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Bafici 2018 – Diario de festival (1)

Por Marcos Rodríguez

Caminando con las fieras

Por Marcos Rodriguez

Tarde o temprano (en este caso, temprano), durante todo festival de cine al que asisto llega un momento en el que me encuentro sentado en una sala de cine mirando una película que puede ser mejor o peor pero que me resulta profundamente deprimente. Porque, me doy cuenta, este festival me tiene medio mal. Con los años (de vida, de festivales) uno termina por entender que lo deprimido es uno, y no lo que tiene alrededor, con lo cual es posible que todo lo que diga, piense o sienta peque de invalidez.

De todas formas, más allá de las tendencias anímicas propias o inducidas, creo que algo esencial en esa experiencia es verdadero. Al actual director del BAFICI le gusta decir que “festival” viene de “fiesta”, y que un festival de cine debería ser un lugar de encuentro y celebración. Es cierto. Pero es igual de cierto que quienes cargamos con lo que podríamos llamar el virus del cine, esa voz insidiosa e ineludible que nos dice que hay que aprovechar, que se pasan los días y no podés dejar de ver esta o aquella película, que no importa no dormir, comer tarde y mal, atosigarse de películas en un hilo continuo e indiferenciado siempre con la certeza, la promesa, la posibilidad de que la próxima película sea la maravilla que estábamos buscando, la experiencia de un festival también supone otra cosa. Sospecho que solo quienes viven el festival de forma lateral o social (o sea, los que ven una o dos películas, los que asisten a las fiestas, eventos y esas cosas que leo que existen durante el festival pero que nunca rozo siquiera) pueden vivirlo verdaderamente como una fiesta. Para los que lo vivimos como una obsesión (y esto no está dicho con un orgullo secreto, sino todo lo contrario), un festival de cine es un agujero negro que nos succiona con horarios apretados y directores fortuitos que nunca más vas a volver a ver y, con suerte, nos escupe del otro lado un poco más destruidos. Algo nos arrastra a pasar día tras día encerrados en un sótano, literalmente.

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Esta destrucción es la que hace que, atorado de películas y con falta de sueño, termine por reaccionar frente a lo que está en pantalla de una forma totalmente sensorial y emotiva. Todo me desborda. Es algo que no ocurre en ningún otro contexto. También eso lo agradezco.

En estos dos primeros días de BAFICI me crucé, por los caprichos de la programación y del deseo, con dos animales que acechaban ya desde el título: Le lion est morte ce soir y A Tiger in Winter. Respectivamente, en francés e inglés: “El león duerme esta noche” (y no “está muerto”, como creí originalmente) y “Un tigre en invierno”. Título en inglés para película coreana. Título en francés para película francesa pero de director japonés (afrancesado). Dos películas hermosas, por razones diferentes.

La de Suwa (la del león) resultó mucho más interesante de lo que esperaba, no porque Suwa no me augurara buenos presagios (vi poco del hombre), sino porque la idea de una película en la que se filma una película, en la que actúa Jean-Pierre Leaud y en la que se reflexiona sobre la muerte (y, entiendo, sobre la muerte del cine) no parecía prometer demasiado. Sin embargo, queremos tanto a Leaud, y había muerto tan bien ya en La muerte de Luis XIV, que había que verla. No sé si la muerte del cine importa demasiado. Tampoco sé demasiado bien sobre qué reflexiona Suwa. Lo mejor de la película es, precisamente, el grado (sutil) en el que resulta desconcertante, la libertad que se toma para ir de un lado a otro, de un personaje a otro, para pasar de un tono oscuro y melancólico a unos nenes luminosos y bastante opacos, en los que la película se vuelve espesa porque pierde un poco su rumbo.

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La coreana (la del tigre) me produjo el placer de la náusea. Encuadres perfectos, una imagen impecable. Pero, sobre todo, mucho más que eso. Todo está bastante regado de soju, eso siempre se agradece. Puede ser que haya, como escuché por ahí, algún eco de Hong Sang-soo, pero eso no importa. La angustia que corre como veta abierta por toda la película es implacable, imparable y explícita. Su peligro acecha en cada esquina.

En las dos películas las fieras andan sueltas. El tigre y el león. El león y el tigre. Al principio parecen más bien elementos poéticos. El león aparece en la canción que cantan Leaud y los nenes. El tigre resuena a lo lejos y se lo menciona en los noticieros, es la amenaza latente. Pero también es un nene con una máscara. Aparece entre los arbustos. El león estará dormido en la selva, pero también sale a pasear por el pueblito del sur de Francia donde transcurra la película.

Es innegable que los animales fueron convocados como metáfora. Pero también aparecen ahí, como criaturas frente a otras criaturas en la pantalla. Hay algo de lo alegórico dando vueltas pero lo más interesante de las dos películas es que se permiten ser lo que son, sugerir mucho más y también liberarse de ideas simples de lo verosímil o lo lógico o lo prudente, para que nosotros podamos pasear un poco con nuestras bestias.

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