Bird Box
EE.UU., 2018, 124′
Dirigida por Susanne Bier
Con Sandra Bullock, John Malkovich, Sarah Paulson, Danielle Macdonald, Trevante Rhodes, Jacki Weaver, Rosa Salazar, BD Wong, Machine Gun Kelly, David Dastmalchian, LilRel Howery, Happy Anderson, Amy Gumenick, Parminder Nagra, Tom Hollander, Taylor Handley, Keith Jardine, Chanon Finley, Damon O’Daniel, Matt Leonard

Mercado de pulgas

Por Federico Karstulovich

Recuerdo con bastante nitidez los inicios de las películas que juegan con el imaginario de la catástrofe. Sin ir más lejos, allá por 2005, la intensidad de La guerra de los mundos literalmente no me dejaba salir de la pantalla. Había, en aquella película de Steven Spielberg, una capacidad extraordinaria para imantar al ojo, para seguir obsesivamente la sucesión encadenada de los hechos. Y si bien en algún punto uno podía adjudicarle esa capacidad al género en cuestión, para ser sinceros, en el caso de aquella película (que encima era una remake…a su manera) había algo que siempre hacía funcionar a todos los lugares comunes pero mucho mejor y más efectivamente. Esa cualidad se debía a que, aún en medio del fin del mundo más desagradable, Spielberg jamás se olvidaba de los personajes, jamás los dejaba caer en el automatismo del trazo grueso pero tampoco elegía (algo que no condeno cuando hay plena conciencia de ello) trabajar solo con estereotipos vacíos para concentrarse en el conjunto. No: en La guerra de los mundos había apocalipsis, sí, pero siempre con personajes que atravesaban ese vendaval con lo mejor que tenían encima. Shyamalan intentó su propio apocalipsis (pero fue el personal, para su obra, lo que lo mantuvo en el ostracismo durante casi una década) con El fin de los tiempos (2008), donde también había lugares comunes y personajes. El problema era el verosímil que en algún momento debía dar respuesta a los motivos del apocalipsis (algo que lo diferenciaba de Los pájaros, la película de Alfred Hitchcock en la que se reverenciaba aquella hasta cierto punto)…y esa debilidad terminaba por hacer pelota todo lo que la película había logrado construir con cierta fluidez, hecho no menor.

Este año tuvimos un intento similar, que se propuso balancear personajes con premisa atractiva y narración sin pausa. Un lugar en silencio, opera prima de John Krasinski que reseñamos en esta nota, se propuso una aproximación más intimista (con esto no enfatizo a esta última como responsable de ningún giro copernicano, más bien es una película que en lo argumental opta por tomar muy pocos riesgos, a los que suple por apuestas formales, en el orden de lo sonoro), pero que en cierta medida no terminaba de resolver en su dramaturgia de personajes necesitados de redención, ya que si algo hacen los momentos apocalípticos, es estimular redenciones o al menos buscarlas, sino pregúntense por los ánimos de la gente en las fechas de fin de año.

En el contexto de 2018, con el apoyo de la cada vez mas gigantesca Netflix, se nos quiere volver a vender una premisa fundada en riesgos formales (así como en la película de Krasinski había suspensión de sonido, en esta hay una suspensión del contraplano, sosteniendo un fuera de campo casi constante en relación a la amenaza), casi con la secreta necesidad de que compremos el producto por esa limitación si los personajes y la historia no funcionaran. En este camino es en donde Bird Box se asienta como para proponer un punto de partida tan aturdidor que nos resulte muy difícil ver los hilos del dispositivo. El problema es que Susanne Bier no es una narradora clásica y se nota. No es ni Carpenter ni Bigelow. No sabe trabajar con grupos, pero sí tiene alguna experiencia con un cine más intimista. El asunto es que no hay tiempo para eso. O al menos esto es lo que nos propone la película, que aprende todos y cada uno de los vicios del cine del apocalipsis…el problema es que no sabe cómo ni tiene con qué sostenerlos.

Birdbox comienza bien arriba, con una amenaza feroz de una madre (o eso es lo que creemos) a sus hijos, una amenaza que indica que de no cumplirse ciertas condiciones, los niños podrían perder la vida. Ese inicio, que es climático, también resulta una extorsión, como lo es la estructura oscilante de la película entre dos tiempos: el presente de los hechos en pleno post-apocalisis y el pasado, cinco años atrás, con los hechos desarrollándose por primera vez. Decimos que es una extorsión porque de no ser por ese dato inicial jamás podríamos empatizar con el personaje que interpreta Bullock, que indica una construcción inverosímil, apelando a la historia previa de personajes de la actriz que a este en particular. Ese hecho no tendría que ser malo per se, claro. Pero el mayor inconveniente aquí es que se nos reemplaza a los personajes por patterns dramáticos. Es decir: la protagonista no es un personaje con tres dimensiones sino una madre desaprensiva que debe aprender a vincularse con sus hijos y no pensar solo en ella. El problema es que ese pattern, a los efectos concretos de la narración, jamás activa ni al personaje como tal ni a nosotros empatizando. Es, ni más ni menos, que un molde vacío. Entonces, dos puntos importantes en contra: carencia de personajes y una estructura que busca el efecto porque no puede sostener una narrativa medianamente clásica que se sustente por sus propios valores en torno al género que aborda.

Post-apocalipsis que no es, narrativa clásica que no sabe demasiado bien lo que narra y que apela a las lecturas abiertas (pero que no puede sostener en el tiempo), personajes sin caradura ni empatía posible. El resultado no es sino una de esas estafas, que se ven bien a primera vista, como esas baratijas del Once que llaman la atención. Pero que no son otra cosa más que eso: baratijas vistosas que se rompen a los pocos minutos de usarlas.

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