Enemigos

Por Marcos Rodriguez

Distintas circunstancias de la vida (eso que pasa afuera de la sala de cine)  me llevaron a disponer de una cantidad muy limitada de horas que entregarle a esta nueva edición del Bafici, la número 21 (entre paréntesis: tan pero tan malos los cortos institucionales; paréntesis dentro del paréntesis: o hacés algo con onda de verdad, o que por lo menos trata de tenerla, o directamente no hagas nada, total ya todos sabemos dónde estamos sentados). Cuestión que me encontré en la inesperada circunstancia (o, por lo menos, inédita para mí) de que en los primeros tres días del festival había visto únicamente tres películas, a razón de una por día. Razonable, dirían algunos. Ya quisiera yo poder ir tres días seguidos a un festival de cine, podrían decir otros no sin razón. Yo lo llamaría, simplemente, un promedio modesto. Con resultados también modestos porque, como decía, limitado en horarios, el criterio de selección fue simple: lo que sea que dieran a esa hora en la sala a la que podía asistir. Uno puede encontrarse con sorpresas, pero en general no es la mejor táctica.

Llevo años ya cobijado en la idea de que un festival de cine no es el mejor contexto para ver una película: solemos ver demasiado, el sueño tiende a ser escaso (lo cual hace que la paciencia sea más escasa aún), la programación azarosa de nuestra grilla (superpuesta a la programación ecléctica de un festival) obliga a que en nuestra mente se rocen películas que no tendrían que ir necesariamente juntas, en fin… Para el espectador (o cierto tipo de espectador) el festival es un ambiente un tanto insano y, suponía, eso terminaba por producir reacciones un tanto injustas. No sé cómo nació esta idea ni cuándo, pero la tenía ahí dando vueltas en mi cabeza (y calculo que en algún texto de los que fueron saliendo por el camino). Supongo que nació de una evidencia que uno encuentra festival tras festival: películas durante las que uno no podía estarse quieto en la butaca a causa de la irritación y que, al pensarlo un poco más en calma, capaz que no eran para tanto; y su opuesto: entusiasmos casi místicos con cosas que después resultaban más bien rancias. El que esté libre de pecado, que arroje el primer catálogo.

Este año, muy a mi pesar, pude comprobar el error de esa pequeña idea que, confieso, venía nutriendo como pequeño brote que germinó desde una semilla de nada. Como decía, en tres días pude ver tres películas, un número que, a pesar del contexto del festival siempre un tanto ajetreado, debería permitirme sopesar las bondades y las fallas de cada una de ellas de manera razonable. Pero descubro que ese es el problema: películas razonables vistas de manera razonable no producen más que resultados razonables. ¿Y a quién le interesa eso?

Yo no sé qué va a buscar la gente respetable a un festival de cine, si es que de hecho se acerca a uno, pero tiene que ser algo más que simplemente poder acceder a algunas películas (que, por otro lado, paréntesis, paréntesis, paréntesis, hoy en día más o menos que podemos acceder a todo en cualquier momento o, si no es el caso, por lo menos podemos acceder a muchas más cosas de las que nos da la vida para ver). Si atravesamos las puertas del Bafici solo para encontrar películas de procedencias más o menos exóticas, temáticas más o menos marginales (¿aunque cuánto hoy en día?) o solo cosas que no vemos normalmente en una pantalla de cine comercial durante el resto del año, y somos capaces de ver un poco y evaluar con justeza, nos estamos perdiendo de algo. El festival, el verdadero festival, produce un excedente de sentido: ese margen de locura, de injusticia, de fanatismo u odio posiblemente inmerecido pero que nos acerca un poco (aunque más no sea de forma efímera) al corazón palpitante e impalpable de eso que llamamos cine. Eso que amamos.

Lo demás es cháchara y catálogo.

A los bifes, por si alguien todavía esperaba leer algo como una reseña sobre lo visto. The Scoundrels está bien, es una película linda, un esfuerzo noble, que tal vez emociona más por lo que promete que por lo que finalmente logra. Hay un cierto acartonamiento de cine “correcto” (incluso en una película de acción que se las juega en varios momentos por jugar a la inventiva visual) y tal vez no sea justo hacerla convivir con el fantasma del viejo y querido cine hongkongés (¿alguien dijo To? Si no, deberían hacerlo) pero bueno, este joven director taiwanés decide seguir ese camino y no podemos sino quererlo un poco por eso.

Minuscule 2o cómo se llame está muy linda. No había visto la primera parte, no creo que sea importante. Se notaba, sí, en la película un cierto cansancio, la necesidad exterior (no propia de lo que se estaba contando, sino de algo más bien de producción, como el hecho de que se trate de una secuela, cosa que en su momento yo no sabía) por buscar algo “diferente”, que se resuelve de una forma más o menos arbitraria y simpática de derivar el argumento desde el sur de Francia hacia Guadalupe, con paisaje y bichos exóticos. Lo que importa, de todas formas, es la inventiva con la que se narra, la expresividad deadpan, la imaginación libre que parece tanto más libre por el espacio pequeñito que ocupa en una película de animación filmada en el mundo “real”, digamos. Preciosa por lo mucho que hace con voluntariamente tan poco.

Finalmente, God of the Piano, una película israelí, supongo que se la llamaría un “drama”, sobre mujer reprimida y controladora, ex pianista, con relación problemática con papi, marido, hijo, amante, básicamente asumo que con cualquier hombre a su alrededor, sobre todo dada la notoria y casi absoluta ausencia de cualquier otra mujer. Bien actuada. En varios momentos de la película, el personaje del padre (ese supuesto dios terrible de la familia, que resulta más bien un tanto ridículo pero que en la película nadie cuestiona) dice que existen dos tipos de músicos: los compositores y los técnicos. Es decir: los que tienen talento e inspiración, y los que pueden aprender la técnica musical pero nunca van a lograr crear nada realmente genial. Pocas veces vi una película con una autoconciencia tan clara. Podés hacer una película como corresponde, pero el cine es otra cosa.

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