Crónicas canninas (III)

Por Fernando E. Juan Lima

Tras la desilusión de la apertura, esta 71° edición del Festival Internacional de cine de Cannes está presentando una Competencia Oficial que mejora por mucho la de los últimos años. Tras una seguidilla en la que lo habitual era tener que escaparse a otras secciones (sobre todo la Quincena de los realizadores) para encontrar algo potable, este año han habido unas cuantas buenas películas en lo que usualmente se considera la sección oficial. Sí, claro, allí estuvo también el bodrio irredimible, que aunó a crítica y prensa en un largo abucheo (Les filles du soleil, de Eva Husson), pero los aciertos han sido tantos que no bastará esta entrega para decir algo de todos ellos.

La primera, siguiendo el orden de las premiers es la rusa Leto, de Kirill Serebrennikov (cuya Yuri’s day pasó por el BAFICI hace unos cuantos años, y que por aquí supo pasar con Betrayal y The student). La película -podría decirse el musical- sigue a un grupo de músicos de rock, en la ciudad de Leningrado allá por los primeros ochentas del siglo pasado. Es el momento en el que el punk comienza a declinar y el new romantic comienza a tomar más fuerza. Pero estamos en la Unión Soviética, así que esas influencias externas llegan un poco tarde, matizadas por la distancia y las diferencias culturales; allí los Beatles, por ejemplo, parecen seguir teniendo una influencia, un potencial revolucionario, que supera incluso lo que sucedía en Occidente. Así, la arquitectura y las ropas parecen anclarse en los sesentas mientras que la música de esa década se contamina de las dos siguientes. Ese cruce de décadas, de miradas, de sensibilidades se experimenta también formalmente en la narración que toma como base el blanco y negro y una estética que dialoga con la nouvelle vague, pero que no teme a la explosión de clips que suman colores y ambages que remiten claramente a los ochenta. Las versiones en ruso de canciones que ahora consideramos clásicos es realmente encantadora.

Otra película también muy marcada por la música (aunque en este caso sea el jazz) es la polaca Cold war, de Pawel Pawlikowski (Ida). Amour fou que toma las formas y los tópicos del film noir, la acción se desarrolla en la Polonia comunista, para pasar a uno y otro lado de la cortina de hierro (al pasar por París, Berlín y Yugoslavia) sumando mucho del cine de espías de la guerra fría. El amor que nace entre un músico y director de coro y una joven muy dotada para el canto (la película se inicia con las audiciones para formar parte del coro), tiene el tono difícil y hasta prohibido que anticipa la posibilidad de un desenlace de tintes trágicos. Lo ineludible del amor, la imposibilidad de dejar de amar cuando el sentimiento (¿la pulsión?) es sincero, chocan con las circunstancia que rodean a los personajes. La tragedia tiene que ver con el contexto: más que las discusiones, debates o críticas a un sistema político, nos retuerce las tripas (y el corazón) ver cómo esa gente que toma decisiones en base a quién sabe qué principios nos puede arruinar (y de hecho lo hace) la vida. Si el amor es más fuerte parece que hay tiempos y lugares en que es imposible vivirlo.

Otro de los grandes nombres presentes en Cannes (parte del a veces criticado “elenco estable”) es el chino Jia Zhang-ke, quien comenzó su carrera internacional reconocido en uno de los primeros BAFICI por Platform, ha sabido moverse entre el documental y la ficción, demostrando que no existen fronteras demasiado claras entre ambos. In public, Unknown pleasures, The world, Still life, 24 City, A touch of sin, son algunas de las películas que recuerdo, hasta la última, única que tuvo estreno comercial en Argentina. No es difícil advertir (y valorar) cómo el director ha sabido seguir el pulso de los cambios en China, cómo ha documentado (incluso en sus ficciones, o en sus películas más ficcionales, sería más correcto decir) la mutación violenta, el indisimulable travestismo de paradigma, la crisis social, política y económica. En Ash is purest white el foco se posa en en quienes no han podido seguir esa transformación radical y veloz, los que alguna vez tuvieron cierto poder y no pudieron o supieron mantenerlo. Ya no parece haber más lugar para las más “democráticas” mafias pueblerinas. Es tiempo de negocios trasnacionales y negociados inmobiliarios millonarios. Esa es la verdadera globalización.

Comentarios