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Tiempo de lectura: 2 minutosBandido

Por Mariano Bizzio

Argentina, 2021, 95′
Dirigida por Luciano Juncos
Con Osvaldo Laport, Juanma Lara, Vicky Rios, Hernán Alvarellos

La rueda, la pólvora, los inventores

No hay nada nuevo bajo el sol. O si, quién sabe. Cuando vi Bandido me vinieron varias películas a la cabeza sobre autodescubrimientos, sobre redenciones, sobre caídas, pero también sobre personajes queribles que no precisan abrir una estampida contra nosotros. No son películas que nos ataquen. No son películas que nos sometan a juicio. Son, si se quiere, películas amables, en las que el amor por los personajes lo es todo, incluso pudiendo más que cualquier demanda de originalidad.

Bandido puede parecernos, a primera vista, la antítesis de películas grandilocuentes como Gilda: no me arrepiento de este amor, como El Potro, o incluso con la sobrevalorada El último Elvis, película con la que fue comparado el film de Luciano Juncos. No. Estamos ante una película en tono bajo, con un arco dramático pequeño que demarca el retorno a las raíces y el reconocimiento de cierta forma de felicidad posible construido a partir del reconocimiento de un mundo que fue propio y que salva al protagonista de tanta ajenidad. Al mismo tiempo ese recorrido es organizado con un eje puesto en un objetivo que no elude la metáfora: la historia de la recuperación de la voz.

Si bien el cuento moral del retorno a las raíces nos puede resultar repetido, remanido, obsesivo con muchos de los peores lugares comunes, lo que hace Juncos con su película y su personaje es noble. Y lo es porque confía no en la reinvención sino en la apropiación productiva de lo inventado. No hay ni una nueva rueda ni una nueva pólvora en Bandido. Pero lo que si podemos observar es una decisión estratégica para que creamos que son los mejores inventos posibles y querramos usarlos. Esa diferencia es la que contrasta a los directores que observan la ruptura como horizonte frente a aquellos que conciben el cine como un sistema de continuidades y discontinuidades dinámicas. Desde esa solidez discursiva de corte clásico es desde donde se posiciona la película toda.

No obstante Bandido no es solo un relato clásico y efectivo. Es también la suma de algunos de sus problemas, particularmente los que hacen al verosímil de la salida del mundo del showbusiness y el retorno despolitizado hacia el mundo de la pobreza, de los festivales populares (que si bien está justificado por el puente que lleva adelante el viejo amigo del protagonista no deja de ser algo ingenuo como concepto). Otro problema aparece cuando los personajes deben discutir o gritar, ya que ese aspecto también agita los fantasmas de cierta teatralidad que solo se interrumpe cuando se da paso a los excelentes secundarios, más concentrados en que les creamos esas vidas antes que por llevar adelante la trama. En esa dirección de cosas, cuando confía en las imágenes, en la narración clásica, en la empatía de sus personajes secundarios y, fundamentalmente, en el tono bajo y cansino de un Osvaldo Laport otoñal, es cuando Bandido se parece a todo lo que hemos visto pero no se parece a nada. Parece fácil, pero no lo es.

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