Chuva é cantoria na aldeia dos mortos 
Brasil-Portugal, 2018, 114′
Dirigida por João Salaviza y Renée Nader Messora.
Con Henrique Ihjãc Krahô, Raene Kôtô Krahô y Douglas Tiepre Krahô.

Sin lugar

Por Federico Karstulovich

But I’m a creep, I’m a weirdo.
What the hell am I doing here?
I don’t belong here.

Creep – Radiohead

Desde Flaherty para acá, pasando por Rouch (aunque podemos irnos un poco más atrás también) el asuntito de la representación fílmica de culturas no hegemónicas terminó convirtiéndose en una gran excusa para la pereza intelectual y creativa para muchísimos documentales. Son, realmente, menos de un cincuentenar los que han logrado no caer en los lugares comunes insoportables de la culpa, del buenismo, de la demagogia, de la corrección política de la representación de ese otro sin caer en los lugares comunes de la asepsia. Al final de cuentas la pretensión de neutralidad (algo imposible) terminaba casi siempre siendo un problema mayor que la aceptación del lugar desde el cual se asume la voz y la mirada. Con esa referencia temeraria, me dispuse a ver Chuva é cantoria na aldeia dos mortos, temiendo que esta historia sobre un adolescente que debe hacerse grande terminara cayendo en tierra conocida. No pude estar más equivocado.

La película de João Salaviza y Renée Nader Messora es algo más que eso que rezan las críticas-gacetilla “un film que mezcla hábilmente la ficción y el documental”. Si bien esa cualidad es destacable en la película, que sutura sutilmente la superposición de registros sin que se note la textura distinta, quizás no redunde en ese dato lo mejor que tiene para ofrecer. Y esto se debe, antes que nada, a que estamos ante una película que asume una voz contemporánea en su mejor definición: no solo por encontrarnos ante la hibridación de registros sino por la hibridación entre una mirada moderna y un mundo antiguo, detenido, anclado a sus tradiciones. El modo de hacer coexistir cosas -que bien podrían haber caído en el maniqueísmo más torpe de la contraposición campo-ciudad- diferentes que propone la película no es un hecho librado al azar. Sino que parece responder, más bien, a una necesidad estricta: exponernos a una película que piensa dramáticamente el problema de la identidad, el estar entre dos mundos, el progresar en la indefinición. Esa dubitación es, al final de cuentas, lo que hace que la película escape al pintoresquismo pobrista tanto como a la denuncia fácil del avance del mundo urbano y cosmopolita sobre el mundo rural y tradicionalista. De hecho, es precisamente esa indefiniciòn la que hace que la película resulte más interesante de lo que su premisa podía llegar a proponernos.

Y es que si ponemos atención, no estamos ante otra cosa que eso que podríamos llamar una película de crecimiento. Pero esa experiencia, en este caso, no es constructiva, necesariamente, sino que opera por otras herramientas, por ejemplo, el extrañamiento. De ahí que la película nos ponga casi sistemáticamente detrás de los ojos de su protagonista, que es un adolescente que no quiere crecer y asumir responsabilidades y que, hipocondria mediante, encuentra que la huida a la ciudad (en realidad de trata de un centro suburbano y no de una urbe desarrollada, pero a los efectos prácticos sigue teniendo la misma función) es la mejor excusa para no retornar, para no transformarse en eso que todos le demandan ser. Hay algo de Apichatpong Weerasethakul en esa tensión, en esa irresolución? Si, en alguna medida parece ser una referencia ineludible. Pero quizás ahí donde el director tailandés en mayor o menor medida parece optar por un retorno desesperado al mundo de las tradiciones, como si en el fondo hubiera algo del mundo contemporáneo que le genera resistencia o prurito, en Chuva é cantoria na aldeia dos mortos la tensión no supone neutralidad: Ihjac, el protagonista, parece en efecto optar por esa vida en la ciudad, que no lo provee de certezas ni seguridad, pero que al mismo tiempo aparenta alejarlo del mundo constrictivo de las responsabilidades y tradiciones mortuorias.

La ceremonia de muerte del padre, por lo tanto, es también el rito que a fin de cuentas el protagonista busca postergar. No asumir roles y responsabilidades y posponer a partir de un eterno presente. O acaso no tan eterno, pero si disfrutable y liberador. En esa huida hacia adelante, aunque sea por poco tiempo, el mundo “civilizado” se revela como el único espacio posible en donde la vida no está determinada por la muerte. Por eso todo el tránsito del personaje a lo largo del mismo está cargado de indagación, como si en efecto se tratara de un extraterrestre visitando otro planeta. La posibilidad de que el escapa de un mundo de tradiciones indígenas sea liberador es, por lo tanto, una bienvenida curiosidad, que en cualquier otro contexto habría sido observada como una crítica etnocéntrica o aborigenfóbica (la palabra no existe, pero se entiende). Pero en Chuva é cantoria na aldeia dos mortos nada de eso sucede, justamente porque la ética que la diferencia de otros exponentes de eso que bien se conoce como “cine etnográfico” se sostiene en la capacidad de respetar la mirada de un personaje que, a partir de un determinado momento, se siente alienado en cualquier espacio. Pero en particular en el espacio que ha conocido toda su vida.

La secuencia en la que el personaje juega al Street fighter, en la que camina extraviado, en la que duerme sobre un banco pero sueña con ese padre hamletiano que persigue y no deja vivir ni deja que el tiempo haga olvidar la historia que antecde, es el perfecto contrapunto (central es la decisión de construir la perspectiva de la aldea con planos fijos, inmóviles frente a los paseos y los movimientos de cámara en la ciudad: el imaginario del protagonista vuelto forma y contraste) del retorno, que trae aparejado el cambio físico, las obligaciones y la asunción de responsabilidades que no hacen otra cosa que negar la identidad.
Contra toda especulación política, leída e interpretada en mayor medida con una recepción culposa (no entiendo como otros colegas no logran ver la tensión y buscan des-problematizar al mundo rural, en un gesto condescendiente), Chuva é cantoria na aldeia dos mortos no solo es una gran película sobre un tema transitado una y mil veces, sino que, quizás, por primera vez en años en el cine latinoamericano, parece ser la primera en pensar que el relativista cultural es la más perfecta forma de condenar a los sujetos a las tradiciones, que al fin de cuenta también pueden ser sistemas de valores que nos acercan a la muerte.

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