Segundo día en el pequeño ciclo de clásicos contemporáneos del cine de terror para nuestro cronista. A diferencia del primero (que pueden leer acá), parece que el resultado no fue tan bueno. O quizás si, porque el slasher tiene ese no se qué, y de repente de un momento para otro te encontrás disfrutando de una masacre. Por lo visto a nuestro enviado le gustan las emociones fuertes y nos cuenta un poco de ese placer que significa ver cómo los muertos se agolpan a puro gesto bestial. Y entonces lo que en un principio parecía decepcionante termina teniendo algo de fiesta. Métanse, lean y disfruten (y miren con atención la foto que ilustra la nota, es divina).

Día 2: La bestialidad
Martes 13 (Sean Cunningham, 1981)

Por Hernán Schell

Cualquier persona que conozca las películas de Martes 13 (o Viernes 13, si vamos a aceptar el título original) sabe que en la primera parte de la saga no es Jason el asesino sino su madre Mrs. Voorhees. De ahí que era un poco confuso que en los afiches promocionales de este reestreno, los cines Hoyts y Abasto exhibieran en sus afiches a la icónica máscara de hockey del popular asesino. Supongo que estas cuestiones habrán confundido a más de uno que, sin saberlo, fue a ver Martes 13 esperando ver a Jason y se encontró con otra cosa. Esta confusión de la máscara en el afiche sólo puede atribuirse a dos cosas: o bien quien lo diseñó no tenía idea de que en la primera Martes 13 la victimaria es Mrs. Voorhees, o bien lo sabía perfectamente pero no le importó porque al fin y al cabo quería poner una imagen ganchera para que la gente compre la entrada.

Ambas posibilidades son factibles, pero debo decir que la segunda me parece mucho más interesante que la primera,  porque quizás involuntariamente sería una forma de homenajear al espíritu bestialmente marketinero que tuvo Martes 13 desde un principio. Su director, Sean S. Cunnigham, había sido anteriormente el productor de una película exitosa y de bajísimo presupuesto llamada La última casa a la izquierda (1972), una feroz reflexión sobre la condición trágica de la venganza filmada por un Wes Craven en estado demencial. Si bien la película tiene mucho de reflexión política y social, lo que a Cunningham más le había atraído en ese momento era todo el dinero que había recaudado con un largometraje tan barato, y Martes 13 fue lisa y llanamente un intento de volver a lograr lo mismo. Así que, movido por el tremendo éxito que había tenido Noche de Brujas (1978) de Carpenter, Cunningham decidió hacer un slasher terrorífico y efectista con una vuelta de tuerca sorprendente y mucha sangre. Así es como empezó a saquear de otras películas exitosas hasta formar la primera parte de una franquicia a la que hoy sospechamos infinita.

No hace falta mucho conocimiento cinéfilo para darse cuenta de las películas de las que Martes 13 saquea. A la mencionada Noche de Brujas, hay que agregarle Psicosis (1960, de hecho, esta es una versión invertida de la película de Hitchcock donde esta vez es una madre psicótica la que asesina en nombre del hijo), La Masacre de Texas (1974), Carrie (1976) e incluso Bahía de Sangre (1971) de Mario Bava. Se me dirá que no hay nada malo en hacer una película saqueando de otras, y se me podrá incluso recordar que La Noche de los muertos vivos (1968) es heredera directa de Los Pájaros (1963) del mismo modo que Re-Animator (1985) le debe todo al díptico Frankenstein (1931) La novia de Frankenstein (1935) de James Whale. Pero en el caso de Martes 13 siempre está esa sensación de saqueo degradado, como quien toma escenas o estructuras que como fueron exitosas deben aplicarse de alguna manera para obtener algo barato y rendidor.

Por ejemplo, el final de Martes 13 es un robo a mano armada al de Carrie, en el que se reemplaza la pesadilla de una mano saliendo de una tumba por la pesadilla de un nene zombie arrastrando a una mujer al lago. En ambos casos hay una idea de que el horror que han visto estas dos protagonistas es tan horrible que será imposible que pueda ser sacado de sus cabezas. Sin embargo, en Carrie, esto encierra toda una idea del mal indestructible, de algo que invade ya no el territorio de lo físico sino de lo psicológico. Hay que agregar que De Palma, en su extraordinaria sabiduría como cineasta, sabía que esa escena era demasiado fuerte como para agregarle un epílogo. Así es como veíamos despertar a la protagonista a los gritos mientras su madre trataba inútilmente de calmarla, y de pronto un corte brusco a los títulos de crédito que cortaban al espectador cualquier tipo de respiro final. En Martes 13, en cambio, la muchacha despierta e inmediatamente después empieza a monologar en el hospital sobre sus amigos muertos y sobre que “Jason todavía está ahí”, anunciando así lo que sería una posible secuela. O sea, no se trata solamente de robar, que en todo caso no existe película que de alguna u otra manera no lo haga, sino sólo de copiar un efecto que fue efectivo en un contexto y ponerlo de manera un poco peor.

