá chispazos de emotividad, de gravedad, de denuncia. Hay que ponerse serios, y para evitar cualquier posible desvío cinematográfico, está el dato duro de que todos los personajes están interpretados por ucranianos que combatieron o hicieron el servicio militar.

Sergy y su amigo, también veterano, llevan a duras penas la vida civil. Cada uno enloquece a su tiempo y a su propio modo pero los dos lo hacen con estruendo, no sea que se escape el comentario. Después llega una chica y la fuga posible de una relación. Vasyanovych tiene que balancear entre el proyecto de filmar la desolación anunciada al principio y contar una historia sobre los recomienzos; jugar al paisajismo mientras se narra a escondidas. El giro tiene algo de traición: uno se prepara para un cine de escombros, y del montón de ruinas se termina escuchando a la película susurrando dramas humanos en tiempos de guerra (en realidad, hay que decirlo, ya algo de esto estaba larvado al comienzo, cuando los dos amigos practican tiro al blanco y se golpean y gruñen para indicar que sufren alguna especie de estrés postraumático). Los viajes de Sergy arriba de su camión cisterna vienen a explicar entonces la naturaleza cruda de la victoria: hay cadáveres de soldados con signos de tortura, restos de lo que parece haber sido la casa familiar e indicios de una contaminación ambiental irreversible. Guarecida bajo el paraguas del antibelicismo, la película parece ahora cómoda y segura, calentita, protegida contra las inclemencias de un cine mineral e indiferente en el que nunca creyó demasiado.

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