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Tiempo de lectura: 4 minutosCats

Sergio Monsalve

Cats 
Reino Unido-Estados Unidos, 2019, 110′
Dirigida por Tom Hooper.
Con Francesca Hayward, Jennifer Hudson, Judi Dench, Taylor Swift, Ian McKellen, James Corden, Idris Elba, Jason Derulo, Laurie Davidson, Rebel Wilson, Robert Fairchild, Steven McRae y Eric Underwood.

Trash

Por Sergio Monsalve

Tom Hooper fue siempre un perro guardián del cine qualité, del gusto chic por el artie más despersonalizado, decadente y complaciente con la academia. Hasta ahora el cálculo había acompañado su refinamiento en los premios de la academia y el sistema de producción de la crítica norteamericana, cuyo engranaje opera como un bloque cerrado y monolítico, bajando línea para toda la jauría, salvo contadas excepciones. 

El discurso del Rey, La chica danesa y Los miserables se amoldaron al paradigma que instauró Harvey Weinstein en los noventa, encuadrando el género de época a las condiciones de un progresismo light que celebra la corrección política del Oscar, en su nuevo código de censura. 

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Todo marchaba como un happy ending eterno para el realizador británico, hasta que el modelo postMiramax se quebró. No es casual que la caída en desgracia del artesano o autor, según el punto de vista de cada quien, haya coincidido con el derrumbe de uno de los últimos productores autoritarios del Hollywood posmoderno. 

En un mundo audiovisual que busca encontrar una brújula distinta, Tom Hooper ha devenido en una presa fácil de la manada que alimentó por años, al adaptar un musical de Broadway que pintaba para ser el próximo Chicago de la temporada de premios. La jugada ha salido mal, por innumerables defectos técnicos y conceptuales, dando al traste con las intenciones originales del film. 

A su vez la prensa del pensamiento precoz ha condenado por consenso el estreno de la película, castigando la obra de un director al que muchos esperaban y otros sencillamente habían consagrado en el pasado con sus notas laudatorias. Tal respuesta esquizofrénica o bipolar ha venido normalizándose en el gremio, desde que Twitter legalizó la publicación del comentario canalla fuera de contexto. 

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Por eso, muchos de los que hoy descubren la catástrofe de Hooper no soportan un archivo, una revisión en el VAR de la historia de las redes sociales, donde antes encumbraron los solemnes largometrajes del apuntado y apestado del mes, a quien le sobran todavía defensores, justificadores y apóstoles. Pero también puedo reconocer que el coeficiente de animadversión por Hooper tiene un foco de expresión legítimo en Buenos Aires. Los críticos porteños han denostado en su debido momento (y con causa) las piezas del director, señalando sus trucos e imposturas. 

En mi caso, he mantenido una distancia óptima ante el objeto de estudio, que pretende balancear las opiniones encontradas y enfrentadas sobre el demiurgo. Así las cosas, he visto en Cats, un musical excéntrico e incomprendido que, a pesar del CGI y ciertos problemas de timming al principio, se atreve a replantear esencias primitivas, manieristas y freaks que van a contracorriente de las influencias y los algoritmos de la economía creativa actual. 

Tomando la inspiración de The Rocky Horror Picture Show y de HaisprayCats plasma una delirante fantasía que recupera la inocencia clown del primer Melies (si, aunque ud no lo crea), al compás de una charada que cuenta con la complicidad de un casting que baila y canta como en los barrocos entretenimientos de Bollywood, sin renunciar al afecto por cierto mal gusto calculado y un kitsch (con su fascinación con las miniaturas las distorsiones en las dimensiones del mundo) de tercer grado al que abraza. La película, que era candidata a el escupitajo fácil y obvio termina en un extraño mitad de camino entre la conciencia y el orgullo por el acabado imperfecto, incluso aunque algunos involucrados ahora quieran negar su participación en el proyecto. 

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La locura felina de Hooper pertenecerá (con el tiempo) al legado de las películas de culto, esas que en su momento recibieron el descrédito y el desdén del público, pero que supieron traducir emociones y transiciones estéticas que estaban en proceso de decantación. No es tan mala que es buena. Es buena porque es maldita.

Cats propone una revisión del musical en su peor instante de aceptación global. Pensemos: el público masivo prefiere hoy por hoy a los biopics hiperrealistas del tenor de Rocketman y Bohemian Rhapsody. La convención operática ha ido cediendo, en cuanto se le considera gratuita y absurda. Por tanto, la apuesta de Hooper nació y creció en un período adverso para el género que cinceló la Metro Golden Mayer. 

En consecuencia, cabe disfrutar que los herederos del León deseen seguir rugiendo, porque se les canta, en un planeta que los considera parias, gatos callejeros y marginales, como ese grupo de artistas outsiders, soñadores e ingenuos que protagonizan este melodrama camp. 

Por lo demás, Cats es un trabajo secreto del cine queer y drag queen, una reivindicación solapada que merece a un Diego Trerotola que la reivindique. Pero aquí estoy haciendo el trabajo. 

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