Otro tanto sucede con la música de Martes 13 cuando se dedica a imitar mal a la de Herrman en Psicosis (algo admitido por su propio compositor) o incluso con su plano inicial, una suerte de plano secuencia trunco que es una suerte de copia degradada del de Halloween (1978). Sin embargo, hay algo que es incluso más notable en su tratamiento berreta, los asesinatos. En Psicosis y Noche de Brujas, cada muerte era filmada con timming y preciosismo, de ahí que uno difícilmente pueda olvidar cada uno de los decesos. En Psicosis incluso, los asesinatos tenían hasta una carga simbólica, fuerte y ambiciosa (eran dos en total, hechos por un personaje dual). Martes 13 en cambio opta por la masacre pura y dura, por diez muertes que se van repartiendo durante toda la película (once si contamos la víbora, que dicho sea de paso se muere en serio) siendo algunas logradas (ejemplarmente la de Bacon) y otras no (ejemplarmente y curiosamente la de la propia señora Voorhees). Lo más notable de todos modos es que ante una película tan gráfica, donde  el gran Tom Savini participó de los efectos visuales, lo más logrado en términos de tensión en esta película esté en un buen manejo del fuera de campo y del suspenso progresivo. De hecho, las escenas más genuinamente tensionantes de Martes 13 se dan cuando los asesinatos de Mrs Voorhees no se ven. Es más: el momento en el cual ingresamos a la progresiva forma en la que la mencionada asesina va mostrando su verdadera naturaleza psicótica (mientras cuenta cómo falleció su hijo) o incluso las escenas previas a la gran masacre (con la aparición de la víbora y el loco que advierte sobre la presencia del mal) están resueltas de manera inquietante.

Pero hay otro aspecto que es inteligente en Martes 13 y que curiosamente tiene que ver con uno de sus hechos más objetados desde que se estrenó: la cuestión sexual. Se ha dicho una y mil veces que hay algo de muy puritano en las películas slasher al hacer que el sexo esté inmediatamente asociado a la muerte. Son miradas por supuesto doblemente sesgadas, primero porque creen que los slasher son películas en las que el peso de la muerte termina siendo algo serio. Lo cierto es que cualquier persona que vea este tipo de cine sabe que el slasher habla tanto de la muerte como el porno del sexo real…o sea, nada. En todo caso se trata de divertimentos en los que un montón de estereotipos que difícilmente uno pueda interpretar de manera real son masacrados de las formas más shockeantes posibles (justamente es por medio del exceso que el realismo se pone en cuestión en el slasher).

Hablar acá de una moralidad en el sentido puritano y de un espectador que lo recibe de esa forma suena, al menos, inadecuado. Pero incluso si nos tomáramos esa muerte en serio, aplicarlo a una película como Martes 13 es doblemente equivocado. Sí, es verdad, según se cuenta Jason murió ahogado porque una pareja estaba teniendo sexo. Y Mrs Voorhees mata a cuatro personas que se encuentran teniendo relaciones sexuales. Pero por otro lado también es verdad que al principio de la película Voorhees mata a una muchacha de lo más inocente que va a cocinarle a unos chicos. La película incluso se encarga de mostrárnosla como una persona casi angelical, que ama a los animales y es insoportable en su amabilidad. Que ella reciba una muerte tan brutal como cualquiera de los jóvenes que tienen sexo muestra a las claras que la intención de esta película está lejos de aplicar un manual de puritanismo y que, en el mejor de los casos, hay una suerte de democracia de la masacre. En Martes 13 puede morir todo lo que se cruce por la vista de Mrs Voorhees, del mismo modo que en las futuras secuelas Jason no le hará asco ni a las vírgenes ni a las licenciosas, ni a jóvenes ni a viejos. Y acá radica, justamente, quizás el mayor secreto del éxito que supieron tener las películas de la saga de Martes 13: en el fondo no son otra cosa más que brutalidad en estado puro. No es una representación del absurdo del mal metafísico como Michael Myers, no se trata de una parodia como con Chucky, ni de una representación simbólica de un perverso como Freddy. No, las Martes 13, son películas acerca de una madre y un hijo que revientan todo lo que tienen adelante y un espectador que espera con un miedo inofensivo y con una curiosidad, que ni siquera sé si debería llamar morbosa, cómo se va morir un personaje.

Si Martes 13 logró alzarse por sobre las muchas otras imitaciones posteriores, es en principio por cierto profesionalismo en la puesta y cierta resolución interesante de los asesinatos. Pero también porque entendió que el camino por el que tenía que ir era el de la bestialidad. A partir de la segunda parte de la saga la cuestión de la venganza y el trauma (que nadie se había tomado demasiado en serio después de todo) fue dejada de lado para concentrarse en un tipo con máscara de hockey y machete. A ese tipo se lo utilizó, eliminó y siempre volvió resucitado dependiendo de las necesidades de la saga en una nueva secuela. Se lo ubicó en general en Crystal Lake pero también se lo llevó a Manhattan (una de las peores decisiones que hicieron con ese personaje fue justamente ponerlo en un contexto urbano sacándolo de aquel entorno rústico), al espacio, se lo enfrentó con Fredy Krueger, se lo filmó en un más que innecesario 3D, y a pesar de que hubo partes en lo que se nos aseguraba que se iba a morir, siempre estuvo la tentación de resucitarlo. En el medio mató la impresionante cifra de 118 personas, algunas de ellas incluso con un alto grado de creatividad, y, si bien David Croneneberg estuvo cerca de dirigirlo y alguna vez se rumoreó el nombre de Tarantino para hacer una Martes 13, nunca jamás fue dirigido por algo siquiera parecido a un auteur. Pienso incluso que ese hecho lo beneficia antes que perjudicarlo. Cualquier tipo de ambición formal sería letal para una saga de estas características, cuya idea es aspirar a lo básico y elemental, su encanto reside en la medianía y en la forma frontal en la que sabemos que existen por el sólo hecho de recaudar dinero y shockearnos de manera inocente. Ninguna película de Martes 13 es una obra maestra y probablemente ninguna lo llegue a ser nunca. Aún así, hay mucho de magistral en su ingenioso concepto de venta y en la reducción de su trama a lo mínimo indispensable para aterrorizar, algo que, como dijo una vez una conocida revista de un director extraordinario, podrá ser primitivo pero no primario.

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