Beautiful Boy: Siempre serás mi hijo (Beautiful Boy)
EE.UU., 2018, 120′
Dirigida por Felix Van Groeningen.
Con Steve Carell, Timothée Chalamet, Maura Tierney y Timothy Hutton.

Apta para todo público (con reservas)

Por Federico Karstulovich


Durante años las generaciones que nos precedieron atestiguaron el milagro del apogeo y caída de los telefilmes. Ese formato, hoy casi extinto, solo retrotrae a ejercicios extemporáneos. Formato preciado por el melodrama berreta, es decir, por el melodrama pasado por el drama doméstico de los 60s y luego derivado en mezcla con soap-opera en version reducida, el telefilm de hechos reales fue un boom algunas décadas atrás.

Pero no le echemos la culpa al formato, porque no sería justo. La televisión inglesa o la alemana, sin hacernos los rulos buceando demasiado, supo ganarse un prestigio merecido haciendo milagros con ese formato de largometrajes de 90’ con cortes comerciales. Pero al caso que me refiero es a otro. Hablo del telefilm didáctico, el que en alguna ocasión supo ser parodiado con el mote La enfermedad de la semana (en vez de La película de la semana, que refiere a una modalidad en la que la TV se mostraba como curadora de materiales para un publico distinguido). Hay que retrotraerse a la excelente A deadly adoption, telefilm con Will Ferrell, que nos deja con la duda de estar ante una parodia o ante un anacronismo de formato y género. Bueno, ni el telefilm como formato ni el telefilm didáctico tienen hoy un lugar en la tv ni función alguna. Pero las cosas se transforman.

Beautiful Boy – Siempre serás mi hijo (el nombre local no podría ser más condescendiente) parece encarnar a todos aquellos exponentes del género y formato, como si estos volvieran del más allá para cobrarse la venganza por tanto desprecio junto. Pero la realidad es que en esta película mediocre no hay nada parecido a la conciencia de si, ni de la tradición en la que se reconoce. En todo caso, de haberla, esta pasa por una necesaria actualización. Porque lo de BB es, para decirlo rápido y conciso, neo-didactismo puro y duro. Es decir, película-ejemplo sobre tema X y cómo abordarlo…pero para nuevas generaciones.

En la película está la droga y las adicciones como perdición, si. Pero lo que no hay es un por qué. Primera gran diferencia: el telefilm didáctico solía poner el eje en las causas. Aquí, en cambio, la inteligencia pasa por poner el eje en cómo afrontar las consecuencias, es decir, correr el centro de el adicto a quienes lo rodean. En cualquiera de los casos sigue imponiéndose el costado de aprendizaje: nos indica qué hacer y cómo actuar.

En la película están los padres y las parejas. Pero ni los primeros son malos y abandónicos ni las segundas son personas que dejaron una marca traumática que funde el motivo de la introducción al mundo de las drogas pesadas. Segunda diferencia: ya no solo no hay causas visibles sino que, por el contrario, nada de lo visible podría permitir prever ese salto al vacío de hacerse pelota, vacío que el personaje elige parcialmente pero que a la vez lo gana, como casi toda adicción pesada.

El punto es, entonces, lograr un didactismo adecuado sin que se note, sin que salte a la vista. Por eso el eje es un falso contrapunto entre las causas invisibles y las consecuencias visibles. Porque aunque la película no moralice como solían hacer las peores tradiciones del melodrama –ya sea en sus modos más sofisticados, digamos, Douglas Sirk, asi como en los más berretas, digamos casi cualquier telefilm de Hallmark de mediados de los 90s-, al poner el contrapeso de las adicciones en la imperativa incondicionalidad de los padres, en el nucleo de sus ideas, lo que hace la película es establecer un planteo jodido: siempre todo padre deberá velar por sus hijos. Pareciera ser una obviedad. Pero ese planteo tiene algo de pueril: padres que serán padres toda la vida de hijos que serán niños toda la vida. A veces puede salir bien, otras veces puede ser un infierno. Porque la incondicionalidad lo es. La incondicionalidad no deja crecer, ni entenderse mutuamente. Sino que congela toda relación humana.

En tiempos en donde muchos padres están perdidos con la brecha comunicativa que los separa de sus hijos (en un horror al vacío que habla más de ellos como padres que de sus hijos y sus experiencias de vida), lo que queda es un centro oscuro. Bueno, BB busca tirar una bola de fuego a ese centro oscuro. Y pretende que, como los positivistas, la experiencia científica (el caso convertido en universal) antes que la experiencia humana (el caso individual y sin posibles paralelismos) sea la que nos lleve a buen puerto. Pero a veces la oscuridad es la mejor forma de crecer: mejor estar tristes que estar tontos.

Comentarios