Estimados amigos:

Como muchos de Uds lo saben, pero otros no, les queremos contar por acá que comenzaron las actividades de nuestro cineclub. Pero al mismo tiempo es importante aclarar: no es un simple cine club en el que proyectamos películas que amamos, sino que nos propusimos hacer algo distinto. Gracias a la convocatoria del Centro Cultural San Martín, que ha dispuesto una serie de ejes temáticos por bimestre a lo largo del año, Perro Blanco ha programado 12 meses con 4 películas por cada mes en cuestión.

La experiencia consiste en venir a las salas del Centro Cultural San Martín (previa inscripción en el siguiente link (cliquear aquí), mirar una película juntos. Por eso decidimos llamar a ese espacio Comunidad de espectadores: Felices juntos. En paralelo, durante la proyección, los coordinadores (todos integrantes de Perro Blanco) irán haciendo comentarios de manera aislada a lo largo del tiempo de proyección de la película. Al terminar, contaremos con un espacio de tiempo para hablar y pensar sobre lo que acabamos de ver, siempre en torno al eje temático que nos proponga el mes.

La tercera película que vimos y trabajamos fue la increíble The Wild Blue Yonder. Esta película de 2005 fue la que trabajamos el martes 19/2, concentrándonos nuevamente en el espacio, eje temático del mes. 

Todo artista responde a una tradición. Ya sea porque adhiere a ella y suma su caudal a un cauce que lo antecede; ya sea porque la niega y rompe lanzas. En todo caso, siempre funciona como marco de referencia o como una prisión, como un horizonte que permite el diálogo, la confluencia, la discusión o la herejía. Werner Herzog no es ajeno a ello. Puede que el peso de su nombre, de su condición de autor, de su vida en el cine y fuera de ella (el hombre se comió un zapato entre otras varias anécdotas, a no olvidarlo) hagan olvidar el asunto por un momento, pero las raíces están allí, visibles y profundas al mismo tiempo, como un hilo que une rabiosa, apasionadamente (el adverbio no es casual) toda su obra.

     Un alienígena llegado desde la Galaxia de Andrómeda, ubicada un poco más allá de cualquier espacio imaginable por la mente humana, cuenta su historia. Que el personaje lo interprete Brad Dourif, alguien cuyos gestos y acentos desencajan a la perfección con el equilibrio del mundo, no parece casual. Obligado a huir de Wild Blue Yonder, su planeta, por una catástrofe climática, aparece en la Tierra. Una serie de eventos desafortunados hacen que los hombres emprendan el camino inverso, a tientas, en el medio de la noche del Universo y que finalmente lleguen al planeta del alienígena. Herzog filma poco, casi nada. A Dourif en el medio de algún desierto del oeste americano, entre los despojos de una ciudad abandonada; a algunos pocos científicos espaciales que despliegan sus teorías incomprensibles. El resto son materiales ajenos, resignificados, extrañados, convertidos gracias al relato del alien, a la música y a la edición en el material que alimenta esta “fantasía de ciencia ficción” como reza la placa de apertura: imágenes tomadas por la NASA de la misión STS-34 de 1989, que orbitó la Tierra durante menos de 5 días; tomas subacuáticas realizadas en la Antártida por Henry Kaiser (viejo amigo del alemán que reaparecerá aún con mayor peso en Encounters at the End of the World), con la superficie congelada convertida, para los buzos, en un cielo azulado de una melancolía infinita.

     El concepto de verdad extática fue repetido por el alemán una y otra vez. Algo así como aquello que está más allá de  la realidad, que se nutre de ella para trascenderla y operar de esta manera una especie de éxtasis, de revelación en el espectador. Algo que se desvela y que tiene al artista como eslabón ineludible, como demiurgo maldito.  La verdad objetiva, tal como la conocemos y como suele entenderse en el documental tradicional, queda relegada. Por eso es que manipula abiertamente sus materiales en ese sentido, de manera tan obvia que obliga a considerar su operación. La lucha ya no es solo la de los astronautas en el espacio, es la que se plantea entre lo que sabemos y lo que la película nos dice. La ciudad abandonada en la que se encuentra Dourif fue construida por los propios visitantes espaciales y luego olvidada; los astronautas viajan días, meses, años y siglos; el fondo del mar es la atmósfera del planeta conquistado por la humanidad (y la lista podría seguir). La música suena, insistente, como un arrebato o una epifanía: las voces son de la isla de Cerdeña y recuerdan al metal. En este punto ya no hay medias tintas, y lo que exige Herzog es un acto de fe. Como los buzos, sumergirnos en ese feliz engaño que aspira a la trascendencia pagana; como los astronautas, quedar pies para arriba y flotar en un aire ingrávido.

     Genio, trascendencia, éxtasis, sublime. Es en la tradición romántica en la que el alemán se inscribe, para ser, tal vez, el último de sus representantes. Para Herzog finalmente, la lógica tal vez sea, como en esos intricados cálculos que desarrollan los físicos espaciales, una de las ramas, quizás la más sofisticada, de las ciencias ocultas. El mundo es incomprensible, apenas destellos de belleza aquí y allá, siempre ocultos, siempre a la espera de ser desentrañados, y el hombre es un vagabundo perdido en una creación que lo fascina y a la que nunca puede terminar de comprender, como esos navegantes que atraviesan las galaxias para llegar a un planeta desconocido. El  nuestro. A Borges tal vez no le disgustaría cerrar aquí invirtiendo el sentido de una de sus frases: Herzog puede ser genial, en el sentido más nocturno y más alemán de esa mala palabra.

Sobre esto y muchas más cosas trabajamos en nuestra tercer proyección. La cuarte viene con redoblantes, porque será sobre la imperecedera Noises off (Peter Bogdanovich, 1992), pero en esta ocasión pensando el espacio escénico, el teatral y el cinematográfico. Es el martes 26/2 a las 20hs.

Si todavía no se anotaron (los encuentros son por programación completa del mes, no por película), no se duerman y háganlo ya.

Nos vemos pronto!


Comentarios