Cetáceos
Argentina-Italia, 2017, 77′
Dirgida por Florencia Percia.
Con Elisa Carricajo, Rafael Spregelburg, Susana Pampín, Esteban Bigliardi, Carla Crespo, Gabriela Ferrero, Claudia Cantero, Abian Vainstein, Horacio Marassi, Andrea Strenitz, Pablo Seijo, Pablo Dacal, Valeria Correa, Laura Paredes y Evan Leed.

Abrir puertas y ventanas

Por Federico Karstulovich

A mucha gente le encanta las cosas terminadas, cerradas, definidas. Yo no puedo. Me cuesta terminar cosas, proyectos, intereses. Ahora bien, si lo piensan unos segundos, esa actitud tiene una doble lectura, como la gente que te dice que ama el verano (cuando en muchos casos lo que ama es administrar el frío con el cual poder batallar contra el calor). Puede entenderse como que no se puede terminar algo porque se lo abandona o que no se puede terminar algo porque se estira el proceso de ese final pre anunciado. Esa doble interpretación hace que los procrastinadores profesionales tengamos algo de perdedores, pero también algo de promesa. No finalizamos cosas, pero siempre estamos finalizando. No cerramos cosas, pero siempre estamos esperando por cerrar. O porque huimos o porque aguardamos el grande finale. Pero no cerrar es, paradójicamente, una manera perfecta de encerrarse, de no hacer. Y la postergación es un modo ideal de vivir en el mundo mental, resignando un automatismo al mundo material. Hay muchas tradiciones y antecedentes con los que dialoga el cine que ponen en la superficie a personajes a la deriva. Señalar esas influencias y/o referencias no solo es ocioso (estimados colegas: dejemos de mencionar a Rejtman y a Ana Katz cada vez que vemos una comedia argentina con un tono deadpan), sino que es innecesario. El cine puede permitirse esa posibilidad (la de dialogar), pero no debería ser motivo de encierro.

 

No obstante, en la película de Florencia Percia se produce una combinación que puede leerse desde dos lugares: es una película sobre la necesidad de salir del automatismo…mediante un nuevo automatismo, pero también es una película sobre el fin de época sobre un tipo de lenguaje, que es el que ha adoptado el nuevo cine argentino como marca desde hace dos décadas. Con esto no quiero decir que Cetáceos sea la última película del NCA, pero a su vez no puedo dejar de pensarla como un compendio de todo eso que hemos aprendido a incorporar como lenguaje de un mundo posible para el cine argentino contemporáneo. En ese sentido y a su manera, la película parece proponer un doble abandono: abandonar la comodidad del mundo conocido (el de Clara) y hacerlo mediante la multiplicación de sus señales de identidad (un problema de forma y estilo, que en alguna medida me recuerda a la operación hecha por Gabriel Medina en La araña vampiro, y de manera algo más lejana y simbólica, a lo que hizo Luis Ortega en Monoblock). ¿NCA meta? Quizás. Veamos hacia dónde vamos con esta idea.

Clara (Elisa Carricajo) siempre está al borde del llanto (su gestualidad parece perfecta para este personaje, siempre al borde de la explosión, pero en definitiva, implosiva. “Siempre al borde” parece definirla muy bien como personaje, en alguna medida porque es el lugar más cómodo: no se cambia nada. Por eso el azar es la perfecta paradoja de la película: el personaje se deja ir, busca no decidir, pero en alguna medida es el mundo el que decide por ella. Y el azar es el que opera el cambio. Hasta que la decisión parece activarse (o quizás se trate de otro movimiento del azar que la lleva al último, liberador y bellísimo plano de la película). Esa idea, la que indica que la indecisión es también una zona de confort, es una de las más radicales que presenta Cetáceos, porque en esa exposición se vislumbra una crítica (no exenta de ternura y amor por su protagonista) hacia un modelo, hacia una perspectiva de vida. Como contraparte, la pareja de Clara, Alejandro (Rafael Spregelburd, en su enésima caracterización de personaje falsamente resuelto, aspecto que la directora sabe aprovechar a su favor) parece un tipo con todo digitado. Pero acaso terminará siendo un simple contraste, un polo de resoluciones para cosas triviales, un manojo de resoluciones que buscan no cuestionarse.

 

El cuestionamiento de Clara (me resulta inevitable llegar a esta idea, y poco importa si le pertenece o no a la directora: es una idea que emerge del mundo y el lenguaje de la película) es también el límite, el cuestionamiento de una serie de formas, de modos que hemos recorrido con mayor o menor suerte desde las seminales Rapado (1992), Picado Fino (1994-1998), ¿Sabés nadar? (1997) y Pizza Birra Faso (1998) hasta la fecha. ¿Que estoy loco? No: Cetáceos no se parece a esas películas, pero sí bebe de toda esa tradición (que anteriormente bebió de otras que bebieron de otras: leer es un acto de juventud creativa, repetir, no), de sus esperas, de su azar, de su vagabundeo, de su indecisión frente al mundo para poner en escena la necesidad de cortar con esa melancolía. No, no escribe el obituario del lenguaje canonizado (ya llevamos veinte años) del NCA, pero parece poner en la superficie (incluso desde los actores a los que convoca e incluye) los problemas de esa tradición. La diferencia es que la película de Florencia Percia es una película joven sobre un estilo que se ha acomodado. Es una película que, en su angustia vital (que es la de su protagonista) también pone un límite al automatismo. Pero para eso no juega a ser clásica (como podría hacer un tipo como Llinás), sino a replicar los modos de una modernidad que no es otra cosa que encierro. El lenguaje es una cárcel, el mundo conocido es una cárcel (que también se puede parecer mucho a la amistad, a los festivales, a encontrar el nicho). Y la película juega a abandonar ese mundo (al que suple por el mundillo microscópico de las investigaciones académicas), para abrirse a lo nuevo.

 

El cuento moral que cuenta Cetáceos no es demasiado distinto al que cuenta Wakefield, el extraordinario cuento largo de Nathaniel Hawthorne: en algún momento, cuando todo lo conocido se ha convertido en una cárcel (y no en potencia de liberación), cuando lo propio se vuelve ajeno, es hora de salir al mundo. De cuestionar el lenguaje cotidiano, que es una falsa lengua madre, que a veces naturalizamos. Esa dubitación no solo habla del personaje, expuesto a dar el salto final. Habla también del final de época para un tipo de cine al que hemos tratado con demasiada condescendencia, pero que está llegando a un callejón sin salida.

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