69° Berlinale

Contra la corriente

Por Laura N. Vitali

Esto ya se está tornando una costumbre. Año a año los sufrientes asistentes al Festival Internacional de Cine de Berlín se quejan de lo horrible e intolerable que es la edición. Cuando leemos la cobertura, vemos que ella se restringe casi únicamente a la sección oficial competitiva. Y así… el trabajo a reglamento, la falta de ganas, energía o real placer cinéfilo (quizás eso quedó perdido por algún lado, junto con la juventud) hace que, una vez instalada la cantinela, ella se repita, sin que se haya hecho el menor esfuerzo por buscar, aunque sea un poquito, más allá del corralito virtual que importa la Competencia Oficial. La experiencia es acotada y desabrida, pero también cómoda: dos o tres películas por día, en funciones con ingreso garantizado (sin necesidad de conseguir entradas, sin colas y sin tener que viajar por otros barrios más alejados del Berlinale Palast). En fin… que si nos vamos a quedar en eso…

No desconocemos que el costado “United Colours of Berlinale” es bastante insoportable. Pero una Selección Oficial con tres películas excelentes y otras tantas buenas o interesantes, no es poco (son muchos los años en los que Cannes, por ejemplo, no tiene eso… algunos BAFICI o Mar del Plata, tampoco). Y además, más allá de los recortes (que llegan a todas partes), el festival sigue siendo enorme, monstruoso. Siempre hay algo bueno o muy bueno para encontrar en las secciones Forum y Generation. Panorama es más variopinto y hay mucho relleno, pero allí también podemos realizar algún descubrimiento.

Así, ya habrán leído por allí todas esas crónicas sufrientes que relatan cuán arduo e insalubre es el trabajo de un crítico en el Festival Internacional de Cine de Berlín. Acá tienen la otra campana. Vayamos por partes:

  1. La Selección Oficial

Si miramos el conjunto, y el llamado del deber o la tentación masoquista se imponen, no podemos sino convenir que la Competencia Oficial de esta 69 edición del Festival Internacional de Cine de Berlín fue, en términos generales, de lo anodino u olvidable (The ground beneath my feet, de Marie Kreutzer; System crasher, de Nora Fingscheidt) a lo demagógico o abyecto (God exists, her name is Petrunya, de Teona Strugar Mitevska; Mr. Jones, de Agnieszka Holland; The golden glove, de Fatih Akin). Y eso que un poco de autoestima tenemos y nos hemos preservado de Elisa y Marcela, de la española Isabel Coixet, incomprensible origen de una controversia, en tanto la película no tiene asegurado estreno en salas, con lo que la Confederación Europea de Cines de Arte acompañó esa presentación reclamó por su presencia en esta sección. Nosotros, todavía con el recuerdo fresco de la traumática experiencia de Nadie quiere la noche, que abrió la Berlinale en 2015, aquí sólo podemos hablar desde el (formado) prejuicio.

Por su parte, en la selección oficial fuera de competencia (en la que se reclamó que se incluyera la película de Coixet) este año hubo nombres más reconocidos y relevantes como André Téchiné (que presentó su algo fallida L’adieu à la nuit, protagonizada por Catherine Deneuve) y nada menos que Agnès Varda (cuyo documental autobiográfico Varda par Agnès es tan bello y cariñoso que termina resultando algo reiterativo, edulcorado y demagógico). La presencia en esta sección de El vicepresidente: más allá del poder, de Adam McKay, ya estrenada en casi todo el mundo (Argentina incluida), sólo puede explicarse por la necesidad de contar con la presencia de algunas estrellas globales (léase, de Hollywood).

Pero vayamos a las tres mejores películas de esta sección (no nos animamos a decir obras maestras, porque no creemos que lo sean): I was at home, but, the Angela Schanelec, Synonimes, de Nadav Lapid y So Long, my son, de Wang Xiaoshuai. Esta última, nuestra preferida, es un gran melodrama en el que se lucen las excelentes, emocionantes actuaciones. Los dos Osos de plata, mejor actriz (Yong Mei) y mejor actor (Wang Jingchun), que les concedió el jurado presidido por la inoxidable y cada vez más hermosa Juliette Binoche (la queremos aún más cuando anda así, sin lavarse el pelo) son ciertamente muy merecidos. Pero a no equivocarse, la película es mucho más que eso: en las tres horas de metraje, más allá del hermoso culebrón que nos tiene siempre con los ojos húmedos, existe una mirada sobre la historia (individual y colectiva) y un juego con el tiempo que alejan la película de búsquedas más centradas en la teatralidad o de las consabidas (y tan festejadas cuando incluyen una costosa reconstrucción de época) telenovelas para la gran pantalla.

