Black Mirror: Bandersnatch
Reino Unido, 2018, 90′
Dirigida por David Slade
Creada por Charlie Brooker
Con Fionn Whitehead, Will Poulter, Asim Chaudhry, Alice Lowe, Craig Parkinson, Catriona Knox, Tallulah Rose Haddon, Laura Evelyn, Sandra Teles, Fleur Keith 

Fast-forward

Por Sergio Monsalve

La interactividad es un mito en la televisión, la radio, la política y ahora en Netflix. Lo sabe el inventor de Black Mirror, Charlie Brooker, pero se hace el canchero al producir un episodio sobre la falsa elección y la relatividad del libre albedrío; ambas sujetas a los dictámenes de la audiencia de la plataforma de streaming.

Con apenas dos opciones por cada vuelta de tuerca, la narrativa de Bandersnach se reconstruye en las manos inquietas del espectador, como si estuviese tomando la prueba para sacarse la licencia de conducir en la computadora de algún ministerio del Big Brother.

El episodio acumula sus referencias basura, carentes del menor impacto cultural. En realidad son un cúmulo de citas intrascendentes para enganchar la nostalgia del personal. Ahí vemos el reclamo de la fecha de 1984, subrayando la influencia de Orwell y los mundos distópicos de la clase Stranger Things.

En aquel año, por cierto, Steve Jobs estrena el primer Macintosh con el famoso spot publicitario dirigido por Ridley Scott, anunciado un futuro de emancipación informática. Tiempo después, Lev Manovich desmonta la esencia trivial y derivativa del procesador personal de Apple, al señalar las deudas de su interfaz con la estructura mediática tradicional.

En realidad, la eficacia del aparato radica en la posibilidad de redimensionar texturas, arquetipos y ficciones universales. Pocas veces, en adelante, el simulacro ofrecerá alternativas serias de ruptura de moldes. Sin embargo, ocurren múltiples transgresiones, desde entonces, en el campo del diseño de los video games y las imágenes de síntesis.

Bandersnach resume, en parte, los dilemas esbozados hasta ahora: la ilusión del control en red y la esquizofrenia en la creación de un laberinto virtual un tanto pedestre. En ambos casos, el producto consigue un  resultado predecible, incompleto y decepcionante, tal como afirma el propio crítico del episodio.

La historia resetea, una y otra vez, sus entradas y salidas, para caer en los mismos puentes, donde los arcos dramáticos se definirán al gusto de un menú concreto, reducido y recalentado. El chiste de la película es llevar la paciencia del supuesto coautor al límite de la desesperación sufrida por el protagonista, cuando cobra conciencia de su estado de manipulación, a merced de nuestras decisiones. El eterno bucle de la trama aspira a traducir el momento de la centrífuga de los algoritmos de moda, al precio de dar vueltas sobre un eje desgastado y amañado.

La tecnofobía progre, implícita en la serie, regresa con el fin moralista de condenar nuestra mirada y nuestra participación explotadora de la miseria ajena, sin proponer una verdadera respuesta ética y conceptual a los elementales caminos que induce el conflicto central.

No tenemos más remedio que asumir la catatonia frustrada del personaje principal o rendirnos a la lógica impulsiva, de estallidos de violencia, que urde el guion.

Al menos, los escritores no se olvidaron de matizar su “mensaje” con la dosis de humor negro que exige Black Mirror. Aunque la gracia va diluyéndose conforme avanza el desarrollo del plot.

Dentro del cúmulo de despropósitos, atesoro la estética y el silencio misterioso del chico con look de Billy Idol, cuyas líneas reservan y despejan el subtexto en un recurso trivial de la literatura de manual. Al mejor estilo de El Club de la Pelea, los monólogos buscan despertarnos del letargo y sacarnos de la caja, hablando de conspiraciones y hombres programados al calor del consumo de drogas lisérgicas.

Por supuesto, no existe función alguna para mandar a callar al traductor y que nos ahorre el trámite de escuchar lo que queremos descifrar en imagen. Porque del cine hay poco en Bandersnach (una telenovela teen de un clásico chico del milenio al que sus sueños se le convierten en pesadillas por el complejo de una infancia traumada).

Si acaso la oportunidad de recordar que Cronenberg se adelantó a los tiempos pesimistas de Black Mirror con Videodrome, eXistenZ y La Zona Muerta.

De resto, nos toca aceptar que David Slade es el realizador de la cinta, con el antecedente de filmar uno de los peores, por simplones y redundantes, últimos capítulos de la saga. El así llamado Metalhead que recibe su respectivo guiño innecesario en la forma de un cartel desplegado en el largometraje.

Para la próxima, ya que los youtubers cándidos sostienen que el experimento se irá perfeccionando, incluyan la función de poner la marcha rápida. ¿Saben que era interactivo de verdad?  Pues ver una cosa como  Bandersnach en VHS y adelantarla a placer.

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