“Los chicos están bien”

Por Diego Maté

Cualquiera que haya ido al festival lo sabe. Cada año, el Bafici trastoca la rutina de todos los días y el tiempo adquiere otra textura: las horas se miden en duraciones de películas, se come (cuando se puede) entre funciones, se duerme poco y mal y hay encuentros con amigos en cualquier momento. En mi caso, por alguna especie de maldición o de coincidencia (maldita, en todo caso), el Bafici se solapó con internaciones y operaciones de mis padres, casi ninguna de ellas programada. Después de cuatro o cinco ediciones así, mi experiencia del festival se mezcla con la de los cuidados de la enfermedad: la visión de las películas queda sujeta a los horarios de visita, el cronograma de funciones se vuelve altamente falible, se escribe a hurtadillas y de manera entrecortada (por ejemplo, cuando la persona a cuidar descansa). Para confirmar el historial de coincidencias, este año mi viejo se tuvo que internar a pocos días de empezado el festival. Le detectaron un problema y había que operarlo: la cosa no era grave, pero todo se extendió de un par de días a una semana. Al igual que otras veces, el Bafici se me redujo notablemente. 

Una de las películas que pude ver en sala fue We Are Little Zombies. La película apela a distintas formas de nostalgia: una, la más evidente, a la década de los 80, que es vehiculizada por la batería de referencias y de recursos (sobre todo sonoros) a los videojuegos de la era 8-bit. Otra, tal vez menos visible pero igual de potente, reenvía a los 60: es el tema de la orfandad, que aparece con una fuerza inusitada en los inicios de la modernidad, cuando el cine intenta despegarse del clasicismo y quiere reinventarse. Se trata de un tema generacional, casi de época, que se materializa a su vez en muchas películas y de diferentes maneras, por ejemplo, en Los 400 golpeso en Alicia en las ciudades. El vínculo de WaLZcon esa primera modernidad se cifra en torno de las estrategias que despliega para dinamitar el relato y la puesta en escena y transformarlos en insumos para el juego de formas. La historia sigue a cuatro chicos que pierden a su familia el mismo día: la tragedia los reúne y hermana, los empuja a una extraña forma de comunidad. El grupo vaga, explora, se divierte o medita sobre su situación: huyen como pueden de la tristeza ayudados por el tono lúdico con el que la película los rodea y protege. Los chicos arman una banda y de la noche a la mañana se vuelven ídolos pop. Las canciones son extraordinarias y condensan la desolación que hasta ese momento Makoto Nagahisa había disimulado con juegos y autoconsciencia. De allí en más, la película se vuelve un largo viaje personal que culmina cuando los chicos son capaces de aceptar su condición de huérfanos, reconciliarse con el recuerdo poco grato de sus familias y empiezan de nuevo.          

Las películas nos tocan por toda clase de motivos imposibles de enumerar. Para mí (el lector sabrá disculpar el retorno de la primera persona, pero el formato del diario me ampara), WaLZrecordaba que quedarse sin padres puede sucederle antes de lo pensado a cualquiera, a esos chicos, a mí. Algo del tono festivo de la película se disipaba: los protagonistas tenían que sobreponerse a un cambio que muchos no estamos en condiciones ni de imaginar. El aire de intemperie que se graba en el cuerpo y en la mirada de los chicos no impide que la película asuma para sí un gesto profundamente vital: la nostalgia evidente de la primera mitad deja paso en la segunda a una potencia narrativa que modela la transformación del grupo. Los protagonistas aceptan el destino que les tocó en suerte y la película sugiere que lo peor ya pasó, que los lazos entre amigos sirven para ensamblar familias nuevas, lo que les espera puede parecerse a la felicidad. Y mi viejo ya está en casa.

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