Bohemian Rhapsody – La historia de Freddie Mercury(Bohemian Rhapsody)
Reino Unido-EE.UU., 2018, 134′
Dirigida por Bryan Singer.
Con Rami Malek, Lucy Boynton, Gwilym Lee, Ben Hardy, Joseph Mazzello, Aidan Gillen, Tom Hollander, Allen Leech, Mike Myers, Aaron McCusker y Dermot Murphy.

Reunión familiar

Por Marcos Rodriguez

Me siento en una sala de cine amplia, casi llena. Se apagan las luces y cuando aparece el logo de la 20th Century Fox con la musiquita alterada para que suene como unas guitarritas a la Queen, todos se ponen a aplaudir. Listo. No hay mucho que hacer. ¿Qué se puede decir sobre una película en la que el público aplaude hasta el logo de la distribuidora? Dicho esto no como lamento del crítico incomprendido ni como invocación a aquellos tiempos en los que el público sí era bueno. Al contrario. Nos reunimos todos en esas butacas, algunos entiendo que hasta compraron entradas con anticipación, y esperamos a que empiece una película. Algo así no se fabrica: todos ansiosos por reencontrarnos (aunque sea de mentiritas) con Freddie en una sala a oscuras. Hay algo de magia en todo esto (y alguna dosis de marketing) y a juzgar por los aplausos que se produjeron una vez que terminó la película, la cosa funcionó. Misión cumplida. Pueden pasar a leer otra cosa.

Ahora, si queremos hablar de cine, uno podría objetarle algunas cuantas cosas a Bohemian Rapsody. Se trata, en rigor de verdad, de una película correcta. Está todo bien filmadito, la cámara no se mueve al pedo, se buscaron actores parecidos, la narración más o menos se entiende (a pesar de los huecos). Si uno cuenta con la música de Queen como banda sonora, la película tendría que estar narrada muy para atrás para no generar por lo menos dos o tres momentos emocionantes. Y los hay. Nadie viene a quejarse.

El problema de Bohemian Rapsody, más que la prolijidad, es la mesura. La película sabe que es una película para fanáticos, sabe que hay fieles a la banda que llevan años esperando ver algo así, hasta tengo entendido que los propios miembros de la banda produjeron la cosa y las expectativas son tantas que queda poco margen para el riesgo de verdad o para que asome alguna verdadera oscuridad. Hay, sí, un gran margen para el despliegue de eso que algunas llaman “actuación” y que otros podrían calificar de morisqueta. Lo de Rami Malek es un poco eso. Yo no sé si en la vida real Freddie Mercury movía la boca tanto y de forma tan exagerada, capaz que sí, pero el cine es distinto de la vida y la cantidad de primeros plano de Malek moviendo la trompa (alterada) para “ser como Freddie” es el ejemplo perfecto de esa actuación mimética que capaz que te sirve para ganar un Oscar, pero no ayuda demasiado para construir una película. Los actores sabrán si eso es actuar o no, como espectador sentado en mi butaca, ansioso por reencontrarme con Freddie, resultaba difícil dejarse llevar por la mentira de la ficción cuando frente a mi cara tengo de forma constante la trucha agigantada de un actor que se esfuerza por repetir cada cinco segundos los tics que hacía el interpretado en la vida real. No veo un personaje, veo una actuación. O, mejor todavía, veo un ejercicio de actuación.

Por otro lado, si bien en la Argentina la película se estrenó con el título Bohemian Rapsody: La historia de Freddie Mercury, hay algo que no termina de cerrar en la descripción. ¿Es realmente Bohemian Rapsody un biopic de Freddie? Hay algo de lo cansado del género que recorre los pasillos de esta película: la cronología, el contar lo que no sabías de tu ídolo, no sé, pero por otro lado hay también algo que es medio mentira en eso. La película ni empieza ni termina con Freddie: no hay infancia y no hay muerte. En rigor de verdad, la cosa empieza prácticamente cuando se conocen los (futuros) miembros de Queen y termina cuando, después de una larga separación, vuelven a reunirse para tocar en Live Aid. Se podría decir que la película es más un biopic del grupo Queen que de Freddie Mercury, el cual ocupa más tiempo de pantalla que sus compañeros de banda pero tampoco logra insuflarle su espíritu a la película toda. Casi que importan menos los demonios internos del cantante que el hecho de que finalmente “volvió con su familia”. Eso es esta película: una biografía contada desde el punto de vista de la familia comprensiva que lo supo recibir de vuelta y perdonar. La familia es la banda. La banda produce la cosa. Podría resultar consolador si no fuera más bien opresivo.

Probablemente ese sea el mayor problema de Bohemian Rapsody: lo fácil que es intuir lo que podría haber sido una gran película en torno a Freddie Mercury y lo chato y pedestre que es el resultado final. Freddie Mercury es un invento, un nombre falso, un personaje de escenario, una liberación, una idea, es rock and roll pero es mucho más que eso. El Freddie de la película es en realidad Farrokh, un pibe de etnia inespecífica, con tensiones familiares, dientes saltones, con problemitas. ¿A qué viene, por ejemplo, el largo trecho de película ocupado en mostrarnos cómo Farrokh Bulsara se da cuenta de que capaz que es gay? Ni siquiera hay trauma o violencia o nada, es solo un intento desesperado por manotear algo parecido a una intriga con un tema que era evidente para cualquier espectador desde el vamos. Un desperdicio, en definitiva.

La mejor decisión que toma Bryan Singer en todo esto (si es que, de hecho, pudo tomar alguna decisión) es dedicar todo un largo tramo final al concierto de reunión de Queen en el Live Aid. No porque la trama argumental que conduce a ese concierto esté bien construida, para nada. No porque ese concierto haya sido particularmente importante (aunque quienes lo vivieron creyeran que lo fue, como se nos dice en diálogos informativos que incluyen cantidades de satélites). Sino porque, simplemente, es una oportunidad de ver, ¡por fin!, a Queen haciendo lo que mejor sabía hacer. Tocar. En ese momento, en ese escenario atravesado de efectos digitales, con unos pantalones blancos y unas botellas desprolijas apoyadas sobre el piano, la película deja de preocuparse por ser esto o aquello, por dejar en claro una cosa u otra, por mostrar a su personaje “atormentado” por sus malas compañías y la redención reconciliatoria, deja de esforzarse por meter algo así como tensión dramática donde no sabe construirla, y simplemente se entrega al placer de lo que está mostrando. En ese recital final de Queen, la película se toma por fin la libertad de no ser más que eso: una película de rock. La música garpa, obviamente. Pero en ese momento, en esas dimensiones de plano, con esos movimientos, hasta los actos de faquirismo actoral de Malek garpan. Hay una maquinaria que parecería ponerse en movimiento y los tiempos son largos y generosos: no un solo tema final de cierre, sino dos, tres, creo que hasta cuatro o capaz más, todos al hilo, sin ninguna relevancia argumental, sin razón de ser. Solo porque esta era una película sobre Queen y había que mostrarlos tocar.

Lleva un tiempo llegar hasta ese momento, pero bueno.

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