Crónicas Canninas (I)

Por Fernando E. Juan Lima

Otro año en el Festival de Cannes, otro año con las crónicas, esta vez no diarias, pero sí con una continuidad e inmediatez que pretende seguir el pulso de la muestra. Este año el festival comenzó un día martes, esto es, sumando una jornada más a las 12 habituales. En realidad, el cambio ha tenido nulo impacto en la cantidad de películas programadas y su razón de ser ha tenido que ver, casi exclusivamente, con los cambios realizados en la grilla para evitar que la crítica viera (como hasta ahora) las películas antes de la premier mundial. En tiempos de twitter y veredicto precoz, parece que no hay embargo que valga y sabemos lo voluble que puede ser el sector (crítica incluída); basta que un “líder de opinión” (¡¿?!) condene una obra para que, al menos aquí, esa decisión sea prácticamente irrecuperable. Todos los años vemos cómo, incluso en lo que a nuestro país se refiere, la visión que nos llega desde Cannes no siempre se condice con la percepción posterior al momento del estreno local (a veces, incluso, en relación con los mismos escribas que habían cubierto el festival, en una muestra de amplitud y revisionismo que llama la atención). Pues bien, tomando en cuenta el valor que se da actualmente a la crítica, y lo relativo de este primer acercamiento in situ, no comparto la visión en extremo negativa que aglutinado al colectivo en lo que respecta al aludido cambio. La desesperación por la primicia, que hoy en día se traduce en quién emite el primer tuit, ha hecho más daño que aportes, y la idea de que se necesita de la intervención del sector para que el público no preparado sepa si le tiene que gustar o no una película es tan elitista como irreal. El problema, en todo caso es de logística (si todo el mundo puede entrar a las salas, si el sistema de castas de las acreditaciones tiene algo de lógica o justicia), mas no entiendo que este cambio implique algo más que algún problema en cuanto a cuánto debe correrse antes del cierre de una nota.

Puede ser que hoy me haya levantado demasiado imbuido de cierto pragmatismo que podrá ser no compartido, pero estas pretendidas batallas finales que nos inventamos casi cotidianamente me tienen un poco cansado. Y es que la tan meneada cuestión de Cannes vs. Netflix tampoco me parece tan terrible como se la plantea. Está claro que la manera de acercarse al audiovisual ha cambiado, pero esa constante mutación ha hecho -incluso- que ya ni siquiera los pretendidos contendientes tengan (o vayan a tener en el futuro muy cercano) el mismo poder. Los exhibidores de Francia (con razón) siguen defendiendo, contra corriente, la posibilidad de ver cine en salas, pero a Netflix también le van apareciendo (en su propio terreno) contendientes más poderosos. En definitiva, la discusión tiene que ver con el regateo, con el establecimiento de las condiciones de un nuevo equilibrio. De un equilibrio que será, como no puede ser de otra manera, inestable, variable, mutable, sujeto a la re-discusión permanente. Puede no gustarnos, pero así es (así ha sido) la vida; lo único que puede pensarse es que, ahora, el tiempo de los cambios es más acelerado. El problema, el que persiste y es particularmente salvaje en Argentina, es el que tiene que ver con la concentración, que en el terreno de la distribución es terrible e inaceptable.

Es en ese contexto que se inició el festival. Y es en ese contexto que, a último momento y de manera algo inesperada, el Delegado General del Festival, Thierry Frémaux realizó una conferencia de prensa, para sostener su postura. Movida política en la que demostró que (con lo opinable que puedan ser sus posiciones) no es bajando la cabeza que se ganan ciertas discusiones (o, al menos, se las lleva adelante con entereza). Sólo el tiempo develará cómo termina esta larga cantinela cargada de bravatas, idas y vueltas. Hasta ahora el cine, tantas veces dado por muerto, ha sabido sobrevivir. Confiamos en que así seguirá siendo.

Claro que lo dicho se aplica al cine general, casi en abstracto. Que si nos concentrásemos en las películas de apertura, las afirmaciones precedentes serían difícilmente sustentables. Con la proyección de Todos lo saben, del iraní Asghar Farhadi, se inició formalmente la Competencia Oficial. Se trata de un melodrama familiar con muchas (muchísimas) vueltas de tuerca, que cuenta con las figuras internacionales de Penélope Cruz, Javier Bardem y Ricardo Darín, y está rodada en España y en castellano. Allí donde su coterráneo, el gran Abbas Kiarostami, había podido conservar su mirada y sello, filmando en otros lugares e idiomas (italiano en Copia certificada, japonés en Like someone in love), el director de La separación deja ver las enormes dificultades que ello implica. Hay algo del ritmo, la cadencia, el modo de relacionarse, las diferencias de acentos, que resta verdad y torna un poco exasperante la excitación permanente que -a los ojos del extranjero- puede tener la península ibérica. Darín, por su parte, aparece particularmente desperdiciado en una deriva que funciona mejor cuando se acerca de una extraña manera al melodrama y hasta al terror (la percepción del pueblo chico-infierno grande español es ciertamente cruel), que en el costado de suspenso o thriller, que se cierra a las apuradas, dando todas las pistas juntas, como si se necesitara introducir una resolución que antes no había construído.

Peor le fue incluso a Un certain regard (una cierta mirada), donde la película elegida para el pistoletazo inicial fue Donbass, de Sergei Loznitsa. El director ucraniano, que hace bien poco nos había deleitado con Victory day en el BAFICI (película que tuvo su premier mundial en el Forum de la Berlinale), parece moverse mejor en el documental (Maidan, Austerlitz) que en los últimos trabajos de ficción que viene realizando. En este festival, hace solo un año, A gentle creature había llamado la atención por su nivel de grosería y exceso, de subrayado y bajada de línea demasiado evidentes. En Donbass hay algo de eso, y sólo brilla en los planos fijos que encuentran locaciones increíbles (lo que se relaciona con su siempre interesante carrera documental) pero la crueldad y misantropía con que mira a esta ciudad del este de Ucrania resultan ciertamente expulsivos.

No es extraño que las películas de apertura de la competencia oficial no dejen demasiado contenta a la crítica. Usualmente su elección responde a factores no estrictamente artísticos. Algo mejor le fue a la Semana de la crítica, que arrancó con la opera prima del actor Paul Dano, Wildlife, un pequeño y muy sólido melodrama familiar. Sólo correcto, pero destacable en el contexto.

Pero eso no aplica necesariamente a todas las secciones. De hecho, la menos visitada (y usualmente más interesante) Cannes classics, que recupera grandes películas de todos los tiempos, tuvo su inicio con la proyección de A ilha dos amores, de Paulo Rocha. Una obra maestra absoluta, presentada en este festival en 1982 e ignorada al punto de que, tras su proyección, la sala estaba tan vacía que pidieron a la delegación que la acompañaba que saliera por detrás sin descender la alfombra roja, para permitir el ingreso de quienes iban a ver la película siguiente. El tiempo, se sabe, es el que terminará decidiendo la estatura de los verdaderos clásicos. No corresponde confiar demasiado en los apresurados dictámenes de Cannes o de la crítica. No cabe hacerlo tampoco en estas líneas que sólo intentan hacerles llegar algunas primeras impresiones.

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