image-w1280 (1)

Bafici 2022 – Diario de festival: The Chop Chop Show, Después de Catan, The Timekeepers of Eternity, Plan para Buenos Aires

Por Ludmila Ferreri

El eclecticismo es mi guía en el festival. Bah, no sólo en Bafici sino en varios. Por suerte, gracias a una decisión inteligente de descentrar el festival de la experiencia en salas (por suerte para quienes no pudimos estar en Buenos Aires, porque sino nos hubiéramos perdido el festival completamente), pude ver muchas cosas (algunas, como buena parte de la cobertura de la revista las van a poder leer en nuestros clásicos análisis Post festival), pero siempre con un criterio plural, abierto a las posibilidades presentadas. Mezclando cosas. Un cadáver exquisito de la cinefilia. Asi que no se asusten por el recorrido, porque no tiene ningún punto de contacto mas que hacer un slalom a lo largo de la ladera de una montaña de celuloide.

Comencé con la notable (por simpleza y efectividad sin pretensiones) The Chop Chop Show, que trae a estas tierras la tradición de Los Muppets (aunque quienes superamos los cuarenta pirulos conocimos a Carozo y Narizota) cruzada con Meet The Feebles (pero sin crimen ni sexopatía), como si también se hubiera filtrado algo de la reciente Quién mató a los Puppets? y Detective Pikachu. Y todo eso mezclado en el interior de un doc-amarillista como los de The E! Hollywood Story. Una historia de apogeo y caída para niños? Si y no. Porque en TCCS las ideas y los mundos de la adultez y la infancia conviven plenamente y se entrecruzan con soltura construyendo dos textualidades que se alimentan mutuamente. O que pueden disfrutarse independientemente. Es decir: no estamos ante un exponente de cine “intantil” sino, por el contrario, un cine que no pueriliza a sus espectadores más pequeños. Ni que expulsa a los adultos. Ni que pueriliza a los adultos. Por eso TCCS también es una película triste, sobre los sueños frustrados y sobre las amistades rotas. En este sentido, la película es pletórica en detalles mínimos de relaciones humanas que los adultos si podemos entender, pero que los niños pasan por alto. Es en ese punto que algo de todo esto nos resuena a Pixar, si, pero también a Miyazaki y al estudio Ghibli. Pero se puede tener tanta ambición cinéfila filmando en un departamento en plena cuarentena? Si, claro que se puede. La libertad no tiene edad.

Con Después de Catán es difícil no empatizar. Su director narra el recorrido de una decepción anunciada: la de la degradación de la salud de los habitantes de los alrededores de los basurales de Gonzalez Catán, en la provincia de Buenos Aires. Pero ahí donde la película pudo haber muerto en la denuncia lisa y llana, su director opta por desplazarse hacia los laterales para pensar sobre su rol como documentalista, sobre su lugar en el discurso audiovisual, y en cierta medida sobre los facilismos del cine de denuncia. Esa capacidad convierte al documental-ensayo que es Después de Catán en una película sobre las elecciones vitales y los fracasos que las atraviesan. Pero no porque se nos revele un discursillo lacrimógeno sobre las imposibilidades de hacer un cine independiente o porque se nos quiera convencer de los beneficios de la indignación ante los procesos contaminantes silenciosos. No, en este caso se nos propone establecer una relación entre lo inacabado, entre el cine de los restos, de los márgenes, de los residuos y el mismo acto de filmar documentales, de narrar con los pedazos de cosas rotas. Puede ser, ciertamente, que por momentos la película adopte un tono discursivo que no termina de ayudarla del todo a desarrollar con ciertas libertades esa melacolía que la circunda. Pero la realidad es que sus modos e ideas, si bien no son nuevos, no dejan de ser una estrategia inteligente para volver sobre lugares comunes y señalamientos que, por urgentes, no dejan de ser remanidos.

Pero si de melancolía hablamos, si de proyectos inacabados hablamos, y si de documentales hablamos, no podía perderme el breve, acaso algo convencional en sus formas, pero contundente al fin, documental sobre el proyecto frustrado de Le Corbusier para Buenos Aires en tanto diseño urbano. Plan para Buenos Aires narra un pequeño gran cuento moral sobre las ilusiones perdidas que tenemos ya no solo aquellos que alguna vez vivimos o seguimos viviendo en la Ciudad de Buenos Aires. Sino para casi cualquier habitante de Argentina que alguna vez haya quedado entrampado en esa emboscada que es la cultura argentina, que entre las posibilidades de crecimiento que alguna vez tuvo (acaso para convertirse en una potencia económica a inicios de siglo XX) y la miseria arqueológica que podemos identificar hoy (una ciudad con más pasado que futuro, que asi las cosas sigue siendo la ciudad más estimulante del país). La narrativa que oscila entre entrevistas frontales, material de archivo audiovisual y de gráfica puede no resultarnos un aporte trascendental a la historia de las formas y del lenguaje documental (es casi televisivo, podríamos decir), no obstante, en su anacronismo representativo, parece ser consecuente con ese mundo fenecido que narra, un mundo ausente de referencias en el presente. O en todo caso, con referencias que son islotes en medio de un territorio que las olvida deliberadamente. En ese trabajo en torno a la memoria perdida de un país que no fue (el que Le Corbusier imaginó para la Ciudad de Buenos Aires) y de un país que no es (el del pasado arquitectónico) viven los mejores pasajes de esta película sobre fantasmas.

Continuará…

Comentarios

Comparte este artículo

Otros ArtÍculos Recientes