(Paréntesis)

Por Marcos Rodriguez

Un hombre está sentado frente a una pequeña mesa (la recuerdo redonda, podría haber sido cuadrada) junto a una ventana. Termina de leer algo en un libro, lo cierra y apoya sobre la mesa en cuestión (ya sea redonda o cuadrada) y se gira con gesto decidido hacia una copa en la que hay servido un fondo de vino tinto, que venimos viendo desde hace unos instantes porque la copa está encuadrada de tal forma que llama la atención. ¿Qué hace esa copa ahí? ¿Por qué fue posada sobre la mesa redonda o cuadrada, ahí tan primorosamente encuadrada, sin ninguna función en los largos instantes que preceden al momento en el que el hombre finalmente baja el libro y gira con gesto decidido para tomar la copa y tomar un trago? El hombre levanta la copa, toma ese fondito tan solitario entrecerrando los ojos y después vuelve a apoyar la copa (ahora vacía) sobre la mesa redonda o cuadrada y gira la mirada hacia la ventana, hacia afuera a través de la ventana, donde se pierde su mirada perdida en un horizonte imaginado. El hombre en cuestión es el director de esta película, un documental español. El hombre aparece en la película no porque tenga ninguna particular relevancia en lo que se va a retratar: la vida y el recuerdo de un viejo (y casi olvidado) maestro de la pintura, sino porque quiere estar ahí. Hay un supuesto hallazgo que justifica todo: material fílmico documental que se registró en los últimos años de vida del pintor y que de pronto aparece, aunque en rigor de verdad no estaba perdido. Aparece en la vida de este buen español, que a partir de este hallazgo decide realizar una película (el presente documental) y, al parecer, decide que también es fundamental para que este documental exista contar cómo fue que encontró este material que no estaba perdido y no solo eso, sino directamente meterse en la película de cuerpo entero, con autoplanos, viajes en transporte público (porque el buen español tuvo que viajar para hacer esta película) y una copa de vino. Ahí apoyada sobre una mesa redonda cuadrada, a la espera del momento en que el director finalmente dejaría de concentrar exclusivamente su atención en el libro que supuestamente está leyendo (un libro sobre el pintor) para pasar a concentrarse en la copa, que será finalmente levantada de la mesa redondacuadrada para cumplir de una buena vez la función gracias a la cual llegó a la pantalla y a nuestras vidas. Un buen libro. Un buen vino. Una buena ventana para poder perder nuestra mirada en un horizonte imaginado, con pensamientos imaginados.

No vamos a concentrarnos en la evidente falsedad de este pequeño momento íntimo, que se encuadra en lo que se supone es un documental. ¿A quién le importa que le mientan un poco en un documental? No, no es la puesta en escena lo que me perturba en este rincón redondocuadrado (desprolija, un tanto mal actuada) sino algo mucho más fundamental: su radical asignificancia. ¿Qué hace esa copa ahí? ¿Por qué nos obligan a mirarla? ¿Cuáles fueron los caminos del capricho que llevaron a esa pequeña y recóndita copa a la superficie de una pantalla en el 21 edición del Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente para que la viéramos ahí paradita, esperando la pobre a que alguien se terminara ese fondo? ¿Viene a decir algo? ¿Aporta siquiera una asociación de algo? Porque no se trata tampoco de una pieza de diseño de arte, puesta ahí porque había que llenar el espacio. La copa está ahí, encuadrada, sobre la mesa, y durante unos instantes el director, que es lo único que tenemos para ver en este bendito plano, se concentra en ella, al parecer disfruta el vino, se concentra en ella y nosotros con él en ella y la copa pasa a ser, durante unos instantes fugaces, el centro de un plano, el centro de una película que está ocurriendo en ese plano. El centro del cine que tenemos frente a nuestros ojos. Mucho peso para un cristal que no parece tan firme. ¿Por qué miramos a ese hombre tomar el vino? ¿Era importante su sed? ¡Ojalá! En realidad, ni siquiera estamos mirando a ese hombre beber. Lo que vemos es al hombre disfrutar una copita. No la disfrutamos con él, solo apreciamos su capacidad para apreciar el vino. De la misma forma en la que toda esta pequeña escena (chiquita, minúscula, ya lo sé, que tendría que haberse perdido en la marea tumultuosa del festival) no está puesta ahí porque diga en sí misma algo sobre nada de lo que se supone que se trata la película. La escena está ahí para que veamos que el director tiene un momento íntimo. Para que lo veamos leer, beber y mirar reflexivamente hacia el horizonte. Para que lo veamos sentir. Muy importante para el director que comprendamos que él es, por sobre todas las cosas, una persona sensible, que sabe apreciar. Que quede claro que tenemos que apreciar su apreciación. Eso antes que nada.

En fin, la película es mejor que esa escena. Pasemos a otra cosa.

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