El potente componente melodramático de la historia acerca -como se dijo- la propuesta al culebrón. En él, las mentiras y medias verdades, los ocultamientos familiares y descubrimientos sorprendentes, son tan excesivos como convincentes en el marco del clima que la narración va construyendo. De la década del 80 del siglo pasado y las políticas de la llamada Revolución Cultural hasta el nuevo siglo, tomando el pulso del cambio cada vez más cercano al capitalismo de China, lo privado y lo público, lo individual y lo colectivo dialogan y encuentran su lugar en la trama. Las elipsis, los flashbacks, los fueras de campo (que son distintos para cada uno de los personajes que habitan la película) nos hablan de una estructura narrativa tan elaborada como elegante.

Synonymes, de Nadav Lapid se llevó el Oso de Oro (el premio mayor) y la realizadora alemana el Oso de Plata por la Mejor Dirección. Inteligente manera de congeniar particularidades, emitir una señal política (la película del realizador israelí, ahora afincado en París es muy explícita no sólo con la actualidad de Israel sino también con la de Europa) y dar el lugar que se merece a una artista muy personal y no todo lo reconocida que merecería.

El director de Policeman y The kindergarten teacher siempre dejó en claro su mirada crítica respecto de la política de su país natal, Israel. La decisión de emigrar a Francia y filmar allí no han hecho que su postura se dulcificara. Tampoco en lo que hace a su mirada sobre el país de acogida. Yoav, el protagonista (y, entendemos, alter ego), literalmente “aparece” en París, donde es despojado de todas sus pertenencias y es “adoptado” por una pareja burguesa. El esfuerzo por manejar el francés, la resistencia a comunicarse en hebreo, su relación con otros judíos, todo lleva a preguntarse sobre las implicancias del migrar, el asimilarse a otra cultura. En particular, Lapid parece preguntarse qué es o qué implica ser francés (o convertirse en francés). Los interrogantes son muy incómodos; las respuestas que lateralmente ensaya el director lo son mucho más.

I was at home, but, de Angela Schanelec fue la excepción, la anomalía más evidente de la Competencia Oficial de la 69° edición del Festival Internacional de Cine de Berlín. Sin ser de los más entusiastas a su respecto, sí debemos destacar que las referidas anteriormente forman parte de manera más cómoda y clara del universo de los festivales de cine. Shanelec se inserta en ese mundo de modo un poco más incómodo, su reconocimiento, su paso a la “primera A” implica una apuesta disruptiva, un guiño a la vanguardia. La intriga, el misterio, forman parte de la narrativa de esta realizadora. Su cine tiende a la dispersión, poblando la narración de secuencias que podrían parecer inesperadas pero en modo alguno son caprichosas. El duelo (algo muy presente en varias de las mejores películas del festival, incluído el primer largometraje de Mateo Bendesky al que luego haremos referencia) y la continuidad de una familia frente a esa ausencia sean posiblemente los temas de la película. Pero, claro está, lo que llama la atención es el cómo y no el qué.

2. El Forum

Entre las películas inolvidables, esas que seguramente seguirán su recorrido por distintos festivales del planeta y formarán parte de nuestra memoria cabe señalar la francesa Ne croyez surtout pas que je hurle, de Frank Beauvais y la rusa A russian youth, de Alexander Zolotukhin. En la primera, el realizador cuenta con imágenes de las películas que vio durante 2016 (más de 400) su deriva vital durante ese año, anclado en Alsacia, un lugar al que quiere tan poco como a su padre. Los segmentos de las películas no se extienden por más de 10 o 20 segundos, sacados totalmente de su original contexto. El resultado es tan hipnótico como colosal el trabajo realizado; y no podemos sino dejarnos llevar por el río que la voz en off del propio Beauvais propone. La segunda cruza los ensayos de una orquesta que toca música de Rachmaninov (Piano Concerto N° 3 Op. 30 y Danzas sinfónicas Op 45) con escenas de la primera guerra mundial en las que un soldado pierde la vista. El trabajo visual y de reconstrucción de época, el tratamiento formal y los riesgos asumidos en la narración y diseño de sonido llaman aún más la atención si se tiene en cuenta que se trata de una ópera prima.

Incluso más que las referidas nos llamó la atención la monumental Heimat is a space in time, de Thomas Heise, documental cuya deriva de 218 minutos nos atrapó y nos sigue acompañando. Heise reconstruye la historia de su familia, de sus últimas cuatro generaciones, acudiendo a documentos de su archivo personal (fotografías, cartas familiares, ensayos escolares, diarios íntimos). La cámara se posa en los documentos, los recorre con parsimonia mientras escuchamos la voz en off del propio director contando ese recorrido que va de Viena a Berlín (Este), pasando por Dresden. El avance del nazismo, los trenes, las muertes, la guerra y la división de Alemania: la historia de su familia es, también, la historia del país.

