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Bafici 2018 – Diario de festival (5)

Por Marcos Rodríguez

Injusticias

Por Marcos Rodriguez

Cada vez estoy más convencido de que un festival de cine es el peor contexto posible para ver una película. Sí, sí, en muchos casos es prácticamente el único contexto posible para verla y en muchos otros es la única forma de poder ver ciertas películas en una sala de cine. Igual. Que sea la única opción no quiere decir que sea ideal.

Cuando uno asiste a un festival de cine, primero, lo rodea una parafernalia infinita, que incluye expectativas, recomendaciones, charlas con amigos, textos de catálogo y hasta presentaciones en vivo. Segundo, por lo menos en mi caso, cuando uno asiste a un festival de cine, en general está sometido a un ritmo insano de consumo de películas, que puede arrancar temprano a la mañana y terminar a la madrugada del día siguiente, que puede incluir cine experimental y del otro, que puede llegar a incluir también películas cuya duración supera los límites de la sanidad mental. Todo esto sumado a distintas formas de ayuno y privación del sueño, y diferentes estímulos que por lo general resultan en una alteración en la forma en la que uno percibe una película.

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Todo esto para decir que finalmente en el 20 BAFICI vi por primera vez una película de Philippe Garrel, La Jalousie. Ni siquiera es una de sus películas más viejas y experimentales, esos tesoros recónditos que al parecer ofrecen tanta aspereza y tanta recompensa. No, es de las últimas, 2013, con el hijo que ya es un chabón hecho y derecho (una especie de Robert Pattison alargado), cortita, concisa, simple. No sé si será representativa o no de la filmografía de Garrel, pero el universo es grande, los “autores” cada vez son más y mis días tienen una cantidad de horas limitas (y están, a su vez, contados). No creo que le dé una nueva oportunidad a Monsieur Garrel.

Sospecho que si hubiera visto La Jalousie en el contexto de, por ejemplo, los estrenos de cualquier jueves, posiblemente me hubiera detenido con cierto deleite en la suntuosidad con la que Garrel filma los primeros planos, en el ritmo tranquilo, en la narración cotidiana, no sé. Seguramente habría podido sopesar con mayor justeza y precisión sus méritos, que no han ser pocos. Ahora, vista como lo vi, lo único que puedo decir es que creo que es la película más francesa que haya visto en mi vida. Dicho esto no como un halago. Hollywood ya no necesita fabricar parodias del cine francés, basta con que vea La Jalousie: tiempos morosos, conflictos amorosos, blanco y negro, diálogos deprimentes, hombres y mujeres fumando y pensando, sexo e infidelidades tomadas como una taza de café, no sé… ¿Qué otra cosa podría pensarse?

Hay otro efecto que ocurre cuando uno ve películas en un festival. Una tras otras, las películas empiezan a apilarse, a rozarse entre sí. Los títulos que uno vio y que probablemente guíe el azar (de la programación, de los intereses, de las posibilidades concretas) terminan uno al lado de otro en ese historial de visionado que cada vez se vuelve más difuso y que hace que uno se vea forzado a asociar una cosa con cualquier otra. Tal vez no sea justo comparar esta película del venerable Garrel con esa ópera prima de un taiwanés al que sí se le ocurre qué hacer con la cámara, o con ese mexicano experimental que vivía en París y murió hace más de 20 años. Seguro no es razonable. En ningún otro contexto aparecerían esas comparaciones. En un festival, lo que nos fascina nos arrebata y lo que empieza ya a aburrirnos nos resulta insoportable. No es lógico exigir que las películas respondan a ese nivel de exigencia y, sin embargo, es el propio festival el que genera ese aire mágico e irrespirable.

Si uno quiere ver una película con equidistancia y justeza, no tiene que verla durante un festival. Pero, por otro lado, ¿estamos seguros de que es eso lo que queremos? ¿La validez de un juicio es lo que lo justifica?

Los libros de historia los va a escribir otro. Las opiniones se las lleva el viento. Pero las chispas que aparecen cuando uno frota películas de forma inesperada, esos encuentros de algo con otro, el haz de luz que creemos vislumbrar entre pasillos y butacas (y que probablemente sea una quimera), ¿no es eso lo que buscamos, lo que luchamos por intentar atrapar en un texto? ¿A quién le sirven las escalas de valor preciso y la descripción meticulosa? Pero las chispas, esas chispas son otra cosa.

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