Beirut
EE.UU., 2018, 109′
Dirigida por Brad Anderson
Con Jon Hamm, Rosamund Pike, Mark Pellegrino, Dean Norris, Shea Whigham, Alon Aboutboul, Jonny Coyne, Larry Pine, Jay Potter, Ben Affan, Mohamed Zouaoui, Mohamed Attougui

Lo personal y lo general

Por Rodrigo Martín Seijas

Hay dos elementos que son centrales para entender la propuesta de Beirut: en primera instancia, que a pesar de transcurrir durante los setenta y ochenta, con la Guerra Civil Libanesa como telón de fondo, podría haber estado situada en cualquier otro tiempo y lugar, sin haber hecho mucha diferencia; y en segunda, que su foco no pasa tanto por un análisis histórico y socio-político, sino por la narración de conflictos personales. Por eso no son tan determinantes como podrían pensarse las figuras del director Brad Anderson (un realizador que suele moverse por distintos géneros pero casi siempre de forma impersonal) e incluso la del guionista y productor Tony Gilroy (uno de los responsables de la saga Bourne), sino la del protagonista Jon Hamm, cuyo carisma y trayectoria cinematográfica parece hecha a medida del relato. O al revés: podemos ver una película que pone su estructura al servicio de un actor con estirpe clásica.

De ahí que la trama de Beirut, que en este tipo de films suelen ser la excusa para desplegar sentencias sobre la geopolítica que rodea al tema del terrorismo, sea el verdadero núcleo dramático y narrativo: antes que nada, lo que vemos es una historia de búsqueda de redención luego de una pérdida. Ahí tenemos entonces a Mason Skiles (Hamm), que en 1972 –justo antes del estallido de la guerra civil- era un prometedor diplomático estadounidense totalmente asentado en la capital del Líbano, casado felizmente y haciendo los trámites para adoptar a Karim, un niño palestino de trece años. Pero todo estalla en pedazos durante una fiesta, cuando la CIA llega con noticias de que el niño tiene posibles lazos con la OLP, aparecen de la nada terroristas que secuestran a Karim, hay un tiroteo y la esposa de Mason es asesinada en el fuego cruzado. Corte y salto temporal de una década, donde vemos a Mason habiendo dejado atrás la carrera diplomática y convertido en un mediador laboral de medio pelo con problemas de alcoholismo, cuya existencia errática y sinsentido se ve interrumpida por un llamado de la CIA, que lo convoca para gestionar la liberación de un importante agente que resulta ser un amigo que dejó atrás cuando se fue del Líbano.

Es cierto que Beirut se permite incluir todos los elementos posibles para este tipo de narraciones: están las idas y vueltas diplomáticas, donde cada país, agencia u organización –Israel, la CIA, la OLP- hace su propio juego de acuerdo a sus deseos; las progresivas revelaciones sobre los manejos sucios de distintas autoridades; y la mirada desencantada y escéptica sobre una ciudad que es el punto neurálgico de los choques religiosos donde intervienen cristianos, musulmanes y judíos. Cuando estos tópicos cobran mayor centralidad la película se pone más sentenciosa y definitivamente lineal, porque en verdad no tiene muchas cosas nuevas para decir, y la puesta en escena de Anderson está lejos de aportar el dinamismo de, por ejemplo, un Paul Greengrass. Pero por suerte lo que se impone es lo personal, es decir, los personajes, con Hamm reinterpretando a su Don Draper de Mad men en clave perdedora pero también noble: si el protagonista de la serie creada por Matthew Weiner siempre estaba huyendo hacia adelante y reinventándose desde el artificio para seguir triunfando en un mundo de cínicos (incluso cuando intenta conectarse con su verdadera identidad), Mason es ciertamente un tipo que no huyó sino que se auto-expulsó de un universo donde era feliz y que no busca triunfar, sino simplemente cerrar heridas, porque el que se avizoraba como un futuro prometedor ya no existe.

Esa búsqueda personal, de inesperada pero posible redención que emprende Mason se contagia de diversos modos al resto de los personajes, especialmente con el de Sandy (Rosamund Pike), que durante la mayor parte del metraje parece ser una simple profesional tratando de hacer su laburo de la mejor manera posible pero que hacia el final revela motivaciones sumamente íntimas. Del mismo modo, todos los demás, en todos los bandos, están impulsados por cuestiones subjetivas, con lo político casi como una justificación conveniente. Beirut toma su título de una ciudad con un tremendo historial, pero se hace cargo de la dificultad para comprender de manera abarcativa ese espacio urbano y sus reminiscencias históricas, eligiendo focalizarse en sujetos que hacen lo posible para adaptarse a las circunstancias que los interpelan. Y encuentra en Hamm al vehículo justo para conseguir la empatía necesaria.

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