Otro de los grandes documentales de esta sección fue Nos défaites, de Jean-Gabriel Périot, a quien recordamos por Un jeunesse allemande, de festejado paso por el BAFICI. El realizador colaboró entre mayo y junio de 2018 con 10 estudiantes de una clase de cine en una escuela de Ivry-sur-Seine (Francia), en un proyecto en que los estudiantes trabajaron de los dos lados de la cámara, volviendo a filmar escenas de huelgas y diversas disputas laborales de películas de las décadas del 60 y 70 del siglo pasado (de Jean-luc Godard a Alain Tanner). Nos défaites pendula entre los ensayos y filmaciones de esas escenas y momentos en los que el realizador dialoga con los estudiantes, preguntándoles sobre ideas y conceptos como “clase”, “huelga” o “sindicato”. La tensión del proceso creativo impacta menos que advertir cómo la formación modifica la vida y la mirada de los jóvenes.

3. Panorama argentino

Tras haber estado presente en la 68° Berlinale con Malambo, el hombre bueno, Santiago Loza repitió por segundo año consecutivo en esta extendida sección con Breve historia del planeta verde. Y lo cierto es que la ganadora del prestigioso Teddy es, posiblemente, la película más amable, cariñosa y sincera de todo el Festival. En un contexto donde se aplauden asesinos seriales y múltiples abusos disfrazados de denuncia, se agradece especialmente que el director cordobés trate con tanto cariño a sus tres protagonistas (cuatro, contando un alienígena moribundo), por más duro o difícil que haya sido su pasado (o su presente). Una hermosa fábula que trae a este siglo algo de Liquid sky (Slava Tsukerman, 1982) y mucho del cine de aventuras de los ochentas.

En esta misma sección tuvo su premier mundial el primer largometraje de Mateo Bendesky (cuyo cortometraje Nosotros solos, estrenado en el BAFICI de 2017 fue luego programado en Toronto y Rotterdam). Hablamos de Los miembros de la familia, excéntrica historia de crecimiento y duelo. Adolescencia y duelo comparten elementos que tienen que ver con la incertidumbre y el dolor, con la rabia y con la contradictoria sensación de que todo (o casi) es posible. Sensible e inteligente en la dosificación de la información, esta road movie sin viaje (el paro de transporte que deja varados a los hermanos protagonistas en la costa argentina en invierno lo impide) nos regala un emocionante trabajo de Tomás Wicz y Lalia Maltz en los papeles centrales.

Aprovechamos el espacio para continuar con la presencia argentina (que también sumó los excelentes cortos Shakti y Blue boy de Martín Rejtman y Manuel Abramovich, respectivamente). En la antes mentada sección Forum pudo verse el largometraje Nieve (Far from us, según el título internacional) de Verena Kuri y Laura Bierbrauer. En este caso, la mirada sobre la maternidad y la posibilidad de conectar con ella (algo que también está en la ópera prima de Romina Paula, De nuevo otra vez, presentada en Rotterdam) se expresa en una película anémica, inconclusa, que nos dejó un poco afuera, más allá de la climática propuesta.

4. Conclusión

Volvemos al inicio (que también nos gustan las tramas circulares, por qué no decirlo). Han habido unas cuantas muy buenas películas en esta edición de la Berlinale. Hemos referido varias de ellas (a las que debería sumarse la hermosa We are little zombies, de Makoto Nagahisa, sobre la que volveremos en otra oportunidad) y ni siquiera hemos mentado las retrospectivas (donde pudimos ver, por ejemplo la obra maestra absoluta Ordet, de Carl Theodor Dreyer; Destry rides again, de Felix Jackson, western con Marlene Dietrich y James Stewart como estrellas; The wayward girl, de Edith Calmar, primer protagónico para el cine de Liv Ullman, y Porsuit of death, de Im Kwon-taek).

Como podrá apreciarse, el balance en modo alguno es negativo. Además, en lo que a la Selección Oficial se refiere, la presencia de un jurado inteligente y sensible (imaginamos que Juliette Binoche y Sebastián Lelio actuaron en tándem) supo premiar lo que correspondía. En este sentido el reconocimiento a las tres películas más interesantes y fuera de norma tienden puentes a la llegada del equipo de Carlo Chatrian (hasta el año pasado, a cargo del Festival de Locarno).

Sabemos que congeniar la enorme Berlinale con una mirada más estricta y vanguardista no será fácil. Pero confiamos en que el resultado tendrá que ver con próximas ediciones más heterodoxas y libres, menos atadas a las convenciones (las de la corrección política y algunas otras). En fin, que apostamos a que el año que viene estaremos aquí, pensando en torno a la 70° edición del Festival Internacional de Cine de Berlín.

Hasta el año que viene.

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