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Cannes 2017 – Diario de festival (5)

Por Fernando Juan Lima

Crónicas canninas (5)

Por Fernando E. Juan Lima

Sicilian Ghost Story, de Fabio Grassadonia y Antonio Piazza, fue elegida por la Semana de la crítica como película de apertura. Se trata de la nueva realización de quienes en 2013 se llevaron el premio mayor de la sección por la muy lograda Salvo. Tanto en ésta como en su opera prima, la manera en que se incorpora el paisaje (geográfico y cultural) al relato, no solo desde lo visual (con momentos de referencias abstractas, no narrativas) sino y sobre todo desde una sutil e inteligente construcción del sonido, resulta tan inusual como llamativa. 

Otra vez en el ineludible entorno está la mafia (como lo estaba en la anterior película), pero ahora a raíz del secuestro de un adolescente para impedir que su padre declare ante la justicia. El punto de partida, la inspiración, tiene que ver con el muy sonado caso real de Giuseppe di Matteo, secuestrado durante meses por la mafia en 1993. La imaginación de los realizadores pone menos el acento en la denuncia que en cómo impacta la terrible circunstancia aludida en la historia de amor que el protagonista está justo comenzando con una compañera de escuela. Romance y thriller derivan hacia el fantástico en razón de la poderosa conexión entre los amantes, al jugar la narración en un territorio cercano a las fronteras del expresionismo. Vemos (y oímos) a través de las sensaciones de los protagonistas. Le pueden sobrar algunos minutos (Salvo era más “redonda”), pero, sin dudas, la experiencia vale la pena.

Deberíamos concluir en que Force Majeure (aquí estrenada, según recuerdo, como La traición del instinto) fue una ilusión, un pequeño recreo. Es que Ruben Östlund parece saber lo que hace, siempre tiene momentos, climas, imágenes, secuencias que llaman la atención. Pero sólo en aquella película logró hacer algo que funciona como conjunto. Algo que, además, evita cierta tendencia a la misantropía, a esa mirada, en el mejor de los casos, condescendiente hacia todo lo que lo rodea. Y eso hay en Square, una especie de sucesión de sketchs sobre “el ser sueco”. Es imposible abarcar la cantidad de líneas narrativas que se recorren; pero tampoco es necesario enumerarlas. El asunto funciona como pintura de una sociedad, con momentos que van del slapstick al juego de palabras, de la denuncia al sinsentido. Sólo algunos de esos capítulos funcionan y causan gracia en un contexto mayoritariamente cruel y algo deprimente. Lo peor es que por encima del humor está el deseo de dejar asentado lo que se entiende que es EL MENSAJE (así de explícito)

Decía recién “según recuerdo” en una cita porque este diario es así, sin red (sin la ayuda de IMDB o sucedáneos para las citas y referencias, por decisión y por la carencia de wi fi en los lugres donde escribo, para ser 100% sincero). Compartir ideas e impresiones inmediatamente después de haber visto cada película. Sentado mientras espero en una cola para entrar a otra sala, en la butaca hasta que se apaguen las luces, esta visión carece del matiz que puede dar el transcurso del tiempo. Eso es un peligro (a veces las opiniones cambian), pero también -es la idea- parte del encanto. Eso de dejar correr los dedos en el teclado al ritmo de los pensamientos, sin medias tintas, con una inmediatez que dialoga casi con el automatismo constituye una experiencia en algún punto embriagadora. Hay películas que crecen con el tiempo (la de Philippe Garrel), otras siguen bajando en mi consideración (la de Todd Haynes). Otras sé que son irrecuperables (el día de ayer da cuenta de algunas de ellas).

Entre esas que ganan con el paso de un día al otro se encuentra 120 battements par minute de Robin Campillo (Les revénants). Al ritmo de la música y del impulso vital de quienes se saben cerca de la muerte, el film hace foco en un grupo de acción directa conformado por infectados de HIV en la primera época de la epidemia. La discusión política se cruza con la deleznable actitud de los laboratorios, pero eso no oculta la historia de amor y compromiso que, se sabe, para funcionar debe hacer foco en personas concretas. En ese contexto, Nahuel Perez Biscayart logra su consagración en este protagónico al que pone el cuerpo y el alma. Temeroso y frágil, potente y agresivo, cambiando y mutando por la enfermedad y por la experiencia de vida, no podemos evitar que nuestros ojos vayan a él cuando está en el cuadro.

Suelo sentirme algo solo cuando defiendo las películas dirigidas por Sergio Castellito. Todas. Es que hay algo del orden de lo subversivo en su manera de contar las historias, de construir los personajes, que está bastante ausente en el cine desde Marco Ferreri. Los raptos inesperados, las escenas de sexo explícitas, transpiradas, bestiales, los arranques y gritos, la incorrección casi sin límites (muchas veces en el marco de una tranquila escena musicalizada de manera paradójicamente calma) conforman explosiones de felicidad, sorpresas, giros que disfruto de esa manera que nos conecta con lo primal y esencial. Es cierto que sus películas suelen ser contradictorias, episódicas, desprolijas y a veces algo fallidas. Fortunata también lo es. Pero cómo se agradece este melodrama salvaje, este personaje enérgico y vital que sigue con su vida contra viento y marea. Ni algún giro psicologista sobre el final puede lastrar del todo tantos hallazgos. Abusos, parricidios (sí, en plural), enfermedad, pobreza, violencia de género conforman un universo que no es el de la denuncia ni la explotación. Son el contexto en el que se mueve una mujer débil y fuerte, inteligente y sensible. Hermosamente contradictoria.

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